Diríase, sin exageración alguna, que la ‘Historia de Mayta’ es un relato intenso y poético, que revela la aventura fallida y traicionada de un trotskista y soñador, que desafió el riesgo y vivió el peligro: Alejandro Mayta, quien luchó, de manera radical e ilusoria, contra la decadencia de la sociedad peruana de los años cincuenta. (Específicamente, de 1958).

Sin presunciones banales, ni delirios de grandeza, Mayta rechazó la injusticia, la corrupción, la marginalidad, las desigualdades sociales, económicas y políticas.

En efecto, Mayta no fue sino amante de la democracia, la moral y la libertad.

En muy contadas ocasiones, supo burlar, no sin prudencia, las trampas sutiles de sus adversarios políticos.

Nunca coincidiría con ellos.

Los espejismos opacos de la conciencia fugas y extraviadas, desvirtuarían su percepción de la realidad y, a la vez, lo hundirían, quizás para siempre, en las cenizas de la desilusión y los estragos zahiriente de la desazón y la decepción extrema.

Mayta jamás comulgó con la delación y asumiría, con valentía y sin vacilación, el compromiso radical de acabar, de una vez y por todas, con la corrupción, la inmoralidad y males del Perú que viviría y sufriría.

En una memorable conversación con su camarada Vallejo, Mayta explicaría lo siguiente:

“(…) Pero si crees que, por miserables, las barriadas constituyen un potencial revolucionario, te equivocas. No son proletarios sino lumpen. No tienen conciencia de clase porque no forman una clase. Ni si quiera intuyen que es la lucha de clases”.

“ (…) La lucha que resulta de los intereses encontrados- continúa argumentando- de cada clase en la sociedad. Interese que nacen del rol que cumple cada sector en la producción de la riqueza. Hay los dueños del capital, hay los dueños del conocimiento. Y hay quienes no son dueño de otra cosa que de su fuerza de trabajo: los obreros. Y hay, también, los marginales, esos pobres de la barriadas”.

Alejandro Mayta, llenos de sueños, esperanzas, y utopías, habría forjado el proyecto revolucionario de establecer en su País un sistema de gobierno democrático, justo, libre y sin diferencias de clases.

A decir verdad, la voluntad de Mayta parecería firme, tenaz e inquebrantable.

Ni el escozor del sufrimiento, ni los vértigos del dolor pudieron debilitar su templanza de espíritu.

Tan poco la represión feroz, ni, mucho menos, las amenazas temerarias lo amedrantarían para que desistiera de los sueños libertarios y las utopías que alimentaron sus ímpetus revolucionarios.

Mayta pensaría, de manera ingenua, hacer transformaciones estructurales profundas en una sociedad atrasada- como la peruana de 1958-, en la cual no había condiciones objetivas, ni subjetivas para ello.

Obnubilado por la efervescencia de un triunfalismo banalizado, jamás imaginaría que sentiría los tormentos asustadizos de ilusiones desvaídas.

En todo caso, sus ideas naufragaron, por decirlo de algún modo, en el trasfondo metafórico de representaciones caóticas, y, las más de la veces, distorsionadas por el demiurgo apesadumbrado de la memoria desgarrada y, probablemente, atrapada entre el silencio taciturno y el ruido trivial de un presente entumecido no solo por la vaciedad de sentido, sino, también, por la miseria y el dolor de las pulsaciones permanentes.

Debido a tan drástica situación, el sujeto, por más que lo quisiese, no sabría de sí, ya que se desorientaría y viviría sumergido en el marasmo aciago de la cerrazón.

Por ello, no tendría libertad.

Lo cual sería sumamente grave.

Como bien se sabe, el sujeto, en su esencia significativa, goza de plena libertad; tiene voluntad autónoma, en tanto es dueño de sus propias decisiones y responsables de todos sus actos.

La libertad, diría John Stuart Mil tiene sentido solamente cuando existe la autonomía individual, sin restricción alguna.

Solamente un Estado racional garantizaría la democracia, la libertad y el bien común de los ciudadanos.

Ello, ciertamente, no era posible en el Perú de los años cincuenta.

Por tal motivo, Alejandro Mayta buscaría la libertad, la justicia y la paz social.

Varias veces fue apresado, al tiempo que sufriría en carne viva la muerte fulminante de no pocos compañeros de la causa revolucionaria.

Afectado por la terrible sensación de un profundo vacío existencial, Mayta estaría desorientado entre las brumas de la extrema solitud, el olvido y la amarga experiencia de un sueño trunco e irrealizado.

Joseph Mendoza

Joseph Mendoza. Comunicador social y filósofo con postgrado en Educación Superior, obtenidos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Magister en filosofía en un Mundo Global en la Universidad del País Vasco (UPU) y la UASD. Además, es profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Tiene varios libros, artículos y ensayos publicados y dictados conferencias en la Academia de Ciencias de la República Dominicana.

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