“Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar.”

La frase aparece sin anunciar nada extraordinario; un espejo, una enciclopedia, un hallazgo que podría pasar inadvertido si no fuera por lo que introduce desde ese mismo momento, porque lo que se encuentra no termina de afirmarse como un hecho verificable ni como una invención declarada, y esa indecisión no se corrige ni se aclara, se mantiene, como si el texto eligiera avanzar desde ahí, sin asegurar el terreno, dejando lo dicho en un margen que no desaparece y que acompaña todo lo que sigue.

No es una apertura que busque orientar ni una que se apoye en una escena reconocible; lo que se propone es propiciar una forma de lectura donde el dato inicial no se cierra, sino que se prolonga, porque la enciclopedia, llamada a fijar el saber, deja ver una fisura que la compromete, mientras el espejo introduce una duplicación que no garantiza correspondencia, y en esa conjunción lo que aparece no puede afirmarse sin reservas ni descartarse sin consecuencias, como si el relato no buscara afirmar un mundo, sino mostrar que aquello que llamamos mundo depende, más de lo que se admite, de la forma en que es dicho.

A partir de ese punto, el lenguaje deja de acompañar a la realidad para ocupar su lugar, no como sustitución inmediata, sino como construcción progresiva; Tlön no se presenta como una fantasía reconocible, sino como un sistema que se sostiene por la coherencia de sus propios términos, sin necesidad de remitirse a algo exterior que lo confirme, y en ese movimiento el artificio deja de ser accesorio para convertirse en principio, en una forma de dar consistencia a lo que aparece sin apoyarse en una referencia previa que lo legitime.

La escritura no se afirma desde una voz que garantice lo que dice; se apoya en citas, en referencias, en fragmentos que parecen venir de otros textos, de modo que el relato no avanza por acumulación de hechos, sino por superposición de discursos, y la enciclopedia deja de ser un objeto dentro de la historia para convertirse en su forma, en el espacio donde lo verdadero y lo apócrifo conviven sin una jerarquía estable.

Quien lee no encuentra un trayecto definido; lo que parecía una línea se abre, se repliega, se bifurca, y avanzar deja de significar acercarse a un punto de llegada para convertirse en una forma de permanencia, en el recorrido de un espacio que no se deja fijar en un solo sentido, de manera que el laberinto no aparece como un tema, sino como la condición misma de la lectura.

Ese movimiento atraviesa el conjunto del libro, donde la realidad no se presenta como punto de partida, sino como algo que se configura a medida que el lenguaje se despliega, hasta el punto de que la invención adquiere una consistencia que no depende de su correspondencia con lo real; Tlön no se limita a coexistir con el mundo, aspira a sustituirlo, no por imposición, sino por la persistencia de su lógica, por la manera en que se infiltra hasta resultar más convincente que aquello que parecía anterior. Leer ese comienzo supone aceptar la ausencia de suelo firme, que cada afirmación puede abrirse y cada referencia desdoblarse, de modo que la lectura no conduce a una resolución, sino a una permanencia dentro de un espacio que se expande a medida que se lo recorre.

Ahí se sostiene su fuerza, en la manera en que desde esa primera línea se instala una forma de leer donde el sentido no se fija y el saber se desplaza, donde el lenguaje deja de ser un medio para convertirse en el lugar mismo donde el mundo se decide, y donde buscar una salida no es un gesto de fuga, sino otra forma de permanecer dentro.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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