En el cuento “Axolotl” de Julio Cortázar, a diferencia del caso de otros animales domésticos, con los que los humanos comparten un espacio biosocial, el único recurso que le queda al narrador con el ajolote es la mirada, que sustituye el lenguaje. La mirada es una conciencia sin lenguaje, entre el humano y el ajolote, es una mirada que habla, que el narrador interpreta como vocecitas que parecen decir “Sálvanos, sálvanos”; y más específicamente: “Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar” (125). Como escribiera Octavio Paz “Los ojos hablan… Las miradas piensan”.
Todo el sufrimiento del ajolote se expresa a través de la mirada. Marie-Louise Mallet cita a Jeremy Bentham, quien se pregunta con respecto a los animales: “¿Pueden sufrir? (“Prefacio” 10). Esta pregunta desplaza el lenguaje y la razón como lo propio del humano y lleva al mismo terreno aquello que el humano y el animal comparten: el sufrimiento. Luego, en el cuento de Cortázar, el narrador se “reconoce” en el sufrimiento de la mirada del ajolote: “Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua… la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían” (128). El narrador siente (com)pasión por el sufrimiento del ajolote, lo que produce una empatía que lo llevará a transmigrar a este último. En definitiva, a compartir la misma conciencia: “Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada… En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas” (126. Mi énfasis). El narrador no solo “reconoce” el sufrimiento del ajolote, sino también la conciencia y, por tanto, la capacidad de una reflexión en “silencio”, es decir, un pensamiento sin lenguaje. El reconocimiento y la conciencia implican la construcción de una nueva (inter)subjetividad que permite la transformación del humano en animal y viceversa.
Excepto por la novedosa articulación de las miradas y la complejidad textual, la aproximación de Cortázar al animal no escapa totalmente del marco antropomórfico que han usado otros escritores. El ajolote participa, de alguna manera, de las emociones e ideas de los humanos. Sin embargo, Cortázar lograr crear una (inter)subjetividad entre el humano y el animal. Más que una metamorfosis, lo que ocurre en el cuento de Cortázar es una transmigración de la conciencia. El mismo texto da la clave cuando el narrador dice “…transmigrado a él con mi pensamiento de hombre” (129). El narrador está consciente de que, a pesar de los obstáculos que plantea la biosfera, su destino se encuentra unido al del ajolote: “…desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos” (122). Lo que une al narrador humano con el ajolote es el reconocimiento, la conciencia de que ambos pertenecen al reino animal, no vegetal o mineral, aunque los tres reinos sean interdependientes.
El narrador comprende que está vinculado, es decir, “atado” al ajolote. El verbo mirar “vincula” al sujeto en primera persona del narrador con el ajolote como objeto directo gramatical, así como también como objeto de estudio por parte del narrador humano. Pero estas posiciones de sujeto y objeto son intercambiables a lo largo del cuento. También plantean un reto, debido a que los espacios de enunciación son intercambiables y, por tanto, pueden estar ocupados tanto por el humano como por el animal.
La transmigración se ha consumado: “Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es solo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa” (130). El adverbio “definitivamente” marca el fin del proceso de transmigración, que es a la vez el desarrollo mismo de la narración. La afirmación identitaria en el primer párrafo “Ahora soy un Axolotl” (121) se cierra en un círculo. Al final, como en el sueño de Chuang Tzu, el narrador no sabe si es un hombre que piensa como ajolote o un ajolote que piensa como un hombre.
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