Se suele decir que el amor es suficiente para sostener los cimientos de una vida. Es una mentira piadosa que hemos convertido en dogma. Nadie cree que se está equivocando cuando toma una decisión importante, mucho menos cuando la toma en nombre del amor. El problema es que el amor, por sí solo, no corrige errores, sino que a veces los acelera.
Hay decisiones que no fracasan por ausencia de deseo, sino por falta de juicio. Y es ahí donde comienza el infortunio: en ese instante en que confundimos la intensidad con la certeza y la prisa con la convicción. Mariano José de Larra, con esa lucidez hiriente que lo caracterizaba, ya nos advertía en su artículo costumbrista El casarse pronto y mal que el sentimiento sin juicio es solo una forma elegante de precipitarse al vacío.
Larra nos presenta la historia del hijo de una hermana suya, un sobrino ficticio llamado Augusto. Esta, quien en su juventud recibió una educación rígida, religiosa, tradicional y llena de restricciones, decidió criar a su hijo en el polo opuesto: sin severidad, sin muros, sin el peso de una disciplina, sin los límites que ella misma había padecido. Pero en su afán de evitarle el trauma, terminó privándolo de lo más esencial para la supervivencia del alma: la formación del criterio. Augusto creció libre, sí, pero también desprovisto de herramientas para entender las consecuencias de sus actos.
Hoy, esa situación se repite. Se habla de formar en libertad, de evitar traumas, de no imponer, y en ese intento muchas veces se confunde educar con no intervenir. No se trata de una falta de amor, sino de una idea equivocada de cómo ejercerlo. Se evita el límite para no herir, se posterga la corrección para no incomodar, y el resultado no es una personalidad más libre, sino más frágil. Porque quien no aprende a enfrentarse a la frustración en la formación, difícilmente sabrá sostener sus decisiones cuando la realidad deje de acomodarse a sus deseos.
Augusto se enamora. Elena se enamora. Y lo hacen, nos dice Larra, no tanto por amor como por no quedarse sin su trapillo. La frase, en apariencia ligera, es una bomba de profundidad: dos muchachos que se lanzan al matrimonio no porque se amen, sino porque han aprendido que para hombrear y para ser interesante hay que tener una aventura. El “pronto” del título no es solo la edad. Es la prisa del que no tiene criterio y la confunde con decisión. Es la velocidad con que se pasa del primer guiño a la ventana a la carta copiada de La Nueva Eloísa y de ahí al vicario. El propio Larra lo narra con una ironía que no oculta el espanto: «Hubo guiños y apretones desesperados de pies y manos, y varias epístolas recíprocamente copiadas de la Nueva Eloísa; y no hay más que decir sino que a los cuatro días se veían los dos inocentes por la ventanilla de la puerta y escurrían su correspondencia por las rendijas». En cuatro días, dos desconocidos se juran amor eterno. En quince, rompen con sus familias. En un mes, se odian.
Porque el amor, sin un suelo bajo los pies, no es amor: es un espejismo con fecha de caducidad. Y el suelo no era solamente el dinero que no tenían. Era la incapacidad de saber qué hacer con la vida cuando el deseo se gasta. Larra lo muestra con una crudeza que hiela la sangre: mientras no faltaron los pesos duros del amigo, hubo felicidad. En cuanto se acabó el préstamo, se acabó el idilio. No es una simple lección de economía doméstica; es una ley de la condición humana. La realidad, cuando llega, no pregunta si te casaste enamorado. Te pregunta si sabes cocinar, si tienes un oficio, si has aprendido a ceder, si eres capaz de soportar la frustración sin convertirla en insulto.
Y es que Augusto y Elena no fracasan por malas personas. Fracasan porque nunca nadie les enseñó que la libertad no es la ausencia de límites, sino la capacidad de elegir bien dentro de ellos. La madre de Augusto, en su huida del rosario y la opresión, no educó: deseducó. Confundió la ilustración con la falta de toda guía. «Dijo que el muchacho se había de educar como convenía; que podría leer sin orden ni método cuanto libro le viniese a las manos, y qué sé yo qué más cosas decía de la ignorancia y del fanatismo, de las luces y de la ilustración, añadiendo que la religión era un convenio social en que solo los tontos entraban de buena fe». Dejó que su hijo se creyera independiente sin haber ganado nunca un pan, que tratara a los padres de tú sin haber aprendido antes a respetar nada. El resultado no fue un espíritu libre, sino un muchacho superficial, vano, presumido, terco. Un esclavo de sus propios caprichos, convencido de que la intensidad de un sentimiento bastaba para sostener una casa.
Hoy, esa historia se repite con disfraces nuevos. Hemos abolido los viejos autoritarismos, y está bien. Pero en lugar de sustituirlos por una formación sólida del juicio, los hemos sustituido por una consigna más blanda y acaso más letal: «que hagan lo que sientan». Como si sentir mucho fuera garantía de acertar. Como si el amor fuera un salvoconducto que exime de las reglas vulgares de la convivencia. Y no: el amor no cocina. El amor no paga recibos. El amor no calma a un hijo con fiebre a las tres de la mañana si quien se levantó no ha aprendido antes la oscura y áspera disciplina del deber.
Pero hay algo más, y Larra lo coloca justo al final, cuando ya todo ha ardido. Augusto, antes de pegarse un tiro, escribe una carta a su madre que debería estremecernos. No le pide dinero. No le pide venganza. Le pide que eduque a sus hijos. Y le dice lo que ningún despreocupado querría oír:
«Madre mía: dentro de media hora no existiré; cuidad de mis hijos, y si queréis hacerlos verdaderamente despreocupados, empezad por instruirlos… Que aprendan en el ejemplo de su padre a respetar lo que es peligroso despreciar sin tener antes más sabiduría. Si no les podéis dar otra cosa mejor, no les quitéis una religión consoladora. Que aprendan a domar sus pasiones y a respetar a aquellos a quienes lo deben todo. Perdonadme mis faltas: harto castigado estoy con mi deshonra y mi crimen; harto cara pago mi falsa preocupación.»
El descreído, el que fue criado para no creer en nada, descubre al borde del abismo que el vacío no se llena con libertades mal entendidas. Que el ser humano necesita un relato, un límite, un asidero. Algo que le impida caer en la desesperación cuando la vida le cobre, una a una, todas sus facturas.
Augusto paga con su vida y con la de Elena la lección que nadie quiso darle. Y nosotros, que leemos a Larra casi dos siglos después, seguimos discutiendo si educar es imponer. Mientras, nuevas generaciones de Augustos y Elena salen al mundo creyendo que el amor todo lo puede y que formar en la frustración es cosa de otros tiempos. Hasta que un día, sin avisar, la realidad les pasa la cuenta. Y la pistola, esta vez metafórica pero igual de letal, sigue cargada.
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