No es casual que Gouverneurs de la rosée de Jacques Roumain iniciara con la sed. Desde las primeras páginas del texto, el lector entra en un paisaje herido por la ausencia del agua. La tierra aparece agotada, endurecida por el sol, incapaz de ofrecer aquello que durante generaciones había sostenido la vida de la comunidad. Antes de que conozcamos a Manuel, antes de comprender los conflictos que dividen a los habitantes del poblado, incluso mucho antes de que aparezca la posibilidad de una solución, la novela establece una certeza fundamental: algo indispensable se ha perdido.

“La terre était nue, déchirée, écorchée jusqu’à l’os sous le soleil.”

“La tierra estaba desnuda, desgarrada, desollada hasta los huesos bajo el sol.”

La imagen resulta reveladora porque contiene, en miniatura, la totalidad de la novela. Roumain no comienza con un personaje ni con una intriga; comienza con una carencia. La ausencia del agua aparece antes que cualquier otra cosa porque constituye el problema central alrededor del cual gravitarán todos los demás. El lector cree encontrarse ante una novela sobre la sequía; sin embargo, poco a poco descubre que la sequía es apenas la manifestación visible de una fractura más profunda de la cual la ausencia de agua es solo un espejo.

La tierra está agotada, pero también lo están las relaciones entre los hombres. Ese desplazamiento constituye una de las grandes virtudes del libro; lo que empieza como una lucha contra la naturaleza termina revelándose como una reflexión sobre la comunidad. Los campos se secan al mismo tiempo que se secan los vínculos que durante años habían permitido a los habitantes enfrentar juntos las dificultades de la vida rural. La búsqueda del agua será también la búsqueda de una forma de reconciliación.

La literatura occidental ha regresado una y otra vez a la figura del hombre que vuelve. Desde Odiseo navegando hacia Ítaca hasta innumerables personajes modernos, el regreso suele representar la posibilidad de recuperar algo perdido y la lucha del hombre por encontrarlo. Manuel pertenece a esa tradición, aunque introduce una diferencia decisiva: cuando vuelve a su aldea no encuentra un hogar intacto ni una comunidad esperándolo; retorna para encontrar divisiones, resentimientos y una tierra que parece haber renunciado a la fertilidad. Su desafío no consiste en recuperar el pasado, sino en construir un futuro.

Por eso el regreso de Manuel posee una dimensión distinta a la de tantos otros héroes literarios. No retorna para ocupar un lugar que le pertenece; vuelve para intentar reconstruir aquello que la fragmentación ha puesto en peligro. Su viaje tiene menos que ver con la nostalgia que con la responsabilidad.

Roumain escribe desde un Haití que conocía bien las consecuencias de la degradación ambiental. Décadas de tala de bosques, expansión agrícola sobre terrenos frágiles y producción de carbón vegetal habían comenzado a alterar profundamente el equilibrio ecológico de amplias regiones del país. Hoy observamos las consecuencias de ese proceso con una claridad que sus contemporáneos difícilmente podían imaginar; sin embargo, la intuición del escritor resulta notable. Comprende que la crisis de la tierra no puede separarse de la crisis de la comunidad.

Allí radica buena parte de la modernidad de la novela; mucho antes de que las preocupaciones ecológicas ocuparan un lugar central en la conversación pública, Roumain percibía la relación entre la salud del paisaje y la salud de la sociedad. El agua no representa únicamente una necesidad material. Es también cooperación, permanencia y futuro. Allí donde desaparece el agua, la comunidad comienza a fragmentarse. Allí donde desaparece la comunidad, la tierra termina empobreciéndose aún más.

La publicación de Gouverneurs de la rosée en 1944 coincidió con un momento decisivo para la reflexión intelectual caribeña. Escritores, historiadores y pensadores intentaban comprender las particularidades de sus sociedades sin someterlas por completo a modelos importados. Las preguntas sobre la identidad, la herencia africana, la tierra y las formas de organización colectiva ocupaban un lugar central. Roumain participa de ese diálogo, pero lo hace desde la novela y desde una extraordinaria capacidad para convertir problemas históricos en experiencias humanas concretas.

Quizás por eso el libro conserva una vigencia que trasciende el contexto en que fue escrito. Las cuestiones que plantea siguen presentes en buena parte del Caribe y de América Latina. La migración, el abandono de las zonas rurales, la fragilidad ambiental, el acceso a los recursos naturales y la dificultad de construir proyectos colectivos continúan formando parte de la conversación de nuestro tiempo.

Pero ninguna de esas reflexiones tendría la misma fuerza sin la eficacia de su inicio. Roumain comprende que los grandes problemas de una sociedad rara vez se revelan mediante discursos. La sed aparece primero; luego la fractura. La esperanza llega más tarde, cuando el lector ya ha contemplado la magnitud de la pérdida. Esa economía narrativa explica la potencia del comienzo. El lector entiende desde las primeras páginas que la novela no girará alrededor de una idea abstracta, sino alrededor de una necesidad concreta y urgente. El agua deja de ser un elemento del paisaje para convertirse en el centro moral de la historia.

Hay algo profundamente caribeño en esa elección. Mientras otras tradiciones literarias encontraron sus grandes metáforas en ciudades, imperios o sistemas filosóficos, Roumain la encontró en la tierra y en la lluvia. La isla aparece como un organismo donde la suerte de los hombres y la suerte del paisaje forman parte de una misma realidad. Nada ocurre de manera aislada. La sequía afecta a los campos, los campos afectan a las familias, las familias afectan a la comunidad y la comunidad termina determinando el destino de todos.

Por eso el inicio de Gouverneurs de la rosée posee una fuerza que va más allá de la novela misma. No abre únicamente la historia de una comunidad haitiana enfrentada a la falta de agua. Abre una reflexión sobre la supervivencia colectiva y sobre la capacidad de una sociedad para reconstruirse cuando parece haber perdido aquello que la mantenía unida. En Rulfo, el camino conducía hacia la memoria; en Carpentier, hacia las palabras y sus contradicciones; en Roumain, el lector entra por la sed para descubrir que el verdadero manantial que busca la novela no se encuentra bajo la tierra, sino en la posibilidad de que una comunidad vuelva a reconocerse como tal.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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