
Hablar de Leonor Fini y Leonora Carrington es adentrarse a un territorio donde el arte se convierte en un acto de insurrección. Ambas se negaron a aceptar los roles que su época les asignaba y encontraron en la pintura un lenguaje para desafiar las convenciones sociales y artísticas. No fueron rebeldes por pura provocación, fueron rebeldes porque comprendieron que la libertad era una condición vital para crear.
Durante años nos enseñaron que el surrealismo era un espacio masculino y las mujeres aparecían en esta historia desnudas y enigmáticas, objetos del deseo o fuente de la inspiración. Hasta que dos de ellas se negaron a ser musas y su decisión cambió para siempre la historia del arte. Su legado nos demostró que el arte puede ser una forma de resistencia, que la imaginación no siempre es la evasión de la realidad, sino una forma de transformarla, y que la verdadera rebeldía es atreverse a construir un mundo propio cuando en el existente no hay un lugar para vivir libremente. Esta convicción no nació de nada, fue resultado de vidas tan extraordinarias como las obras creadas por estas dos artistas. Sus biografías revelan que desde el inicio sus vidas fueron marcadas por la independencia, la imaginación y la resistencia a cualquier forma de imposición.
Polifacética y de mente abierta, Leonor Fini (1907-1996) se negó a ser catalogada y seguir reglas tanto en el arte como en su vida privada. Vivió como quiso, amó a quien quiso y pintó lo que quiso.

Nació en Buenos Aires de padre argentino y madre italiana. Su atípica infancia fue moldeada por el divorcio y amenazas de su padre de secuestrarla, por lo que su madre escapó con ella a Italia donde durante seis años la vistieron de niño para ocultar su identidad. Tal vez de allí viene su profundo sentido de teatralidad, la afición a disfrazarse y el rechazo a la identidad fija manifestados durante toda su vida: “Con los disfraces y máscaras siento que me convierto en una extensión de mí misma.” Era famosa por usar extravagantes vestidos, totalmente imprácticos para pintar, mientras trabajaba en su estudio.

Durante la adolescencia sufrió una enfermedad ocular y, mientras se recuperaba de la cirugía, pasó mucho tiempo en la oscuridad, con los ojos vendados. Ambos episodios fueron, probablemente, lo que ha impulsado el desarrollo de una profusa imaginación en Leonor; tras la recuperación abrió los ojos decidida ser artista. Su formación fue totalmente autodidacta. Aprendió historia del arte en la biblioteca de su tío, siguiendo los pasos a Leonardo da Vinci estudió la anatomía dibujando los cuerpos en la morgue de Trieste y completó esta autoformación visitando los principales museos europeos.
A los dieciocho años se mudó a París, ciudad donde pasó la mayor parte de su vida. En la década de 1920 París, como dijo Ernst Hemingway, “era una fiesta”, donde coincidieron todos los artistas e intelectuales destacados del momento y donde se gestaron casi todos los movimientos de vanguardia. Allí conoció a Giorgio de Chirico, Paul Éluard, Jean Cocteau, André Breton, Pablo Picasso, Salvador Dalí. Allí se acercó a Leonora Carrtington a la que le uniría una amistad de por vida. Sintió una especial cercanía con los surrealistas tanto en las fantasías oníricas como en la actitud provocadora e irreverente. En su primer encuentro con el grupo, Fini llegó vestida con la sotana escarlata de un cardenal católico. Dijo que quería experimentar “la naturaleza sacrílega de vestirse como un cura, y la experiencia de ser una mujer vistiendo ropas de un varón que nunca conocería el cuerpo de una mujer”. Se convirtió en una sensación de la noche a la mañana, sin embargo, nunca quiso formar parte oficial del movimiento. Era una especie de surrealista antagónica: creó obras surrealistas, pero se negó a aceptar los estatutos del manifiesto, pues le repugnaba la misma idea de acuerdos y reglas, lo consideraba propio de una mentalidad pequeñoburguesa.
Su rebeldía y sus enfrentamientos con André Breton por su “irremediable homofobia y misoginia” eran proverbiales. A la harto conocida ya visión machista que reducía el papel de la mujer a musa inspiradora del líder del grupo podemos añadir la opinión de Dalí sobre las obras de Leonor: “Mejor que la mayoría, quizás. Pero el talento está en las pelotas”. Aun siendo independiente, mantuvo amistad con muchos de los surrealistas y participó en algunas de sus exposiciones colectivas.
Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, junto con su pareja en aquel entonces, el escritor André Pieyre de Mandiargues, y los esposos Salvador y Gala Dalí se fue al sur de Francia donde entre todos alquilaron una villa. Allá conoció al diplomático y artista aficionado italiano Stanislao Lepri. Pronto se hicieron amantes y se mudaron a Roma y Leonor lo convenció de que abandonara su carrera profesional y se dedicara por completo a la pintura. Terminada la guerra la pareja decidió establecerse en París donde poco después Fini conoció al escritor polaco Constantín Jeleńsky catorce años más joven que ella. A partir de entonces vivieron los tres juntos acompañados de veintitrés gatos persas hasta la muerte de Lepri en 1980 y de Jeleński en 1987.
“El matrimonio nunca me atrajo, – comentó la pintora en una entrevista. – He preferido estar en una especie de comunidad: una casa grande con mi taller, mis gatos y mis amigos, y con un hombre que es más bien un amante y otro que es más bien un amigo. Y siempre ha funcionado”.
Rechazando tanto las normas sociales como artísticas, Leonor Fini reflexionó sobre la inseparable conexión entre rebelión y creatividad: “Siempre pensé que tendría una vida muy diferente a la que me había imaginado, pero comprendí desde muy temprano que así sería. Hay que rebelarse para hacer esa vida. Ahora estoy convencida de que en cualquier acto de creatividad existe este elemento de revuelta”.
La obra de la artista podría definirse como una autobiografía de su mundo interior, lugar de sus vivencias y recuerdos. En la introducción de un libro sobre ella publicado en 1975 declaró: “En cierto sentido, mis pinturas siempre han sido mi autobiografía. Una autobiografía reveladora porque mis pinturas no interpretan ni mi desarrollo consciente ni mis vivencias; más bien, "desenmascaran" un ser dentro de mí (a menudo con extrañas proyecciones hacia el futuro)”.

Los temas recurrentes de Leonor giran en torno al erotismo libre y transgresión, sus pinturas transpiran sensualidad e intimidad, son una fantasía hedonista de una mujer libre, sin tapujos ni tabúes. Según ella “toda la pintura es erótica. Ese erotismo no tiene necesariamente que estar en el tema. Puede estar en la forma con que se pinta un ropaje, en el diseño de una mano, en un pliegue”.
Diosas, esfinges, hechiceras con melena leonina y heroínas libertinas retratan un inquietante tipo de belleza femenina, son criaturas poderosas, peligrosas, lascivas. Los hombres, en cambio, están representados como objetos pasivos del deseo. Por cierto, fue la primera mujer en pintar un desnudo erótico masculino en 1942.

Ningún aspecto de la sexualidad para ella es intocable: fetichismo, sadomasoquismo, poliamor, nada atado a las limitaciones de la moral religiosa. También sentía atracción por la androginia, que, según ella, era el estado ideal: “Une el aspecto mental del hombre con el lado imaginativo de la mujer. Me gustaría considerarme andrógina”.
Su personalidad independiente, inteligencia y belleza atrajeron a grandes fotógrafos, como Henri Cartier-Bresson, Dora Maar y Georges Platt Lynes, y diseñadores de moda, como Coco Chanell, Elsa Schaparelli y Christian Dior, quien durante su etapa de galerista, antes de convertirse en una leyenda de alta costura, organizó en 1932 una de las primeras exposiciones individuales de Leonor.
La pintura no fue la única faceta del talento de Fini. Fue ilustradora de libros, escenógrafa y diseñadora de vestuario teatral, trabajó como directora de arte con los grandes cineastas John Huston y Federico Felini, y publicó tres novelas. Para ella no existía ninguna separación entre la pintura y el trabajo decorativo. “Diseñé lentes, perfumes, papel decorativo, cualquier cosa. Sentía que todo era útil y esta actitud me dio libertad. Podía sumergirme en un cuadro y, a la mañana siguiente, diseñar una botella o una caja”. Leonor transformaba artículos cotidianos en piezas cargadas de fantasía y teatralidad, como el frasco de perfume Shocking o la silla Corsé.

En definitiva, la trascendencia del universo indomable creado por Leonor Fini reside en la revolución iconográfica adelantada por décadas a los debates contemporáneos sobre la identidad; en su naturaleza multidisciplinaria, que traspasó los límites del arte tradicional; en haber transitado por la vanguardia parisina bajo sus propias reglas, recordándonos para siempre que el arte de verdad es el resultado de una absoluta libertad individual.
Continuará…
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