El 18 de septiembre de 2026, invitado por los amigos Eugenio Camacho y Adony Martínez, asistí en la mediateca del Centro León a una conferencia titulada Obra de Mario Vargas Llosa. Fue impartida por el periodista y escritor peruano Raúl Tola Pedraglio, director actual de la Cátedra Mario Vargas Llosa. El ambiente me pareció acogedor y la exposición muy amena, elocuente, concisa y clara. Justo en una hora todo había concluido. Sin embargo, tratándose de una actividad de esa envergadura por la magnífica combinación del tema y el expositor, el público asistente no me pareció tan concurrido como merecía, aunque tampoco era muy reducido.

Tola Pedraglio habló, sobre todo y sucintamente, de las principales novelas. Me interesó la relación que hizo entre el autoritarismo del padre de Vargas Llosa y el recurrente rechazo del novelista a los totalitarismos, sugiriendo que esa difícil relación moldeó el repudio del escritor hacia dichos regímenes. Esto resultó novedoso para mí. Cuando en 2008 leí sus memorias —El pez en el agua— supe que el autor desconoció la existencia de su padre hasta los diez años y que este había sido un hombre muy autoritario con el niño; pero nunca había relacionado esta especie de trauma con la concepción de los regímenes dictatoriales del autor de La ciudad y los perros. De cualquier modo, lo que llamó mi atención fue la analogía que hizo el disertador entre el régimen fujimorista y La Fiesta del Chivo, un paralelismo sobre el cual he reflexionado un poco, fusionándolo con los datos que ya conocía.

Mario Vargas Llosa.

El expositor, casi de pasada, dejó caer una idea, para mí subyugante: el juego de palabras entre el Chivo (Trujillo) y el Chino (Fujimori). A partir de esa breve sugerencia, sin perder el hilo de la conferencia, me quedé hilvanando conexiones. Este sobrenombre de Trujillo era debido a la imagen de un gobernante con cuernos hipotéticos que simbolizaban al demonio como centro del mal y a su supuesto apetito sexual casi insaciable, que a menudo es asociado a la figura del macho cabrío; se popularizó a raíz del ajusticiamiento e incluso apareció un merengue de la época —Mataron al Chivo— que luego la novela de Vargas Llosa inmortalizó. Por su parte a Fujimori, pese a que él y sus padres eran de origen japonés y no chino, los peruanos lo apodaban así por sus rasgos físicos asiáticos, lo cual es común en los países hispanoamericanos cuando notan que las personas tienen una fisonomía achinada. De hecho, casi conjuntamente con la primera publicación de la novela y en plena tercera campaña presidencial de Fujimori, en Perú se popularizó la canción El ritmo del Chino.

Algunos cortesanos del Chivo que pueblan la novela, como Agustín Cabral y el ficticio con nombre real Joaquín Balaguer, hacen acaso alusión a algunos adláteres peruanos del Chino. Asimismo, existen algunas analogías —señaladas ya por la crítica— entre el fenecido congresista peruano Enrique Chirinos Soto y el personaje ficticio Henry Chirinos, apodado el Constitucionalista Beodo en la novela. Se ha escrito a menudo que Vargas Llosa se inspiró parcialmente en el primero para crear el segundo. Henry Chirinos, pese a su alcoholismo severo y a su excesivo descuido en los protocolos y las formas, siempre se las ingenió para jugar a su antojo con las creaciones y violaciones de leyes o normas constitucionales a favor del régimen de Trujillo; su incomparable oratoria y su brillantez jurídica e intelectual son incuestionablemente elevadas. Por su parte, Enrique Chirinos Soto guarda un ligero parecido físico con Henry
Chirinos y, además, los políticos y medios de oposición divulgaban a menudo sus constantes problemas con el alcoholismo, a la vez que pocos dudaban de su brillante oratoria y de su extraordinaria capacidad jurídica e intelectual que le permitía persuadir con extrema facilidad a juristas, congresistas, intelectuales y políticos de su entorno, sumado a sus polémicos servicios a favor del régimen de Fujimori.

Se nota que el trujillismo y el fujimorismo son ligeramente parecidos en algunos aspectos, especialmente en la ola represiva y de terror que implantaron ambos regímenes a finales de la primera mitad del siglo XX dominicano y a finales del siglo XX peruano, respectivamente. La novela describe el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), que básicamente desde 1957 hasta 1961 operó bajo la dirección de Johnny Abbes García como la principal policía secreta del régimen trujillista; se encargaba de la censura, la delación, el espionaje y la persecución política. Por su parte, el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) funcionó —durante la década de 1990, bajo el mandato de Fujimori— como un aparato de poder de facto controlado por Vladimiro Montesinos, vinculado a corrupción y violaciones a los derechos humanos. El SIM dominicano y el SIN peruano, además, suenan como parónimos.

Que La Fiesta del Chivo admita una lectura adaptable a la vida política peruana del régimen fujimorista no es para nada insólito. Las creaciones literarias tienen el don de ser interpretadas desde diferentes perspectivas. Tomando como base la tiranía de Trujillo, Vargas Llosa vertió en esta novela sus rabias, frustraciones, impresiones y decepciones como intelectual atento al oficialismo político peruano y como investigador acucioso de las opresivas realidades latinoamericanas durante las dictaduras de turno. También, están de algún modo reflejadas sus libres concepciones políticas nacidas a raíz de las elecciones presidenciales peruanas, en las que, en 1990, para gloria y honra de la literatura, terminó derrotado como candidato presidencial ante un entonces desconocido profesor de matemáticas apellidado Fujimori.

Como en toda novela histórica, los personajes de La Fiesta del Chivo, aun con nombres reales como Trujillo o Balaguer, son invenciones literarias. Henry Chirinos no es Enrique Chirinos Soto, ni Johnny Abbes es Vladimiro Montesinos, y el SIM no es el SIN. Los paralelismos enriquecen, pero difieren de los originales. Leí la novela en 2008 y quizá ya es tiempo de releerla. De modo que leer La Fiesta del Chivo desde una perspectiva de la política peruana contemporánea, a partir de aquella breve sugerencia escuchada en el Centro León, no es ni puede ser históricamente objetivo, pero tampoco es literariamente desacertado; simple y llanamente, es enriquecedor.

José Agustín Grullón

Abogado y escritor

José Agustín Grullón Nació en La Vega, República Dominicana, pero reside en Santiago de los Caballeros desde hace más de una década. Es licenciado en Derecho por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) y agrimensor por la Universidad Abierta para Adultos (UAPA). Cursa además un postgrado en Legislación de Tierras. Ha cursado algunos diplomados sobre Derecho Inmobiliario, Bienes Raíces, Topografía y Derecho Sucesoral. Como escritor ha publicado el libro de cuentos Las ironías del destino (2010).

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