Hay cuentos que dejan huella, ya sea por el tema, por la forma de narrar o por las lecciones que se instalan en lo más profundo del lector. Espuma y nada más pertenece a una categoría reducida de relatos cuya intensidad no deja espacio a divagaciones. En él confluyen tres elementos esenciales que el autor articula con precisión para construir no una acción, sino la tensión de una acción que nunca llega a ejecutarse.
El relato sitúa al lector en una escena aparentemente simple: un barbero afeita a un capitán que ignora que quien sostiene la navaja es su enemigo. En ese espacio reducido y en ese tiempo mínimo, se instala una posibilidad decisiva: matar o no matar. Sin embargo, lo que parece un conflicto externo pronto se transforma en una experiencia interior mucho más compleja.
En un artículo anterior exponíamos la maestría de Juan Bosch para enganchar al lector, anticipándole posibles acciones posteriores. En este cuento, Espuma y nada más, del escritor colombiano Hernando Téllez, el enganche está en la tensión sostenida, sin adelantar el resultado, pero dejando abierta la posibilidad de ejecutar la acción.
El cuento se sostiene sobre tres ejes existenciales y tres estructurales que, en conjunto, construyen su fuerza narrativa.
Tres elementos están plasmados. Primero, el barbero, que se ve en una encrucijada entre la ética que encarna su oficio. En ese sentido, pensaba: «No hay nada más tierno que la piel del hombre y la sangre siempre está ahí, lista a brotar. Una navaja como ésta no traiciona. Es la mejor de mis navajas. Pero yo no quiero ser un asesino, no señor. Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo».
Segundo, su condición de revolucionario, que intensifica el dilema: «Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario, pero no soy un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? No, ¡qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello? Pues nada».
Y tercero, la memoria de la violencia sufrida por los suyos, que aviva la tentación de la venganza: «¿A cuántos de los nuestros había ordenado matar? ¿A cuántos de los nuestros había ordenado que los mutilaran? … Mejor no pensarlo. Torres no sabía que yo era un enemigo. No lo sabía él ni lo sabían los demás».
En el desarrollo estructural, es aquí donde se ralentiza el tiempo. Lo que en breves minutos significa afeitar a un cliente se transforma en un conflicto que se vuelve extenso. Cada gesto y cada pensamiento se cargan de sentido hasta crear un espacio psicológico donde todo parece posible: el lector espera lo peor.
El segundo elemento es el monólogo interior. Ahí reside el poder, donde fluyen los pensamientos que van a decidir sobre el destino del capitán Torres. Cada idea que atraviesa la mente del barbero lo empuja y lo obliga a enfrentarse, una y otra vez, con la decisión que tiene en sus manos. El pensamiento tensa la trama y línea emocional se intensifica.
El tercer elemento es el mantenimiento del conflicto psicológico y existencial. La navaja, según su uso, es la que puede decidir el final del relato. Puede dejar el rostro limpio y a todos satisfechos; puede fallar y colocar al barbero en problemas; o puede convertirse en el instrumento del degüello. La presión psicológica lo empuja hacia una acción de la que no está completamente seguro.
En ese sentido, la confluencia del oficio, la ideología y la conciencia convierte la decisión en algo mucho más profundo que un acto físico.
A partir de estos elementos se produce e intensifica un dilema: lo mato o no lo mato. El relato se encamina hacia una decisión irreversible. Se genera una violencia interior contenida que se desarrolla en la conciencia. Varios factores empujan, otros contienen. Él sopesa, analiza y pone en la balanza.
En Espuma y nada más, el autor logra en el relato una escena donde confluyen conflicto, espacio y línea emocional. Todos actúan a la vez en una presión constante, logrando así construir una intensidad suficiente para mantener un tiempo que prácticamente congela la narración y que va destilando de manera lenta, pero muy lenta y así va y viene hasta lograr el desenlace de manera natural.
El barbero, en ese conflicto psicológico, logra controlar la violencia que genera el antagonismo representado por el capitán Torres, quien es el enemigo político que, además, encarna la violencia del poder y se convierte en una amenaza real para su supervivencia y la de sus compañeros.
Si bien el antagonista que genera las emociones y la violencia interior es el capitán, el antagonista de mayor fuerza es su propia conciencia, representada por su ética, su identidad y su miedo a convertirse en asesino. Es ella la que impide ejecutar la acción de matar o no matar. Es con quien lucha en todo momento. Y ese breve espacio de haber estado junto al personaje, al borde de ejecutarla, es el que al final impacta al lector.
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