Hay pueblos que existen sobre la tierra y pueblos que existen en la memoria; Comala pertenece a estos últimos. Quien llega a sus calles cree entrar en un lugar del occidente mexicano; termina descubriendo un espacio donde el tiempo ha perdido la costumbre de avanzar en línea recta, donde las voces sobreviven a quienes las pronunciaron y donde el pasado conserva una autoridad que ni la muerte consigue revocar.
Juan Rulfo conocía ese mundo. Había crecido entre las secuelas de la Revolución Mexicana y de la Guerra Cristera; escuchado relatos transmitidos antes de convertirse en historia escrita y recorrido caminos rurales observando pueblos cuya presencia parecía desvanecerse a medida que México se acercaba a la modernidad. De esa experiencia nació Pedro Páramo, una novela que nunca se propuso contar solamente la historia de un hombre, ni siquiera la de un pueblo. Su ambición era más compleja y, a la vez, más discreta: narrar una cultura desde el interior de sus propias voces.
La literatura ha perseguido esa empresa desde sus orígenes. Cuando Homero relató el regreso de Odiseo no escribió únicamente sobre un navegante que intenta volver a casa; levantó una civilización, con sus dioses, sus miedos, sus códigos morales y la imagen que tenía de sí misma. Siglos después, Faulkner encontraría en un condado imaginario la forma de mirar las contradicciones del sur estadounidense. García Márquez haría algo semejante con Macondo. Rulfo escogió otro camino: redujo la escala hasta el límite. Allí donde otros escritores levantaron vastos universos narrativos, él concentró un mundo entero en unas pocas calles polvorientas y en un puñado de voces que se niegan a desaparecer.
La historia que pone en marcha la novela parece sencilla: Juan Preciado viaja a Comala para cumplir una promesa hecha a su madre antes de morir; quiere encontrar a Pedro Páramo, el padre ausente cuyo nombre ha acompañado su vida sin ofrecerle nunca una respuesta. El lector inicia el recorrido convencido de que asiste a una búsqueda personal, pero pronto comprende que el verdadero hallazgo no será un hombre, sino una comunidad completa, con sus pasiones, sus derrotas y sus fantasmas.
“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.”
La frase conserva su potencia porque abre una puerta y oculta aquello que existe detrás de ella. Parece conducir hacia una historia familiar, aunque termina internándonos en una memoria colectiva. Cada encuentro desplaza la atención hacia otro personaje; cada recuerdo conduce a otro recuerdo; cada voz abre el camino a una voz distinta. El tiempo deja de comportarse como una sucesión ordenada de acontecimientos y comienza a parecerse a la manera en que realmente trabaja la memoria: fragmentaria, caprichosa, llena de regresos inesperados y de zonas oscuras que nunca se iluminan del todo.
La estructura de la novela guarda cierta afinidad con la fotografía, una disciplina que acompañó a Rulfo durante buena parte de su vida. No porque escribiera como fotógrafo, fórmula cómoda que termina diciendo poco, sino porque comprendía que una realidad compleja rara vez se revela mediante una sola imagen. Sus fotografías muestran caminos vacíos, fachadas desgastadas, paisajes detenidos bajo una luz severa. Aisladas parecen fragmentos; contempladas en conjunto revelan un universo humano. Algo semejante ocurre en Pedro Páramo: ninguna escena pretende explicar por sí sola el significado de Comala. Son las acumulaciones, las resonancias y los silencios los que construyen la totalidad.
La crítica ha insistido en presentar la novela como precursora del realismo mágico. La lectura tiene fundamento, sobre todo por la influencia que ejerció sobre García Márquez y otros escritores del Boom; sin embargo, resulta incompleta. Los muertos de Comala no aparecen para producir asombro ni para desafiar las leyes de la realidad. Forman parte de una visión del mundo donde la memoria posee una consistencia propia y donde la muerte no cancela del todo la presencia de quienes han vivido. En las páginas de Rulfo, las ausencias siguen ocupando espacio.
Pedro Páramo domina ese paisaje como una fuerza confundida con la tierra. Es cacique, propietario, padre, amante y símbolo de una forma de poder que marcó durante generaciones la vida rural latinoamericana; sin embargo, la novela no lo convierte en su centro absoluto. Su verdadera materia está en las consecuencias de su existencia: los hijos dispersos, los amores frustrados, las promesas incumplidas, las heridas que sobreviven a quienes las provocaron. Rulfo entiende que la historia rara vez se explica desde quienes ejercen el poder; suele revelarse mejor en la vida de quienes soportan sus efectos.
Setenta años después de su publicación, Pedro Páramo continúa hablando con una voz que no parece envejecer, quizá porque las preguntas que la recorren siguen siendo nuestras. Todos heredamos historias incompletas. Todos convivimos con nombres que precedieron nuestra llegada al mundo. Todos intentamos comprender acontecimientos ocurridos antes de nuestro nacimiento y que, sin embargo, continúan influyendo sobre nuestras vidas. La novela convierte esa experiencia en literatura sin necesidad de formularla como doctrina.
Comala es un pueblo mexicano; también es algo más. Es el territorio donde la memoria se resiste a desaparecer, donde los muertos conservan la palabra y donde una comunidad intenta comprenderse a sí misma a través de los fragmentos de su pasado. Allí radica la singularidad del inicio concebido por Rulfo. No abre solamente una novela. Abre una conversación con aquello que una cultura guarda, transmite y recuerda cuando ya casi todo lo demás se ha perdido.
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