Las instituciones culturales no se derrumban de golpe. No colapsan con estruendo ni anuncian su desgaste con dramatismo. Se agotan lentamente, en silencio, hasta que un día siguen en pie, con puertas abiertas y programación activa, pero ya no empujan nada. Funcionan, pero no orientan. Operan, pero no conducen. Existen, pero han perdido proyecto.
Bellas Artes, los museos públicos, las escuelas artísticas, el Gran Teatro del Cibao y los centros culturales del Estado comparten hoy un mismo mal de fondo: la renuncia a pensarse a sí mismos. No está claro qué país cultural buscan formar, a quiénes se dirigen ni qué transformación aspiran producir en la sociedad que los sostiene. Espacios como el Centro Monina Cámpora de San Juan de la Maguana permanecen huérfanos de gestión cultural planificada y subutilizados, mientras otros, como el Centro Cultural Narciso González, evidencian una alarmante ausencia de proyecto institucional.
La cultura institucional ha sido reducida a programación: actividades sueltas, inauguraciones, talleres dispersos, calendarios que se llenan para justificar gestión. Se confunde actividad con política pública, movimiento con transformación. Sin un proyecto que articule formación, producción, circulación y públicos, todo esfuerzo se disuelve en la inmediatez, y la respuesta termina siendo siempre la misma: no hay recursos.
En Bellas Artes, por ejemplo, la formación artística permanece atrapada entre la repetición mecánica de la tradición y la improvisación del presente. Planes de estudio desactualizados, escasa conexión con la realidad contemporánea del arte y una débil articulación con el campo laboral convierten la vocación temprana en frustración prematura. Se forman artistas con técnica, pero sin un horizonte institucional que los acompañe.
A pesar de la dedicación y los esfuerzos personales de su director, muchos museos públicos aún no logran funcionar como verdaderos espacios de pensamiento crítico. Custodian objetos, pero carecen de relato; exhiben patrimonio sin suficiente mediación, sin pedagogía activa ni diálogo sostenido con la sociedad. Un museo sin proyecto educativo ni vínculos orgánicos con las escuelas que lo visitan para formarse es apenas un edificio con vitrinas: conserva, pero no interpreta. En medio de esas limitaciones, es justo reconocer que el director de la Red Nacional de Museos impulsa, con compromiso y visión, acciones para fortalecer la preservación y la difusión de los museos y galerías, aunque no siempre cuente con el respaldo institucional que ese trabajo exige.
Una institución cultural necesita dirección intelectual y gerencia administrativa, continuidad, tiempo y una autonomía relativa que le permita construir procesos, no limitarse a cumplir calendarios oficiales ni a responder únicamente a coyunturas políticas.
Este agotamiento no es solo conceptual: también es físico. Nuestros principales espacios escénicos muestran cómo la ausencia de proyecto termina convirtiéndose en abandono material. La Sala Máximo Avilés Blonda del Palacio de Bellas Artes arrastra problemas de climatización y un sistema eléctrico colapsado que obliga a depender de plantas alquiladas. La Sala Manuel Rueda, en la Plaza del Conservatorio, sufre filtraciones, goteras y humedad que transforman un espacio creativo en un riesgo técnico. Y el Gran Teatro del Cibao, que debería ser orgullo regional, padece una programación inestable que genera desconfianza entre artistas y productores.
Cuando los escenarios se deterioran, no solo se pierde comodidad: se pierde credibilidad cultural. El productor deja de confiar, el artista se retrae y el público se aleja. Un teatro sin condiciones no es un problema técnico: es un síntoma institucional.
Las escuelas y centros culturales del Estado repiten un patrón similar. Funcionan sin evaluación sistemática, sin metas verificables ni seguimiento de resultados. No se mide impacto, no se revisan métodos, no se corrige rumbo. Cada nueva gestión actúa como si comenzara desde cero, borrando la experiencia acumulada y debilitando la memoria institucional. Así se administra el presente, pero se sacrifica gravemente el futuro.
El agotamiento también se manifiesta en la precariedad de quienes sostienen estas estructuras. Artistas, docentes, técnicos y gestores trabajan con bajos salarios y escaso reconocimiento profesional. Cuando el trabajo cultural se vuelve inestable, la institución no solo pierde energía operativa: pierde sentido, pertenencia y compromiso interno.
Cuando una institución cultural no sabe para qué existe, termina sirviendo para cualquier cosa. Se convierte en espacio de compensación política, de cuotas partidarias, de favores administrativos. El proyecto es sustituido por la ocupación del cargo, y la gestión se reduce a administrar presencias, no procesos. Se habla mucho, pero se hace y se construye muy poco.
Sin embargo, no todo es inercia. Existe un contraste necesario: el Teatro Nacional Eduardo Brito. Allí, bajo la dirección del artista, coreógrafo y gestor Carlos Veitía, se ha consolidado una política de apertura, cuidado técnico y cercanía real con artistas, públicos y comunidades educativas. Una expresión concreta de esa visión es la iniciativa “Puertas Abiertas al Teatro”, impulsada junto a la Fundación Amigos del Teatro Nacional, cuyo propósito es fomentar el acceso y la apreciación de las diversas manifestaciones culturales en la comunidad educativa. Este programa permite que estudiantes y docentes disfruten de producciones del más alto nivel técnico, artístico y cultural en las distintas salas del Teatro Nacional, convirtiendo el espectáculo en experiencia formativa. Así, el Teatro Nacional no solo programa: articula, acompaña, democratiza el hecho escénico y restituye la confianza cultural del país.
Ese ejemplo confirma que el problema no es la existencia de las instituciones, sino la renuncia del Estado a pensarlas como estructuras vivas. Una institución cultural necesita dirección intelectual y gerencia administrativa, continuidad, tiempo y una autonomía relativa que le permita construir procesos, no limitarse a cumplir calendarios oficiales ni a responder únicamente a coyunturas políticas.
Recuperar las instituciones culturales no implica cerrarlas ni “refundarlas” cada cuatro años. Implica devolverles propósito y visión: definir con claridad su misión, sus públicos, su rol formativo y su responsabilidad social dentro de un proyecto cultural nacional que articule educación, creación y ciudadanía.
Una cultura sin instituciones fuertes es vulnerable.
Pero instituciones sin proyecto son todavía más peligrosas:
mantienen la fachada mientras vacían el sentido.
Y cuando el sentido se pierde, no cae solo un edificio o una gestión:
se resquebraja también una parte esencial de la conciencia cultural del país.
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