Toda disciplina científica tiene un momento reconocible de nacimiento; los pueblos, no. La física puede remontarse a Galileo, la sociología a Durkheim, mientras la antropología continúa discutiendo el origen de sus propios métodos. El folclore dominicano plantea un problema diferente. Cuando comenzó a estudiarse ya llevaba siglos existiendo. Las canciones circulaban de boca en boca, las fiestas patronales reunían comunidades enteras, los tambores acompañaban ceremonias religiosas y celebraciones profanas, las décimas viajaban de un campo a otro, los refranes resumían una experiencia colectiva y los cuentos poblaban las noches mucho antes de que alguien pensara en recogerlos. La pregunta, por tanto, no consiste en averiguar cuándo nació nuestro folclore, sino en qué momento los dominicanos comenzaron a comprender que aquella realidad cotidiana también merecía convertirse en objeto de estudio.
La diferencia parece insignificante; sin embargo, obliga a replantear la pregunta con la que nos acercamos al problema. Ningún investigador creó las tradiciones populares de este país; tampoco inventó las salves, los palos, los carnavales, los cuentos o las fiestas patronales. Todo eso existía antes de recibir un nombre capaz de reunirlo bajo una misma disciplina. Lo que comenzó entonces no fue el folclore dominicano, sino una inquietud intelectual dispuesta a detenerse allí donde hasta ese momento solo parecían existir costumbres. A partir de entonces aquellas prácticas dejaron de verse como simples expresiones de la vida cotidiana para convertirse también en una fuente de conocimiento sobre la sociedad que las había producido.
Resulta llamativo que durante tanto tiempo la historia nacional haya prestado mayor atención a los grandes acontecimientos políticos que a la vida ordinaria de las comunidades. Era lógico; las independencias, las guerras, los gobiernos y las constituciones parecían contener las claves para explicar el país. Mientras tanto, otro proceso continuaba desarrollándose lejos de los archivos oficiales. En los campos se transmitían cantos de trabajo, en los bateyes convivían tradiciones procedentes de distintas islas del Caribe, las cofradías preservaban ceremonias religiosas, los artesanos fabricaban máscaras para recorrer las calles durante el carnaval y las cocinas conservaban recetas cuya historia nadie se había detenido a reconstruir. Aquella vida no ocupaba titulares ni parecía merecer las bibliotecas; simplemente ocurría.
Quizá esa sea una de las paradojas más interesantes del folclore; las comunidades no producen sus tradiciones para que un investigador las estudie, sino porque responden a necesidades concretas: celebrar, recordar, despedir a los muertos, agradecer una cosecha, aliviar el trabajo o fortalecer la vida común. La cultura popular no nace con vocación de archivo. Primero se vive; mucho después alguien comprende que en esas prácticas sobrevive una memoria capaz de explicar aspectos esenciales de la sociedad.
Nuestra tradición popular nunca fue una fotografía; siempre se pareció más a una conversación.
No deja de ser significativo que la propia palabra folklore apareciera en Europa cuando muchas de esas transformaciones comenzaban a despertar el interés de estudiosos preocupados por las costumbres populares. El término ofrecía un nombre para un conjunto de manifestaciones que hasta entonces habían sido observadas de manera dispersa. Sin embargo, reducir la historia del folclore dominicano a la llegada de esa palabra sería tan engañoso como creer que un mapa inventa el territorio que representa; nombrar una realidad ayuda a comprenderla; rara vez significa haberla creado.
Conviene detenerse un momento en esa idea porque todavía condiciona la forma en que solemos hablar del folclore; el que con frecuencia reducimos a un espectáculo. Basta asistir a una presentación artística para escuchar que aquello es “el folclore dominicano.” No deja de ser una afirmación comprensible. Durante décadas los grupos de proyección escénica acercaron estas expresiones a públicos que jamás habrían tenido contacto con ellas. El problema aparece cuando el escenario termina sustituyendo la experiencia que le dio origen. Una danza deja de ser únicamente una coreografía cuando entendemos el espacio donde nació; una salve rebasa el ámbito musical cuando conocemos la celebración que la sostiene; una máscara adquiere otro significado cuando descubrimos que antes de exhibirse en un museo recorrió calles, plazas y comunidades concretas.
Algo parecido ocurre con una de las explicaciones más repetidas sobre nuestra cultura. Desde la escuela aprendimos que el folclore dominicano es resultado del encuentro entre las tradiciones indígenas, europeas y africanas. La fórmula posee un indudable valor pedagógico, pero también simplifica un proceso mucho más complejo. Las culturas no permanecen inmóviles después de encontrarse y que por el contrario, continúan transformándose porque las comunidades cambian con ellas; incorporan nuevos actores, nuevas experiencias y nuevas formas de entender el mundo sin romper del todo el hilo que las une con su pasado. Esa continuidad explica por qué el folclore no puede entenderse como una herencia inmóvil, sino como un proceso histórico que permanece abierto. La llegada de comunidades antillanas de habla inglesa a finales del siglo XIX, por mencionar apenas un ejemplo, incorporó manifestaciones que hoy forman parte del patrimonio cultural dominicano. Nuestra tradición popular nunca fue una fotografía; siempre se pareció más a una conversación.
Esa constatación ayuda a comprender por qué el estudio del folclore terminó convirtiéndose en una disciplina y no en una simple colección de curiosidades. Ya no bastaba con admirar una danza o copiar un romance; era necesario preguntar quién lo interpretaba, dónde, en qué circunstancias, qué variantes existían de una comunidad a otra y qué transformaciones había experimentado con el paso del tiempo. El interés dejó de concentrarse únicamente en la manifestación para dirigirse también hacia las personas que la mantenían viva. La pregunta dejó de ser únicamente qué se cantaba, qué se bailaba o qué se celebraba. Comenzó a importar, además, por qué aquellas prácticas sobrevivían, qué lugar ocupaban dentro de la comunidad y qué podían revelar sobre la historia de quienes las conservaban. Allí empezó a configurarse una manera distinta de conocer el país. El folclore dejó de ser una colección de curiosidades para convertirse en un método de observación capaz de descubrir, en los gestos más cotidianos, procesos históricos que los documentos oficiales rara vez registraban.
Este primer acercamiento pretende únicamente situar el problema; antes de hablar de investigadores, escuelas o instituciones conviene recordar que ninguna manifestación folklórica esperó a que llegara un estudioso para existir. Fueron los investigadores quienes llegaron a una conversación que el pueblo llevaba siglos sosteniendo. Comprender esa diferencia cambia la manera de acercarnos al folclore dominicano. Dejamos de verlo como un inventario de bailes, músicas o fiestas para entenderlo como el registro vivo de una sociedad que, sin proponérselo, fue dejando huellas de sí misma en la palabra, en el cuerpo, en la memoria y en las formas de compartir la vida.
Ninguna nación puede comprenderse únicamente a través de sus constituciones, de sus guerras o de sus gobiernos; también se explica por aquello que su gente canta, baila, cocina, celebra, cree y transmite sin pensar que algún día esas prácticas ocuparán un archivo o una biblioteca. El folclore dominicano comenzó a convertirse en disciplina cuando algunos entendieron que esa otra historia merecía ser estudiada con el mismo rigor que los grandes acontecimientos nacionales. No descubrieron un país desconocido; descubrieron que existía otra manera de conocerlo. Desde entonces ya no bastó con vivir las tradiciones; fue necesario aprender a leerlas.
Compartir esta nota
