El incremento de los feminicidios en la República Dominicana constituye un síntoma social, cultural, educativo y ético. En los primeros meses de 2026, el país volvió a ser estremecido por cifras que obligan a pensar que las estadísticas incrementadas, dolorosamente   no hablan únicamente de mujeres muertas; hablan de familias destruidas, infancias heridas y de una convivencia social atravesada todavía por relaciones de poder, control y desigualdad.

Desde esa realidad, la transformación del currículo desde una perspectiva de género no puede limitarse a añadir nombres de mujeres o a corregir algunas ausencias bibliográficas. Esa tarea es necesaria, pero insuficiente. Se trata también de examinar críticamente los discursos que, durante siglos, han organizado el saber desde supuestos sexistas, androcéntricos o misóginos. En el caso de la filosofía, esto implica revisar no solo las teorías abstractas de los filósofos, sino también la relación entre sus ideas, sus concepciones sobre las mujeres, su visión de la familia, del amor, del cuerpo, de la ciudadanía y de la vida privada.

Este examen busca muchas salidas empáticas a la humanidad: busca igualdad, respeto, una convivencia amorosa, pero, además, hacer más rigurosa la lectura filosófica. Pensar críticamente a los filósofos significa reconocer sus aportes, pero también interrogar sus límites históricos, sus contradicciones y sus silencios. La filosofía no se debilita cuando se revisa desde la perspectiva de género; se fortalece, porque se vuelve más consciente de aquello que durante mucho tiempo dejó fuera de su campo de atención.

Por eso, estudiar el sexismo, el androcentrismo y la misoginia en la historia de la filosofía debe entenderse como una forma de activismo teórico. No se trata de una denuncia superficial, sino de un arduo trabajo intelectual orientado hacia la construcción de una ética de la ayuda a la libertad: una ética capaz de favorecer relaciones menos violentas, menos jerárquicas y más igualitarias entre hombres y mujeres. Y en ese modo de actividad política, con variantes, yo he estado creo que, desde la placenta, suelo decir.

Esta tarea exige además examinar la llamada vida privada, cuestión a la que se dedican muchos y muchas grandes pensadoras y pensadores, como se muestra en algunas de las bibliografías que suelo dar.

Durante mucho tiempo, la esfera doméstica fue considerada un espacio menor, ajeno a la ciencia, a la filosofía y a la política. Sin embargo, gran parte del pensamiento feminista ha mostrado que allí, precisamente en lo privado, se producen muchas de las formas más persistentes de dominación: la doble moral sexual, la distribución desigual del cuidado, la obediencia exigida a las mujeres, el control del cuerpo, la maternidad obligada, la violencia íntima y la exclusión de las mujeres de los espacios de poder. La consigna feminista de que “lo personal es político” permitió convertir esas experiencias, antes silenciadas o tratadas como asuntos domésticos sin importancia, en objetos legítimos de reflexión teórica, jurídica, ética y científica.

Ahora bien, este análisis no debe dirigirse únicamente contra filósofos de discurso abiertamente sexista. También debe examinar la coherencia, los alcances y las tensiones de aquellos pensadores que defendieron ideas igualitarias o abiertamente favorables a las mujeres. Por eso resulta pertinente estudiar figuras como Benito Jerónimo Feijoo, François Poullain de la Barre y John Stuart Mill, no para someterlos a una acusación simplista, sino para comprender cómo, dentro de sus respectivos contextos, abrieron caminos contra la inferiorización intelectual, moral y política de las mujeres. En ellos puede verse que la crítica feminista no consiste solo en denunciar el prejuicio, sino también en rescatar las tradiciones filosóficas que ayudaron a pensar la igualdad.

En mi larga actividad docente he procurado aplicar esta perspectiva crítica al análisis de autores y autoras muy diversos: Foucault, Feijoo, Poullain de la Barre, Stuart Mill, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Abigail Mejía y muchos otros/as. Esta experiencia me ha confirmado que la crítica feminista no se limita a denunciar el sexismo explícito, sino que también permite reconocer las tradiciones que, desde distintos contextos, contribuyeron a pensar la igualdad. Desafortunadamente, la lista de pensadores y filósofos atravesados por prejuicios sexistas es mucho más extensa, por razones históricas, culturales y epistemológicas que también he examinado.