Esta colección de relato es un libro para los que nos fuimos y, aunque regresamos, ya no cabemos en la cartografía de la nostalgia. En cada viaje de ida o vuelta vamos regando las virutas de nuestra alma como contraseña de un viaje que nos parte la soledad en mitades disímiles, sólo atadas entre sí gracias al olfato vivencial del corazón y sus múltiples maneras de hacernos sentir lo que somos.
El viaje discursivo de Frank puede encarrilar los pasos de sus personajes desde la cartografía campestre de la República Dominicana hacia la vorágine capitalina del país embadurnado de sueños truncos, pero también articula el mismo desgarre emocional de viajeros que enrumban sus proyectos de vida hacia urbes estadounidenses y por igual allí sangran sus nostalgias. En los relatos de Frank, el hueco existencial del que se va es transmitido como herencia generacional, pues hijos e hijas tienen que debatirse entre el aquí y el allá trazado por costumbres paternas y maternas, propias de una construcción de dominicanidad líquida e hibridada.
Además de que las identidades de muchos de los personajes de Frank son una constelación de hibridación sociocultural, también hay que poner suma atención a su método escritural, ya que sus planos narrativos entrecruzan historias cual danza moderna del discurso y sus artificios lingüísticos, y demarcan sentir y sentido de lo narrado. Pero ojo, no hablo de la mera astucia creativa que encierra el discurso en la cartografía superflua de la forma y lo deslinda de la condición humana.
No. Hablo de la narración tan impregna de la experiencia humana que el libro mismo casi nos late como un corazón en nuestras manos. Hablo de personajes tan humedecidos de nostalgia y soledad, que a veces transgreden el discurso narrativo y se desbordan más allá de la página que los contiene. Nos sabemos de memoria sus silencios porque también callamos con su voz y perspiramos su dolor. El texto se atesta contra nuestra propia realidad y la ficción se vuelve espejo que nos contiene. Miramos y el reflejo que nos abraza, aunque lo sabemos magia literaria, dice tanto de nosotros como del prójimo.
En los relatos de Frank, el viaje hacia y desde la palabra y sus linderos nos desafía a no ser indiferentes ante el drama humano y la habilidad del discurso literario para inspirarnos a romper la inercia y el confort de la indiferencia. Quien nos narra, se narra. Debemos estar atentos a cada palmo de historia revertida de discurso nostálgico y descripción descarnada sobre la realidad del sujeto. Ese sujeto que se debate entre el ir y venir, entre el sueño y la materialidad de su existencia, esa que tanto lo asemeja a nosotros y la magia narrativa del autor:
“Porque sí, soy maestro de francés a domicilio, para algo me sirvió ser de Bánica y en mi niñez cruzar la frontera con Haití como Pedro por su casa, hacer amigos haitianos, hasta el punto que aprendí creole antes que la lengua de Cervantes” (p. 43).
“Rememoro el día que llegué de Bánica con una sola muda de ropa, aquella con la que tapaba mi vergüenza, prácticamente con una mano delante y la otra detrás, desesperado, sin un centavo y toqué la puerta de hierro de Thomas y Thomas Asociados, mendigando un empleo” (p. 45).
En estos relatos de Frank pululan personajes que se autodiagnostican de la manera más límpida y sin tapujos, sabiéndose vasijas rotas en el terremoto sociopolítico de una sociedad experta en arrinconar seres humanos, cual si fueran simples desechos caducados. En esa narrativa del desgarre y la cosificación del sujeto, nos encontramos con unos vasos comunicantes Kafkianos que nos revelan parte de los escondrijos escriturales del autor y su paleta discursiva:
“El señor Thomas, impávido, con la vista fija en el periódico, era la imagen del científico postergando analizar cualquier sabandija. Esta puede esperar, no tiene ninguna importancia, han estado aquí desde el inicio de los tiempos, arrastrándose o volando, dependiendo del nivel de desarrollo del gusano, que en ese momento real lo era, sin temor a equívocos y que, tristemente, empezaba a adaptarse a su condición” (p. 49).
La máquina engullidora del pudor y la integridad humana tritura las esperanzas de los individuos convertidos en bagazo por una sociedad que les exprime su fuerza de trabajo y les remunera lo justo para que sobrevivan al sargazo de la explotación. Ante semejante condición socioeconómica, el autodiagnóstico se predica casi como un acto de fe:
“Dicen que los serenos no tenemos sueños y no es algo figurado, es la verdad monda y lironda. Pero hay algo más: tampoco somos seres pensantes, es decir, dados a crear aportes que sirvan al desarrollo social humano. Estamos somnolientamente castrados…” (P. 49).
Pero no todo en los relatos de Frank es un desgarrador encuentro con la desesperanza del otro y sus circunstancias. También allí nos encontramos la sublimidad del amor y su capacidad de enternecer la otredad del que llega y encuentra su alma atada al maravilloso manantial de la entrega:
“Me besó y mis labios se dejaron llevar, mi ropa se enganchó en las ramas de un naranjo y me entregué, convicto como era de sus ansias, para que hiciera de mí lo que quisiera y, en verdad, quiso hacer de mí su esclavo eterno. Yo también la deshojé, como flor que era, sin necesidad de preguntas ni respuestas porque esta Margarita sería mía para siempre” (p. 66).
En ese ser y no ser del sujeto que se nos desnuda en cada párrafo que como mirra inunda la imaginación, debemos seguir atentos a los planos narrativos y tal vez, sólo entonces, podríamos divisar alguna confesión soslayada del autor sobre el porqué de la hibridación narrativa de sus relatos y la encrucijada del lector ante la bifurcación interpretativa que podría embargarle frente al texto:
“Sin embargo, hoy escribes sin tomar en cuenta tu bien cuidado concepto del contenido y la forma, importa escribir. Te olvidas de la crítica. Que no haya claridad importa un comino […] ¿Quiénes relatan nuestras vidas o qué estas mismas relatan? Frutos de nuestros actos somos. La historia y el tema es un papel en el cesto del baño […]” (p. 87).
Como vemos, la pesadilla del que narra y lo narran es poder sobrevivirle a la guillotina inmisericorde del autor y sus artificios narrativos. Sin embargo, por más bravura y resistencia que presente el sujeto narrado, dudo que pueda desligarse de la cosmogonía escritural orquestada por Frank Disla-Ortiz cuando lo embarga la urgencia de contarnos sus historias.
Dió-genes Abréu
Julio de 2026
New York
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