Que el destacado intelectual y sociólogo alemán, Jürgen Habermas (1929-2026), haya asumido sus principales posicionamientos y análisis en base a una racionalidad abstracta, de exagerado consenso y expedientes validatorios, manifiéstase insostenible por cuanto su modelo teórico, el idealismo comunicativo, procura ignorar, desoír, las tensiones sociales y ambiciones desmedidas que resultan de las órbitas del poder, refugiándose, en cambio, en los artificios propios de la lengua tocante a un aparente sistema formal, autónomo, self-contained, excluido de las condiciones materiales. Tal y como determinados marxistas renegados o postmodernos hubieron de extrapolar los conflictos de clase al escenario puramente lingüístico, terminológico, en el ámbito de la comunicación y el entendimiento mutuo y, sobre todo, al margen de la franja ontológica de la crítica de la economía política y del régimen de producción y de trabajo en el contexto de la lógica congénita del capital y la filosofía política de dominación hegemónica propia de las instituciones europeas.
Propuestas, pilares o procedimientos pertinentes a la utopía de una razón dialogante, acción comunicativa, mejor argumento, comunidad discursiva, verdad, veracidad, esfera pública, mundo de vida, sistema, rectitud y validez, entre otros emolumentos retóricos que, aun cuando recurren a la interacción social, al espacio y debates públicos, la libertad, el intercambio genuino de opiniones y la democracia, ¿cuál democracia?, con el objetivo de propiciar la aceptación, la convivencia y los acuerdos, representan, de hecho, artilugios doctrinarios, dado que la cosmovisión habermasiana, sea epistemológica o metodológica, enfocada, fundamentalmente, en los niveles éticos y de la racionalidad comunicativa, omite la praxis política real en un mundo manipulado y colonizado por las férreas imposiciones y dinámicas del poder, respondiendo así a las exigencias civilizatorias de maximización, rentabilidad, apropiación, expoliación y dominio.
Ahora bien, a pesar de que Habermas, posicionado dentro de la Ilustración y la Modernidad, haya proclamado, tras la revolución burguesa, la extensión de la esfera pública desde la democracia griega a la estructura de castas, durante la Edad Media, a toda la sociedad, independientemente del estatus social, es innegable. Sin embargo, en el entorno patológico del neoliberalismo, la sociedad del entretenimiento o el espectáculo, la referencia narrativa habermasiana no contribuye a una verdadera emancipación al amparo de un pensamiento político sujeto a los límites indeterminados de la lengua, el intercambio de ideas o la mera racionalidad comunicativa. En efecto, ¿podría esta racionalidad comunicativa, diálogo, entendimiento mutuo, donde, obviamente, no todos somos iguales, desterrar, o al menos contener, la racionalidad instrumental, eficacia, rendimiento, y demás, consustancial a la naturaleza misma del sistema? ¿Desde cuándo los ciudadanos se reúnen como iguales apostando al mejor argumento para dirimir sus diferencias o intereses de clase? ¿Sobre la base de la razón y el derecho de aquellos que dictan e imponen la razón y el derecho? Correlatos, indiscutibles, de una explícita dictadura constitucional.
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