Noam Chomsky advirtió hace décadas que el control más eficaz no se ejerce mediante la censura explícita, sino a través de un procedimiento más sutil y persistente, la administración de la atención. No hace falta prohibir ideas ni silenciar voces si se logra algo más funcional, decidir qué merece ocupar el centro del espacio público y qué puede permanecer en los márgenes sin provocar conflicto. En el ámbito cultural, este principio opera hoy con una eficacia que rara vez se discute.

La ceremonia de los premios Grammy de 2026 expuso una paradoja difícil de ignorar. La compositora mexicana Gabriela Ortiz obtuvo tres galardones, un resultado que, medido en los propios términos del sistema, la sitúa entre las figuras más reconocidas de la música contemporánea. Sin embargo, su logro tuvo una circulación mediática mínima, mientras otros triunfos ocuparon titulares, análisis y celebraciones inmediatas. El hecho no es anecdótico. Funciona como síntoma de un problema mayor.

No estamos ante una disputa entre música académica y música popular, ni ante un juicio moral sobre los gustos mayoritarios. Plantear el debate en esos términos sería una forma cómoda de evitar el fondo del asunto. El verdadero conflicto es otro: la progresiva sustitución del criterio por la métrica, del juicio cultural por el rendimiento, de la mediación por el algoritmo. La visibilidad deja de ser consecuencia del mérito y pasa a responder casi exclusivamente a su capacidad de generar impacto.

Chomsky, junto a Edward S. Herman, formuló esta dinámica al explicar que los medios no imponen ideas de manera directa, pero sí delimitan el marco dentro del cual se construye la conversación pública. Lo decisivo no es solo lo que se dice, sino aquello que queda fuera del campo de lo decible. En cultura, este filtrado resulta especialmente influyente, porque moldea sensibilidad, memoria y jerarquías simbólicas sin necesidad de explicitarlas.

Aquí conviene introducir una distinción que el debate contemporáneo tiende a borrar. La economía no puede sustituir a la artesanía. El financiero no puede reemplazar al técnico. El mercadeo no puede ocupar el lugar del talento. El oficio, en cualquier campo, se construye con tiempo, estudio, repetición y error. Su valor no depende de la audiencia que lo observa, sino de la solidez del proceso que lo sostiene. Confundir alcance con excelencia equivale a suponer que la rentabilidad valida el conocimiento, una premisa funcional para el mercado, pero empobrecedora para la cultura.

Desde esta perspectiva, el problema no es la existencia de fenómenos masivos ni su impacto simbólico. El problema aparece cuando ese impacto pretende convertirse en criterio único de valoración. Cuando el éxito mediático se presenta como sustituto del trabajo riguroso, el sistema deja de distinguir entre proceso y resultado, entre construcción y exhibición. En ese punto, el silencio frente a ciertas expresiones culturales no es un accidente. Es una consecuencia lógica.

El pasado domingo 8 de febrero, la presentación de Bad Bunny en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl se convirtió en un acontecimiento global. La conversación pública se organizó menos alrededor de una valoración artística exigente y más en torno a su carga simbólica, su mensaje de unidad y su capacidad de convocatoria. Reconocer ese impacto no obliga a confundirlo con excelencia artística. La magnitud de la audiencia, la viralidad y la omnipresencia mediática no sustituyen al juicio crítico, aunque hoy se presenten con frecuencia como prueba suficiente de valor cultural.

En este punto suele introducirse un argumento que merece ser examinado con cuidado. Se afirma que otras expresiones culturales latinoamericanas fueron rechazadas en su momento por ser latinas y que hoy forman parte del canon o del mainstream. La historia ofrece ejemplos reales de ese proceso. Sin embargo, extrapolarlo de manera automática al presente implica una confusión peligrosa. Aquellas vanguardias no perduraron por insistencia mediática ni por blindaje identitario. Perduraron porque estaban sostenidas por estructuras profundas de oficio, por estudio, disciplina, riesgo formal y trabajo constante. No ingresaron al canon por ser latinas, sino porque su densidad cultural resistió el paso del tiempo.

El rechazo contemporáneo no puede explicarse de manera simplista como un acto de exclusión identitaria. En muchos casos, responde a una ausencia de rigor suficiente para merecer atención crítica sostenida. Señalar esa carencia no equivale a negar legitimidad cultural. Equivale a ejercer criterio. La identidad no sustituye al trabajo, ni la visibilidad reemplaza al proceso. Usar la historia de la exclusión para suspender el juicio crítico presente convierte la cultura en coartada y empobrece aquello que dice defender.

La diferencia es estructural. En el pasado, el oficio precedía al reconocimiento y los medios llegaban después. Hoy, con frecuencia, la exposición precede al trabajo y la narrativa mediática pretende validar el resultado. No se trata del mismo recorrido ni merece la misma lectura. Lo que antes avanzaba desde la construcción hacia el reconocimiento, hoy suele galopar sobre los hombros de los medios, sostenido más por repetición que por densidad cultural.

Este mecanismo tiene efectos que van más allá de la desigualdad de cobertura. Al reducir el acceso simbólico a expresiones que no responden a la lógica de la inmediatez, se empobrece la conciencia colectiva. No por falta de creación, sino por falta de contraste. La mediocridad no se impone por decreto, se instala cuando el sistema deja de distinguir y normaliza un paisaje cultural homogéneo, previsible, incapaz de incomodar.

En este contexto, la neutralidad deja de ser una posición aceptable. Evitar el conflicto en nombre de la pluralidad termina consolidando un modelo que confunde popularidad con valor y éxito comercial con excelencia. Los medios no son observadores pasivos de este proceso. Son actores centrales. Su silencio, cuando se repite, produce efectos formativos, delimita horizontes y modela expectativas.

Desde ahí debe leerse la invisibilidad relativa de creadoras y creadores como la compositora mexicana Gabriela Ortíz, el director venezolano Gustavo Dudamel o el pianista dominicano Michel Camilo. No como una demanda de cuotas ni como una disputa de gustos, sino como un recordatorio incómodo de que el talento no siempre coincide con la visibilidad, y de que los medios tienen responsabilidad en esa disociación.

El problema de fondo no es a quién se celebra, sino qué se ha dejado de valorar. Cuando el mercadeo suplanta al oficio, cuando la métrica sustituye al criterio y cuando el impacto reemplaza al proceso, la cultura deja de ser un espacio de formación y se convierte en un escaparate. Una sociedad que acepta esa lógica termina por asumir que ese empobrecimiento es natural, cuando en realidad responde a una domesticación progresiva de la conciencia, ejercida no por la prohibición, sino por la administración sistemática de la atención.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

Ver más