Dedicatoria
Al ingeniero Rafael Cano, quien me regaló la chispa de esta reflexión, amigo fiel de mi hermano José Alberto (in memoriam) y parte entrañable de nuestra historia compartida.
A finales de los años setenta y principios de los ochenta, el Caribe fue también refugio. Hombres y mujeres provenientes del sur del continente llegaban con historias a cuestas, muchas veces marcadas por el miedo, el silencio y la pérdida. Venían de una Argentina herida por dictaduras militares que no solo persiguieron cuerpos, sino que también intentaron disciplinar el alma.
Esta escena me la confió el ingeniero Rafael Cano —amigo entrañable y origen de esta reflexión—, y desde que la escuché supe que contenía una verdad que merecía ser pensada:
“Fue en ese contexto que conocí a uno de ellos.
Trabajé junto a un argentino —de origen alemán, según me dijo— que no lograba comprender una escena que para nosotros resultaba completamente natural. Me hablaba con una mezcla de asombro y desconcierto: no entendía cómo un hombre que vendía frutas en la esquina, con un pequeño radio pegado al oído, podía tener ánimo para cantar y hasta para bailar.”
Su pregunta no era banal. Era, en el fondo, profundamente humana.
¿Cómo se explica esa disposición a la alegría en medio de las carencias? ¿De dónde surge esa capacidad de convertir la rutina en una forma de celebración?
En la República Dominicana, la música no es un lujo: es una forma de estar en el mundo. El merengue, la bachata, el ritmo que se cuela por cualquier rendija, no son simples expresiones artísticas; funcionan como mecanismos de equilibrio emocional. Aquí no se niega la dificultad, pero tampoco se le concede el derecho de apagar el espíritu.
Ese hombre de la esquina —vendedor humilde, radio en mano— no está ajeno a la dureza de la vida. Sabe del calor, del esfuerzo, de la incertidumbre. Pero canta. Y al cantar, afirma algo esencial: que la vida, a pesar de todo, merece ser vivida.
En sociedades marcadas por el terror sistemático, como las que vivieron largos períodos de represión en el Cono Sur, el miedo puede instalarse en los gestos, en las palabras no dichas, en la prudencia cotidiana. La alegría, en esos contextos, llega a sentirse contenida, vigilada, desplazada hacia lo íntimo.
En cambio, en nuestra historia —compleja, contradictoria, también atravesada por momentos oscuros— la expresión popular nunca desapareció del todo. La calle siguió siendo espacio de encuentro, de música, de desahogo colectivo. Y no es un hecho menor: es una constante que revela un rasgo profundo de nuestra cultura.
Incluso en los años más densos de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo —cuando el miedo, la vigilancia y el control marcaron la vida cotidiana— la música popular persistió. El merengue siguió sonando en patios, en campos y celebraciones, no solo como evasión, sino como una forma íntima de afirmación. Mientras el poder imponía silencio, el pueblo encontraba maneras de no callar del todo.
Ahí se revela una característica esencial: la resistencia a entregar la alegría, incluso en circunstancias adversas. No como ingenuidad, sino como una forma de sostenerse.
Se ha aprendido —casi como un instinto colectivo— que si se cede ese espacio, el de la música, el del humor, el de la celebración mínima, se pierde algo más que el ánimo: se pierde una parte esencial de lo que se es.
No se trata de inconsciencia.
Se trata de una sabiduría distinta.
Una sabiduría que, aun sin nombrarla, entiende que la alegría también se defiende: de la rutina, del miedo, del desgaste silencioso de la vida.
El poeta Mario Benedetti habló de “defender la alegría” como si se tratara de un territorio amenazado. Y quizás ahí reside una clave profunda: la alegría no es solo un estado, es también una decisión. Algo que se cuida, que se protege, que se sostiene frente a todo aquello que intenta erosionarla.
Porque si se pierde la capacidad de cantar, se pierde también la posibilidad de seguir siendo.
Quizás por eso aquel argentino no lograba comprenderlo del todo. Su mirada, atravesada por otra historia, otra forma de habitar el miedo, buscaba una lógica que no siempre se deja explicar.
Porque hay experiencias que no se razonan: se viven.
El hombre dominicano que vende frutas en la esquina, con un radio en el oído no está desafiando la realidad; está dialogando con ella. No la niega, pero tampoco se rinde. Realiza, sin proponérselo, un acto cotidiano de afirmación humana.
Canta.
Y en ese canto —sencillo, anónimo, persistente— hay una filosofía de vida que no siempre se formula, pero que se sostiene en la práctica diaria.
Porque hay pueblos donde la resistencia tomó la forma del silencio, y otros donde encontró refugio en la música.
Aquí no se canta para olvidar la vida: se canta para sostenerla.
No es casual que en febrero coincidan el Carnaval y la Independencia Nacional. Mientras la historia se recuerda, la calle celebra. Las máscaras, los ritmos y figuras como el Diablo Cojuelo no contradicen la memoria: la mantienen viva.
Ahí se revela otra clave profunda:
la alegría también afirma la patria.
Porque el dominicano no solo canta para sostener la vida: también la baila.
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