Preocupado por el futuro de las sociedades democráticas modernas, Jürgen Habermas reflexionó sobre el rol de las religiones. Su mirada tomó distancia de las perspectivas que solo ven en ellas una reliquia cultural o un serio obstáculo para el debate democrático, cuestionando su relegación a la esfera privada.
Habermas reconoció que las comunidades religiosas no están condenadas a desaparecer con el desarrollo de las sociedades modernas. Consideró que una ciudadanía inclusiva implica el diálogo entre comunidades religiosas y seculares. No obstante, ¿cómo es posible este diálogo en torno a puntos de vista aparentemente irreconciliables?
Habermas propone traducir el discurso religioso a una «razón pública». Por ejemplo, ante las mentiras que circulan a través de los medios de comunicación digitales, una perspectiva religiosa podría repeler la mentira porque viola un mandamiento divino; pero esta justificación carece de validez para el no creyente. Se hace necesario traducir a un discurso compartido las razones por las que mentir resulta una práctica injustificable, por ejemplo: la mentira destruye la confianza y, con ella, se socavan todas las relaciones sociales posibles.
En nuestras sociedades actuales este debate se hace cada vez más difícil. Por un lado, el auge del fundamentalismo religioso dificulta cualquier traducción al lenguaje moderno porque interpreta los textos canónicos de un modo literal, ahistórico y acultural. Por el otro lado, desde la perspectiva ilustrada, existe una actitud apática y hostil hacia el discurso religioso por considerarlo anacrónico. Desde esta concepción, no hay posibilidad de realizar la traducción porque se es reacio a buscar un encuentro con gente que sostiene prejuicios ancestrales.
Sin embargo, este diálogo es necesario para el futuro de las sociedades democráticas. Como afirmó Habermas en su encuentro con Joseph Ratzinger, la solidaridad se diluye a causa de «una secularización descarrilada». Esta desorientación se profundiza por una cultura mercantil e individualista que coloniza todas las esferas de la vida.
Ante esta situación, Habermas propone asumir la secularización cultural como un proceso dialéctico de aprendizaje entre las tradiciones ilustradas y las herencias religiosas premodernas. Esta dinámica supone un reconocimiento mutuo de los límites de ambas tradiciones, así como una búsqueda auténtica de conversación que permita encontrar lenguajes de sentido compatibles y prácticas de solidaridad compartidas.
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