La recopilación de las críticas literarias de veinte años, auto-editadas por José Rafael Lantigua, tituladas Espacios y resonancias (2015), representa la invención de una biblioteca imaginaria, que se lee como un canon personal de las letras dominicanas. La reunión, en siete volúmenes –con un prologuista para cada tomo–, constituye una proeza editorial, a juzgar porque se editaron en un tiempo record de un año, y presentados al público en tres versiones sucesivas: de dos, dos y tres tomos, respectivamente. Esa acción cultural, en cualquier país, representa una hazaña y un hito editorial.
La labor de dos décadas de José Rafael Lantigua como editor-fundador del suplemento cultural Biblioteca (1983-2003), pionero en su especie, encarna una pasión, un ejercicio de generosidad y una vocación intelectual, desinteresada y paradigmática, nunca vista antes, ni emulada en la actualidad, en el periodismo cultural dominicano. Esta monumental y titánica obra, que comprende reseñas y recensiones literarias, fue un acontecimiento en el panorama editorial nacional.
La concesión del Premio Feria del Libro E. León Jimenes 2016, otorgado a esta obra, representó un reconocimiento a una pasión lectora y escritural, un acto de justicia crítica y una vocación fervorosa, en aras de la difusión y divulgación de los autores dominicanos y sus obras, y un gesto de insólita generosidad y apertura estética. Biblioteca fue un espacio que resonó en el clima literario local: fundó una tradición en la historia de los suplementos culturales del país, al crear una escuela de periodismo literario y un estilo de hacer crítica literaria, con vocación positiva, estimulante, propositiva y plural, al margen de sectas y tendencias teóricas o ideológicas. Esa postura intelectual permitió que sus críticas solo estuvieran inspiradas por el “lenguaje de la pasión” lectora, la promoción de la lectura, el amor al libro y la defensa de nuestros escritores. Descubrió, con su labor, talentos insipientes, voces emergentes, y situó, en su justa dimensión estética, a autores consagrados.
Biblioteca sirvió de vehículo para difundir autores y libros extranjeros, algunos desconocidos en el país, labor riesgosa a juzgar por su carácter de primogenitura crítica y novedad editorial. Lantigua escribió sobre libros que luego fueron de culto y habló de la primera obra de un autor, y esto dice mucho de su olfato lector y crítico. De modo que nos reveló la condición de crítico no solo con voluntad de estilo y gracia expresiva, sino también, la de un ensayista que reivindicó la identidad de nuestras letras, y situó, así, nuestra literatura, en la cartografía editorial de América Latina, con su color local, autenticidad verbal y “fe en el porvenir”.
José Rafael Lantigua (1949-2025) es un referente ejemplar en el ámbito de la promoción y difusión del libro dominicano, labor que desarrolló, a través del suplemento cultural Biblioteca (en El Nuevo Diario, Última Hora y Listín Diario), que fundó y dirigió, con pasión, constancia, dinamismo y generosidad. Su magisterio en la promoción del libro tiene sus antecedentes en Julio D. Postigo, Jorge Tena Reyes y en Raymundo Amaro Guzmán quienes, en cierto modo, fueron sus mentores en esa materia.
Antes que un crítico literario per se, su ejercicio del criterio crítico sobre el libro y la lectura lo ejerció desde la atalaya de la celebración libresca y la experiencia de lector, empedernido y apasionado bibliófilo. Su biblioteca personal y sentimental es la expresión de su afán quijotesco por crear una Babel de letras, como celebrante de la palabra y del oficio fantástico e imaginario de concebir la vida como una biblioteca –como diría el inmenso Borges. Para Lantigua, el mundo real lo representa una biblioteca imaginaria, de la que era su bibliotecario personal y guardián, cuyos estantes y anaqueles consultaba y palpaba, como si fueran tesoros encantados de la dicha prohibida. Celebrante de la lectura y del libro, como depositario del saber, la memoria histórica y la cultura, este crítico y ensayista fue, antes que un autor, un lector, que sacrificó el tiempo de la lectura para escribir sus libros para hacerlo, en cambio, sobre los libros de los otros. Si en Don Quijote, su personaje protagonista es un lector –o más bien, esta novela es la historia de un lector de novelas de caballería–, no menos cierto es que Lantigua encarna la vocación del autor que hace un elogio a la lectura, del autor coleccionista de ediciones y del bibliófilo febril. En el fondo, su condición de crítico nació de su fervor de lector. Cuesta trabajo saber qué peso más en su vida, si el lector o el escritor, el autor o el bibliófilo.
La crítica, por tanto, nace de la lectura, o más bien, el crítico es hijo del lector. Un crítico literario que no ame la lectura y el libro, y admire al autor, es un crítico estéril, a secas, y solo imbuido por el imperio de la teoría. Un crítico es, pues, un lector, en acción comunicativa. Si el crítico no descubre talento ni crea autores, sino que los castra, fracasa en su labor misional y ética. Y José Rafael Lantigua dio cátedra de buen gusto, sensibilidad, olfato crítico y pasión inquebrantable: no dejó morir su afán de novedad y su apertura estética, con la que trascendió fronteras literarias, técnicas y modalidades. Su titánica tarea de dos décadas, como brújula de obras literarias, le permitió definir, orientar y trazar un mapa del devenir de las letras nacionales y fundar una biblioteca sensible del buen gusto del libro local e internacional, en español. Creó así una cohorte de lectores que, a su vez, fundaron su propia biblioteca personal, como lectores o autores. Biblioteca se convirtió, en efecto, en una enciclopedia del conocimiento y en una bitácora del libro que, reunidos en siete volúmenes, sirven de documento y archivo de consulta para investigar y escribir la historia literaria de más una generación.
Enorme lector y coleccionista de revistas, espléndido prologuista y sagaz periodista cultural, ducho reseñista y presentador de libro, Lantigua quiso emular en el país la filosofía editorial de los suplementos culturales más emblemáticos, como Babelia de El País, o la revista de libro ¿Qué leer?, y las incorporó, no sin acierto, en la geografía local, y así creó una escuela fundacional, sin imitadores, y canónica en la tradición del diarismo criollo. Dirigir en solitario un suplemento portátil –pues migró a tres periódicos–, constituye una tarea ciclópea, a juzgar por el cúmulo de informaciones, reportajes, noticias literarias, un editorial y críticas, que traía cada semana el suplemento Biblioteca, el cual creó una legión de lectores y una cultura de lectores de suplementos, en un momento de auge de estos instrumentos literarios de difusión del libro y la lectura.
Cuando cerró su ciclo –tras veinte años de labor ininterrumpida–, Lantigua hizo un número especial –tipo periódico tabloide–, y se puso a circular en un emotivo acto, en el antiguo Palacio de Borgella, actual Oficina del Patronato de la Ciudad Colonial, donde me correspondió conducir la ceremonia y leer un artículo mío, titulado El futuro de la memoria. Sería febrero de 2003. En el mismo acto, Franklin Gutiérrez puso a circular un opúsculo con opiniones sobre José Rafael Lantigua y su legado en Biblioteca. Con la clausura de este icónico órgano cultural se agotó un ciclo en la vida intelectual de Lantigua, y se creó un vacío que correspondió al espíritu de una época de crisis de los suplementos culturales impresos en todo el mundo, que aún persiste.
Biblioteca dejó sus frutos. De la generación de los 80 en adelante, y durante su hegemonía, este suplemento fue un artífice esencial en el descubrimiento, difusión y proyección de los jóvenes autores de los ochenta y noventa, pues en sus páginas desfilaron reseñas y críticas de sus libros. Y fue el escenario de más de un debate, prohijado por las contradicciones y las inquinas de las ideas estéticas y la lucha por la hegemonía del poder literario doméstico. En mi caso, va mi gratitud, al reseñar mis dos primeros poemarios: Diario del autófago (1997) y Sueño escrito (2002).
De modo pues, que la concesión, en 2016, del Premio Feria del Libro de la fundación E. León Jimenes y la Dirección General de la Feria del Libro, al Libro del Año a José Rafael Lantigua, por su voluminosa obra compilatoria de su tesonera escritura crítica semanal, representa la recompensa a una pasión y a una vocación altruista de estímulo a la lectura y a la valoración de los libros de los autores dominicanos: constituyó una celebración de justicia intelectual, la decisión de los jurados. Porque Biblioteca fue, durante dos generaciones, el espacio donde resonaron los libros y sus autores, y donde se insertaron, en sus anaqueles y estantes, los signos visibles y en rotación, de la dinámica creativa y literaria, desde el punto de vista editorial, en las letras nacionales. Sin la existencia de este suplemento literario, la vida cultural de la República Dominicana habría sido otra: más fría, pobre, estéril y tediosa.
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