Lo ves caminando y piensas que flota bajo los efectos del “Eruption” de Van Halen. Es de esas personalidades que suenan como a solo metálico, estratosférico, con su carita de quien no quiere las cosas pero moviendo infinidad de otras cosas valiosísimas.
Es Luis E. Molina, inmortalizado ya en un poema de uno de los grandísimos poetas vivos dominicanos y que no voy a recordar aquí porque recuerden que estamos en la época del calentamiento global y más local que nunca.
Cuando menos te esperas una cosa, Luis E. Molina se pone del otro lado y te envía otra cosa.
A Luis le debemos muchas noches, noches de disparates, de tripeos, de gritos a todo pulmón, de la tribu arrancando para Cabarete, para cualquier monte, porque el Terror Días sólo te podía conducir por esos Perditions Road.
Tener en las manos “Luis Teror Días y yo” es como asumir una tasa bien caliente del mejor café barahonero. Desde hace años el libro se fue armando, primero en la imaginación de Luis, que eso duró añales, hasta que las manos bondadosas de Maribel Contreras le dieron el empuje y el sostén final, a Dios y a la Virgen gracias.
Nunca habíamos visto un “luidía” tan vivo, cercano, epidérmico, como algunos lo conocimos.
Entiéndase que hay “luidía” para todos: para el oficinista en alguna torre poligonal o en los Bajos de Manhattan hasta el infeliz que se arrastra con su nostalgia de la penúltima cerveza en el Drake’s o dime en qué está Lara, el K-Gebito, la Mujer Araña, la Bestia Erótica, que hace tiempo no sabemos de ellos.
Dentro de los innumerables luidías en la despensa, Molina tomó el suyo: un Terror post Laura Sklar, en su colmado de Ciudad Nueva, oxidándose a ratos, reviviendo gracias a lo que le devolvió Shakira por el uso de “Baila en la calle”, siendo lentamente homenajeado, pero siempre en sus pantaloncitos cortos o en sus jeans casi a punto de explotar.
A ese Luis este Luis le puso a veces saco y corbata y lo convirtió en El Candidato, llevándolo al mismísimo Hotel Jaragua. También le permitió sumergirse en aguas tranquilas, dulces, en Cinema Café o un poquito más displicentes, como en los videos del Centro Cultural de España. Ahí justamente comencé a encontrarme “en serio” con Luis E. Molina, cuando era el asistente de Javier Aiguabella (2003-2007), en aquella época de esplendor para el documentalismo dominicano, cuando ambos produjeron toda una videoteca de la música popular.
Tanto el Centro como luego el experimento empresarial “Patín Bigote” combinaría lo mejor de lo que hemos sido en el siglo XXI en lo relativo a lo cultural: un colectivo que combinaba creación, vida, noche, desplantes, bizcochos que se volteaban como si fuesen soles innecesarios, la algarabía que todavía nos retumba, aunque sólo hayamos alcanzado algún pedazo de aquel fabuloso naufragio. Ahí estaban Jaime Guerra, Maurice Sánchez, Ángel Rosario, Alejandro Capellán, Eduardo Suárez, para no hablar de esa periferia inmensa en la que incluso, perdón, me incluyo. Ahí estaba esa colección de discos compactos con grandes poetas -desde Víctor Villegas, Chiqui Vicioso, Martha Rivera, hasta Homero Pumarol-. Por ahí andaba el narrador Juan Dicent, uno de los más talentosos narradores del siglo XXI, caído en combate entre algunas piernas de Vermont, y Diego Infante, que ojalá aparezca con su vasito plástico con lo que sea.
“Luis Terror Días y yo” está conformado como una serie de postales: pequeñas anécdotas sobre el Terror, acompañadas de una amplia selección de hermosas y valiosas imágenes de su vida.
Gracias a Luis E. Molina por evidenciarnos que no todos los rocapiedras se tostaron, que allá por la parte Alta, donde está la zona K, todavía sentimos el corazón del pueblo, mientras el coro susurraba, nuevamente, “ya yo me voy”.
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