Si existiera el lector, la escritura tendría un poder emancipador.  El escritor tendría en sus manos una política de construcción de sujetos y la posibilidad de contribuir a la formación de pensamiento crítico o, por lo menos, de crítica del pensamiento.

Todo texto es un desafío si llega a alguien dispuesto a abismarse en su contenido. Pero una obra escrita en estas coordenadas de lugar y tiempo, nace sitiada. La obra lucha, busca su lector, chapotea por encontrar ribera, pero la realidad es que tenemos una sola librería para todo un país, y eso  evidencia la gravedad en la que se encuentra la lectura.

Lo primero que hace el texto en el marco de la política de la escritura es poner a la luz lo que estaba oculto. En cierto modo, la escritura funda una moral de la transparencia que se contrapone a la moral opaca de lo real. Como ocultamiento, la máscara y la represión constituyen mecanismos, pasajes ritualizados para acceder a determinada cultura. Pero la escritura, y su gemela: la lectura, son transgresoras.

De este modo, la escritura surge en la cultura como un hongo que, a despecho del escritor, hace aflorar lo siniestro referido a aquello que debió permanecer oculto y la letra revela. Algo oscuro se asoma en la letra. Aun cuando el texto esté referido al amor, a las grandes esperanzas y utopías, siempre se desgarra algún velo. Como en el Gran Gatsby, narrado por Nick Caraway, para llegar al amor hay que cruzar charcas morales.

Estableciendo vínculos afectivos se activan los motivos. La motivación por la literatura no debería ser una excepción.

Sin embargo, en este momento de la historia literaria, el escritor no está en medio de charcas morales sino en un islote, solo y rodeado de descomposiciones. Desde allí escribe, pero sus trabajos no se encuentran ni siquiera con la barca de Aqueronte para cruzar el río de tormentos, agrafía, y privilegios que se promueven por razones extraliterarias.

Igual que en el chiste, lo ficcional se descubre ante lo que podríamos nombrar con un oxímoron: la intencionalidad inconsciente. En el texto de ficción  puede leerse, si se presta la debida atención, lo que con recelo tratamos de ocultar.

Lo fabuloso, que según Foucault se separa de lo ordinario, es un enmarcamiento que solo la lectura atenta revela. De este modo la escritura pone de relieve no solo un exorcismo sino también una expiación. No somos lo revelado en la escritura sino lo imaginariamente redimido.

Estamos ante la presencia de la escritura como riesgo, y frente al escritor como monstruo humano que osa hurgar en las vísceras propias, pero también en las ajenas; busca la respuesta social en una asepsia contra el mal de la lecto-escritura.

Las pocas lectorías que aún perviven prefieren los resúmenes y el audio libro; el resto, en su agrafía, goza la descomposición mediática, expresa sin ambages su odio por la letra impresa. No existe una comunidad de lectores, pero sí de detractores.

Luego, aparece la escritura infame y sus actores. Para analizar este fenómeno, debemos estudiar la historia de los conciliábulos. La conformación de cuadrillas aprobatorias que contraviene el axioma del escritor y la soledad creadora.  Un silencio unánime emana de esos templos, interrumpido por la validación reciproca de sus miembros.

En esa circunstancia la censura se vuelve cesura del texto, y la política de la anulación se hace manifiesta, constituyéndose  en una inversión donde la máscara ocupa el lugar del rostro auténtico.

El escritor autónomo (redundancia que debiera ser innecesaria) se encuentra de este modo, anclado entre dos aguas casi insondables: odio a la lectura por parte de una masa que festeja la ignorancia, y la acción del escritor infame constituido en policía y cancerbero, estricto guardián de un acceso a la política de la escritura. El primero  se resguarda y oculta de cualquier episteme, el segundo protege su poder pírrico.

Arribamos entonces a una inédita situación: la gran obra literaria realizada  por parte de ciertos escritores del margen queda atrapada en un limbo entre la ignorancia arrogante y la infamia calculada. Pienso en  brillantes poetas: León David, Odalis G. Pérez, Cándido Gerón, Salvador Santana, Manuel García Cartagena… puntos luminosos en el cielo de los expulsados de los concilios.

A la necesaria creación de una comunidad lectora corresponde el despojo de la escritura infame. No se trata de crear un canon opositor, sino de oponerse, obra en ristre, a un canon oscuro lleno de briznas y cenizas que hacen irrespirable el aire de la creación literaria. La estructura ególatra los encierra en una soledad vivida como comunidad. Paradoja de paralaje, diría Sîsêk.

Estableciendo vínculos afectivos se activan los motivos. La motivación por la literatura no debería ser una excepción. Lo contrario es la escritura infame e infamante que esperamos un día podamos exorcizar. *Sunt mala quae libas. Ipse venena bibas!

 *Es malo lo que ofreces. Bebe tu propio veneno.

 

 

César Augusto Zapata

Psicólogo, poeta y educador

Piscólogo, escritor, poeta. Premio Internacional de Poesía Casa de Teatro 1994. Director de la Cátedra de la Edgar Morin, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Ver más