Siempre resulta sorprendente cómo a partir de un mismo elemento de nuestra cultura pueden surgir tantas historias como mentes creativas existan. Este es el caso de La ciguapita, cuento de la escritora, libretista, productora y actriz, Aidita Selman, quien con una visión única y extraordinaria inventiva, nos ofrece un relato donde la fantasía entretiene y enseña, armonizando la leyenda con las costumbres y valores de nuestro pueblo.
El texto inicia desde el mito. Nos habla de los taínos, que “habían subido a la Montaña del Final, hacia el lugar del Recuerdo”, y de Ciguapa quien, como dicen las crónicas, caminaba al revés, despistando así a sus perseguidores, ocultándose de éstos con su larga cabellera.
Sus descendientes aprendieron a caminar de espaldas, y crecieron ajenas al devenir del tiempo por la isla, con las distintas oleadas de ocupantes, —españoles, africanos, franceses, ingleses y americanos—, hasta llegar a los niños dominicanos, quienes tenían patria y bandera, iban a la escuela y a la iglesia y aprendían a hacer amigos”.
Pero Ciguapita, la más reciente heredera, se cansó de esconderse y salía por las noches a jugar con sus amigos, animales cuadrúpedos, aunque su cabello se enredaba entre los cafetales y lloraba por los estirones que sufría. Un día, esperanzada, se puso a trenzar el pelaje de sus compañeros, sin que ninguno le devolviera el favor.
Y en ese momento, Selman nos sorprende con una voz que resuena en el dicho popular: El que quiere moños bonitos que aguante jalones. Al escucharla, Ciguapita corrió hacia su madre, quien le recordó que no debía salir sola ni esperar el amanecer. Ante la reprimenda, lloró tanto que sus lágrimas corrieron como manantiales e inundaron la escuela del pueblo.
En este momento crucial de la trama, realidad y fantasía convergen magistralmente: Margarita, una niña de tercer grado, narra a sus compañeros el “encuentro” que tuvo con una ciguapa, a la que intentó desenredar el pelo. Al escucharla, ellos se burlaron, pero la maestra permitió defender su “versión” de los hechos.
De pronto, como si se tratara de mundos paralelos que se cruzan, en el suelo del aula apareció sal, residuo de la inundación del mar de lágrimas provocado por Ciguapita, por lo que los muchachos, fascinados, quisieron conocerla.
Esperaron durante la noche, “con peines, cepillos, cintas de colores”, y un higüerito* lleno de condimento, hasta que apareció la melenuda criatura que, bajando velozmente en yagua**, se asustó de tal forma, que no pudo hablar. Sus anfitriones le animaron, trenzaron su cabello y le ofrecieron batata, siendo ésta la palabra que ella pudo pronunciar.
La historia de la escritora Aidita Selman es única. Sus “madejas” se enlazan haciendo una hermosa y armoniosa trenza, combinando elementos de la tradición oral, creencias, costumbres y la cotidianidad de nuestros pueblos, mostrando valores como el respeto, la tolerancia, solidaridad y compañerismo. Nos enseña que se puede vencer el miedo y la oscuridad, y que allá afuera nos espera un mundo donde hay riesgos, pero también oportunidades.
Las metáforas representadas —el visitar o bajar la montaña, lavar el cabello— nos muestran que que siempre es bueno ofrecer ayuda y, a diferencia de la Ciguapita, no hay que irse “al lugar del Recuerdo”, sino estar presentes, dispuestos, guardando un puñado de sal que invite a otros a quedarse, a cultivar la amistad y la fraternidad.
Selman, Aida. La ciguapita. Huellas de la Leyenda. Círculo Dominicano de Escritores para Jóvenes y Niños. Colección Banreservas. Santo Domingo. 1999.
*Higuerito: De higüero. Planta y fruto del árbol tropical del mismo nombre. Vasija hecha con la corteza de dicho fruto.
**Yagua: Tejido fibroso que rodea la parte superior del tronco de la palma real.
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