La música como camino hacia la educación, la fraternidad y la esperanza

José Manuel Cueli: el hombre que enseñó a cantar la vida. Su mayor obra no fueron solo las canciones, sino las generaciones que ha formado, convencido de que la música es un camino hacia la educación, la fraternidad y la esperanza.

Hay personas cuya vida termina pareciéndose a una gran partitura. Cada encuentro, cada decisión y cada servicio se convierten en notas que, con el paso del tiempo, componen una melodía capaz de transformar la vida de los demás.

José Manuel Cueli pertenece a esa estirpe.

Nos conocimos siendo estudiantes del Colegio Dominicano De La Salle, cuando apenas comenzábamos a descubrir el mundo y a comprender que la educación podía ser mucho más que la transmisión de conocimientos. Compartimos una formación marcada por los valores lasallistas, por el ejemplo de maestros extraordinarios y por una profunda convicción de que la fe, la cultura y el servicio podían caminar de la mano.

Con los años nuestros caminos tomaron expresiones distintas dentro del amplio universo de la cultura. Yo encontré en el teatro una manera de dialogar con la sociedad. José Manuel descubrió que su verdadera vocación consistía en educar a través de la música.

Durante más de medio siglo ha formado generaciones de estudiantes, ha dirigido coros, ha servido a la comunidad educativa lasallista y ha demostrado que una canción puede enseñar tanto como una clase y que un ensayo coral puede convertirse en una auténtica escuela de ciudadanía.

Después de conversar largamente con él comprendí que sería insuficiente definirlo únicamente como músico, director coral o educador.

Todas esas palabras describen lo que ha hecho.

Ninguna alcanza a expresar plenamente quién es.

Porque José Manuel Cueli ha dedicado su vida a construir armonía.

Armonía entre las personas.

Entre la disciplina y la alegría.

Entre la fe y la cultura.

Entre el arte y el servicio.

Quizá por eso miles de antiguos alumnos recuerdan menos las partituras que aprendieron y más la manera en que aquel maestro les enseñó a escucharse mutuamente, a respetar el silencio, a descubrir la belleza del esfuerzo compartido y a comprender que ninguna voz alcanza su plenitud cuando pretende imponerse sobre las demás.

Conversar con José Manuel Cueli es descubrir que la música nunca fue el destino final de su vida.

Fue el camino que eligió para formar seres humanos.

Cuando la música encontró su vocación

Quise comenzar por el principio.

No por el director coral ni por el educador.

Sino por aquel niño que, sin sospecharlo, dio el primer paso hacia una vida completamente dedicada a la música.

Su respuesta parece el inicio de un cuento familiar.

"Tendría unos diez años cuando mi mamá reunió a mis hermanos y a mí frente al piano de medio uso que acababa de comprar. '¿Quién quiere estudiar música?', preguntó. El empujón que me dio uno de mis hermanos se interpretó como un sí y yo, incapaz de desilusionar a mi madre, empecé unas clases de media hora a la semana con una maestra muy mayor que vivía cerca de la casa. Así, como quien no quiere la cosa, empezó mi contacto formal con las notas."

Hay decisiones que parecen fruto del azar.

Un piano de segunda mano.

Una pregunta hecha en familia.

El empujón de un hermano.

Y, sin embargo, vistas desde la distancia, terminan cambiando una existencia.

Mientras lo escuchaba comprendí que aquella escena doméstica contenía, sin saberlo, el origen de una vocación que habría de influir en miles de vidas.

Le pregunté entonces qué papel había desempeñado su familia en esa formación.

Su respuesta vuelve a colocar el acento donde siempre lo coloca José Manuel: en las personas antes que en los talentos.

"En mi familia no existía tradición musical, así que mi biografía en ese aspecto fue totalmente providencial. Lo que sí aseguro es que los valores y la estabilidad de mi familia influyeron decisivamente en lo que soy como ser humano y en el desempeño de mi vida coral."

No atribuye su trayectoria a un talento excepcional.

Ni a una herencia artística.

Habla de valores.

De estabilidad.

De humanidad.

Y quizá ahí se encuentra una de las claves de toda su obra educativa.

Porque antes de enseñar música aprendió a vivir en una familia donde la formación del carácter ocupaba un lugar más importante que cualquier destreza técnica.

Quise saber cuándo comprendió que la música dejaría de ser una afición para convertirse en la misión de su vida.

Su respuesta revela que esa certeza nació al descubrir el poder transformador del canto compartido.

"Fue en el último año del bachillerato. Ya tenía dos años cantando en coros y estaba contagiado por ese 'virus' maravilloso de hacer música en grupo para tocar corazones. Tanto me marcó esa experiencia que hice todo lo posible para no tener que abandonar Santo Domingo e irme a estudiar fuera, porque aquí comenzaba a tomar forma un proyecto que daría sentido a mi vida."

Me detuve en una expresión que utiliza con absoluta naturalidad:

"Tocar corazones."

No dice formar músicos.

No dice dirigir coros.

Dice tocar corazones.

Y esa frase, aparentemente sencilla, resume todo lo que vendrá después.

La Salle: una escuela que se convirtió en una forma de vivir

José Manuel Cueli, dirigiendo el coro.

Hay escuelas donde uno recibe una educación.

Y hay escuelas que terminan convirtiéndose en una manera de entender la vida.

Le pregunté qué había significado para él estudiar en el Colegio Dominicano De La Salle.

Su respuesta no habla de edificios, asignaturas ni títulos.

Habla de identidad.

"La cultura lasallista me impregnó. No lo sabía entonces, pero esta vida que amo sin La Salle hubiera sido otra. La escuela es un mundo que te da una cosmovisión y un sentido de vida. En mi tiempo de colegio absorbí ese espíritu como una esponja."

Mientras lo escuchaba reconocía sentimientos que también forman parte de mi propia historia.

Quienes tuvimos el privilegio de formarnos en La Salle sabemos que aquella educación trascendía las aulas. Era una invitación permanente a vivir la fe desde el compromiso, la fraternidad desde el servicio y la excelencia desde la humildad.

Le pedí que resumiera cuáles eran los valores que más profundamente lo habían acompañado desde entonces.

Su respuesta tiene la serenidad de quien ha vivido en coherencia con aquello que aprendió siendo muy joven.

"Pienso en los valores humanos y cristianos recibidos a través de un sentido de pertenencia a una comunidad que me acogió tal como yo era. Adquirí una gran sensibilidad social, una conciencia de servicio, la valoración de la amistad fraterna y, tal vez lo más importante, una fe trascendente que me transmitieron mis maestros y los Hermanos de La Salle."

Mientras escribía estas líneas comprendí que, en realidad, José Manuel nunca ha separado la música de la educación.

Ni la educación del servicio.

Ni el servicio de la fe.

Todo forma parte de una misma armonía interior.

Y quizá esa sea la verdadera explicación de una trayectoria que, más que construir un prestigio personal, ha contribuido a formar generaciones enteras de dominicanos.

(Continuará)
Mañana, en la segunda parte  conoceremos al maestro que marcó definitivamente su vida: el inolvidable Hermano Alfredo Morales; el nacimiento del Coro Estudiantil en 1967 y un recuerdo muy especial que compartimos cuando José Manuel puso su talento al servicio del Teatro Gratey en la inolvidable puesta en escena de la zarzuela Alma Criolla, demostrando que su magisterio trascendía las aulas y los coros para convertirse también en un acto de creación artística compartida.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

Ver más