Es bueno aprender, pero a veces se aprenden muchas porquerías.
Recuerdo las cuatro veces que repetí Matemáticas O-11 y las tres de Biología O-11 en la Universidad Autónoma, los años haciendo chivos y quemándome en todas las matemáticas del bachillerato, ay, Dios mío. Podría seguir deslizando esa pesadísima muda de ropa de los recuerdos fastidiosos, pero como el lector tendrá seguramente escaso tiempo, me agito.
Montados en este carro que es la vida tenemos que desperdiciarnos en un sistema en el que al final tendremos que reproducir el mismísimo sistema. Me explico: buena parte de todo lo visto, vivido, experimentado, pensado, es pura ilusión, parapeto, escenario para ese mar de mediocridad en el que estaremos navegando y, si no te hundes, ay, bendito, nene, te salvaste.
Ahora, ya liberados de exámenes y certificados de buena conducta, al mirar atrás, veremos peor que lo visto por Sarah y su mujer de sal en Nínive. Veremos bibliotecas, filmotecas, disparate-tecas de todo calibre elevándose y casi pronunciando tu fulminación total en el pasado. Pero, de alguna manera, sobrevivimos. La charlatanería tendrá sus encantos. ¡Los chivos me salvaron!
Para mis lectores en Indonesia: los “chivos”, en el país dominicano, son esos trucos que utilizamos en el examen para poder pasarlos. En mi caso, el escribir fórmulas en lápices que descascaraba y, al dejarlos a pura madera, me servían para poder camuflar esas fórmulas matemáticas que, todavía, a esta altura de la tercera edad, no domino.
En aquel tiempo —los años 80— comenzaron a llegar aquellos armatostes de Texas Instruments, de manera que nuestra vida estaba salvada. Bye bye a la trigonometría, y lo sentía, Sr. Baldor, pero no podía más.
Total: me gustaba más restar que sumar. De dividir, poco. De multiplicar, que eso veremos.
Ahora, ya metido de cabeza en la tercera edad, sin necesidad ya de multiplicar por tres cifras o de resolver alguna ecuación de cuarto grado, me digo: qué bien. ¡Ya no necesito tantas matemáticas, que no sea la de controlar el peso, que poco se me dará, por cierto!
Ya de cabeza en estos últimos tres cuartos del partido, me digo: qué cosas las de aquellos chivos, que tanto me entretenían y me salvaron, verdaderos lápices de Rosetta, jeroglíficos sagrados, que más bien parecían dibujos de Keith Haring cuando al final me permitían dar inmensos brincos y sí, pasar aquella fastidiosa Matemática O-11 del muy honorable Colegio Universitario de la UASD, el año más infame de mi vida.
Ahora que pienso en mis chivos, aquellos chivos, siento que algo me grita: “muuuu”, y es tiempo ya de acostarme. Espero que no me disturben, oh, hipócritas lectores, que también habrán hecho sus chivos. “Muuuu”.
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