La catedral de Florencia, 1296-1436

Corría el año 1418. Florencia desde hacía más de un siglo se había convertido en la potencia comercial más fuerte de Italia. La estabilidad política permitió el crecimiento económico de gremios profesionales y familias poderosas que decidieron dedicar parte de sus fortunas al embellecimiento de la ciudad y el desarrollo de las artes. Como toda urbe que se respete, Florencia necesitaba un monumento que destacara su importancia: la catedral. Así, en 1296 comenzó la construcción del templo católico más grande del mundo en aquel entonces, el Duomo di Santa María del Fiore.

Su construcción fue resultado de la colaboración de varios arquitectos y tomó casi un siglo, con varias interrupciones, siendo la más larga la de 1348 a causa de la epidemia de la peste negra, una de las catástrofes más devastadoras de la historia humana, que arrasó con más de la mitad de la población de Florencia. Finalmente, en 1380 gran parte de los trabajos había sido concluida; solo faltaba la cúpula. Y allí surgió un gran problema.

El inmenso agujero en el crucero requería una cúpula de gigantescas dimensiones, pero nadie sabía cómo construirla sin que colapsara bajo su propio peso. Los métodos tradicionales requerían el uso de estructuras de madera para sostener la obra mientras se levantaba, algo prácticamente imposible ya que, debido al tamaño de la cúpula, se necesitaría más madera de la que estaba disponible en toda la región de Toscana. Además, el área de la cúpula era octogonal y no se podía cubrir con la típica forma semicircular. Encima, era un octágono desigual, por lo que no había un centro real y no se podía usar ningún soporte central para facilitar su construcción.

Durante décadas, la catedral permaneció abierta al cielo, como una gigantesca interrogante en espera de la respuesta de Dios. Muchos arquitectos consideraban el proyecto irrealizable y los pocos que pensaban lo contrario proponían unas soluciones que oscilaban entre lo inviable y lo ridículo, como la propuesta de llenar la catedral con tierra para levantar la cúpula apoyándola sobre esta. Terminada la tarea se convocaría a la población de Florencia a vaciar el interior de la tierra mezclada previamente con monedas para incentivar a los pobres.

Mientras tanto, sin querer detener los trabajos, pero sin atreverse a levantar la cúpula, se había construido una base que aumentaría su altura y, finalmente, en 1418 se convocó el concurso para realizarla. Los dos proyectos más importantes eran de Lorenzo Ghiberti y Filippo Brunelleschi. Ambos eran escultores y orfebres; ninguno contaba con formación profesional ni experiencia previa en arquitectura, pero a diferencia del segundo, Ghiberti ya era famoso por sus relieves de las Puertas del Baptisterio de Florencia. Por cierto, en 1401 ambos participaron en el concurso convocado para diseñar dichas puertas. El jurado no pudo elegir un solo ganador y propuso que ambos colaboraran en la ejecución de la obra, pero Brunelleschi no estaba dispuesto a compartir la autoría y rechazó la oferta. En esta ocasión ganó, sin embargo, el poco conocido hasta el momento Brunelleschi (1377-1446). Y aunque el destino quiso juntarlos de nuevo y Ghiberti fue nombrado el supervisor de la obra, su papel fue secundario y más administrativo que técnico. Brunelleschi, celoso de su proyecto, lo presentó intencionalmente incompleto para evitar que alguien le robara la idea. Según un relato, usó un acertijo para convencer al jurado sobre la validez de su idea. Dijo que compartiría los planos si lograban parar un huevo sobre la mesa y, después de que todos fracasaron, rompió la punta redonda del huevo para mantenerlo en posición vertical. Los miembros del jurado protestaron diciendo que podrían haberlo hecho si supieran que esto estaba permitido, a lo que Brunelleschi respondió que igual podrían diseñar la cúpula si tuvieran el conocimiento que solo él poseía. Algunos quedaron convencidos, otros lo consideraron «bufón y charlatán», pero la solución que él propuso era ingeniosa y sin precedentes.

Inspirado en las antiguas construcciones romanas, especialmente en el Panteón de Agripa, diseñó una cúpula doble: una estructura interna más gruesa y resistente y otra externa más ligera y visible. Esta idea permitía distribuir mejor el peso, reducir la presión sobre los muros de la catedral y evitar que la humedad afectara las pinturas murales que la decoran por dentro. Además, ideó un sistema de ladrillos, un material mucho más ligero que el hormigón o la piedra usados tradicionalmente, colocados en forma de espina de pez, asentando ladrillos uno en el otro, lo que daba estabilidad a la construcción durante el proceso y evitaba el desplazamiento del peso.

G. Vasari, F. Zuccari, Frescos del interior de la Cúpula de la Catedral de Florencia, 1572-1579

Su peculiar diseño permitía que la cúpula fuera construida desde el tambor octogonal que le servía como base, sin necesidad de andamios, que suponían un costo muy elevado. Se levantaba en espiral y se sostenía en sí misma. Eso sí, había que subir los materiales de construcción a una altura muy considerable. Anteriormente se usaba una rueda impulsada por una persona, pero Brunelleschi necesitaba un sistema mucho más eficiente para facilitar el trabajo de los obreros y acelerar su ritmo. Para esto diseñó una máquina que usaba bueyes caminando en círculo conectados a un sistema de ruedas que permitía subir o bajar los objetos sin que los bueyes cambiasen de dirección.

A pesar de todo, el proyecto avanzaba muy lento. En parte, la culpa era de Ghiberti, quien no tomaba en serio estas propuestas y las tildaba de imposibles. Para solucionarlo, Brunelleschi de nuevo tuvo que usar su peculiar sagacidad: simuló una enfermedad y se fue a Roma, dejando a Ghiberti a cargo. El caos que se armó era tan grande que todos le rogaron a Brunelleschi que regresara y asumiera la responsabilidad total del proyecto.

El ingenio del arquitecto llegaba más allá de las soluciones técnicas. Era difícil alimentar a tantos obreros involucrados en la obra. Se le ocurrió usar el mismo horno donde se cocían ladrillos y tejas para preparar el plato del día, peposo, un estofado de carne con vino y pimienta que se cocinaba lentamente durante horas sin necesidad de la intervención de un chef, que se convirtió en el plato tradicional de Florencia hasta el día de hoy. Además, así se evitaba la pérdida de tiempo a la hora del almuerzo y nadie tenía que abandonar su puesto de trabajo hasta el final de la jornada.

L. Pampaloni, Filippo Brunelleschi, 1838

En total la construcción duró 16 años. Fue consagrada por el papa Eugenio IV el 25 de marzo de 1436. La inmensa cúpula roja reforzada por las ocho nervaduras blancas pesa 37 toneladas métricas y contiene más de 4 millones de ladrillos. Con 45,5 metros de diámetro y 116,5 metros de altura fue la más grande de su tiempo y sigue siendo la cúpula de ladrillo más grande del mundo. León Batista Alberti, arquitecto renacentista y el primer tratadista de arte, elogió el domo como prueba definitiva de que este superaba la grandeza de la antigüedad clásica: «¿Quién sería tan duro o envidioso que no alabara al arquitecto Pippo [Filippo] al ver aquí una estructura tan grande, erigida sobre los cielos, lo suficientemente amplia como para cubrir con su sombra a todos los pueblos de la Toscana?»

Además de marcar el paisaje de Florencia, la cúpula se convirtió en símbolo del Renacimiento y del poder de la razón. Brunelleschi demostró que la observación, el estudio y la innovación podían sobrepasar límites considerados inalcanzables y cambiar el curso de la historia. Gracias a él, la arquitectura dejó de ser un oficio artesanal y comenzó a relacionarse con la matemática, la física y la ingeniería. Brunelleschi no solo construyó una estructura gigantesca, construyó una nueva manera de pensar. Allí, suspendida sobre Florencia, la cúpula sigue recordando que las grandes revoluciones comienzan cuando alguien se atreve a desafiar lo imposible.

Elena Litvinenko de Vásquez

Historiadora del arte

Elena Litvinenko es licenciada en Historia y Teoría del Arte, con grado de maestría en Bellas Artes y especialización en Pedagogía y Psicología de Educación Superior. Es egresada del Instituto Estatal de Artes de Kiev (Ucrania). Ha llegado al país en 1986 y se ha dedicado a la carrera docente, impartiendo diferentes asignaturas relacionadas con la Historia del Arte, Arquitectura, Artes Aplicadas, Diseño gráfico, Moda, Museología y Museografía en las principales universidades del país: UASD, APEC, INTEC, Universidad Católica Santo Domingo entre otras. Es autora de varios libros, artículos, folletos, cursos didácticos y programas. Ha impartido cursos especializados y diplomados en varias instituciones culturales del país y ha participado como ponente en conferencias científicas y simposios realizados en el país y el extranjero. Es miembro fundadora de la Asociación Dominicana de Historiadores del Arte ADHA y forma parte de su junta directiva.

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