Entonces no entendía su sentido: cuando mi mamá decía que no nos peleásemos “como haitianos”, al tener alguna trifulca con mi hermano. Cuando te educas oyendo estas y otras frases similares, la palabra “Haití” y sus derivados te rechina, parece como un óxido.
Luego, en Chile, oí de compatriotas una frase casi igual de demoledora: “somos negros, pero no somos haitianos”, lo que me resultó más confuso todavía, frente a unos colombianos que sí afirmaban su negritud como un oso polar lo haría con su blancura.
¿Debe tener el color de tu piel o la forma de tu cara algo apestoso? ¿No seremos todos hijos de Dios? Pero pregúntenle a los fundamentalismos de toda gama, esos que van desde los supuestos nacionalistas hasta los evangélicos más come-demonios, en todas esas gradaciones de purísimos negros a negros lavados, desde Ramón Tolentino hasta Ricardo Nieves. ¡Serán negros, pero no haitianos!
¡Atención psicoterapeutas, psiquiatras, trabajadores sociales! En la República Dominicano no se ha descubierto la fórmula para curar el cáncer, pero sí la de resolver un problema aún peor: extirpar lo negro propio de “lo africano”. Creo que estoy flipando, que el jarabe me está haciendo efecto, ¡atención, lingüistas, ya hay negros no africanos, de producción propia, aborigen!
Querámoslo o no, ya sea haitiano o no, lo dominicano será igualmente lo negro, lo africano, aunque también lo mulato, la mezcla, el viaje hacia formas y síntesis y ese ritmo donde habrá de "todo mezclado", como en el poema de Nicolás Guillén.
Tengo el pánico de decir lo que todo mundo sabe y ha oído cuchumil veces, pero ante los mantras de nuestros “indios vestidos de noche”, tratando de abjurar del África de sus abuelos, no dejo de repasar el programa contra la ingratitud, la apelación a la bondad, la compasión, el amor, el respeto, porque, ¿se merece alguien en este planeta la desaprobación por el simple color de su piel? Eso apesta.
Sobre Haití oímos día a día las mismas peroratas de personas que huyen de lo que dicen sus espejos. Ese pánico de que “lo dominicano peligra”, cuando al mismo tiempo todos tratan de enviar a sus hijos al extranjero para que estudien o vivan, porque aquí el Estado lo único que nos garantiza son viejos y nuevos ladrones, abusadores, nos conduce adonde estamos: un país a la deriva. Y de esas olas “mala-vaineras”, como cantaba Luis Días, no son los culpables aquellos a quienes muy groseramente explotamos, desde los campos de café en el Cibao Central hasta las torres del relumbrante Polígono Central, para no hablar del chorro de guachimanes, sirvientas (uy, qué palabra tan fea esa, mejor decir, “asistentas”, con uniforme rosado y todo, sacando al perrito pekinés a cagar por el Mirador Sur o CapCana).
El tema es más largo que lo que puedo abarcar en estas líneas. El lector bien que tendrá otros oficios. Mejor dejarlo así, a medio hacer, a medio decir, recordando solamente el derecho a oír “Haïti Chérie”, que así como nos gusta “Mis Buenos Aires queridos”, también tendrá su razón de ser.
Compartir esta nota
