Contra el frío esfuerzo de elucidación del lector ocasional, obligado a tildar un texto por su estructura o el empleo de recursos, la maestría de un autor encarna un buen amasijo de lecturas previas, para eso sirven las citas en los ensayos y el ser prolijo en la ficción, índole feraz en la literatura de Pedro Antonio Valdez, perteneciente a ese cenáculo ocupado en hacer literatura no solo para los conocedores del oficio, sin sacrificar el requerimiento de calidad de su conciencia, por lo que he degustado no pocas de sus compilaciones breves, generadoras de la sensación de alivio y tristeza de cuando acabas de leer un texto que excede tus expectativas, y del que no querías despedirte desde el íncipit, como Dominicanos (2018), entrañable y anterior a Tiempos Pascueros (2025), de no menos delectación. Entre las de largo aliento celebro Bachata del ángel caído (1999): Premio Nacional de Novela; Carnaval de Sodoma (2002), llevada al cine por el mexicano Arturo Ripstein en 2006; Palomos (2004) ambientada en la generación zeta y La Salamandra (2012), que le regresara el Premio Nacional de Novela.

Tornando a la brevedad, aplaudo Narraciones apócrifas (2005), premio Pen Club de Cuento en Puerto Rico. Papeles de Astarot (1992), Premio Nacional de Cuentos y La rosa y el sudario (2001), no digan que no lo han leído. Este es el universo que precede La bala loca (2026), ejercicio de responsabilidad narrativa que domeña una prosa adobada por coloquialismos, regionalismos, extranjerismos y plasticidad de demiúrgico. En el buen decir de Ricardo Eliezer Neftalí Reyes Basoalto, cada palabra como una reinita en su trono, ninguna llueve en la recámara ni escampa bajo el caño.

En principio, Diodoro y la abuela los arrojarán a ese cosmos carveriano/Palahniukano (las comparaciones persiguen facilitar al lector la lucubración del andamiaje de la obra), en la que alguien tendrá que pagar la cuota de infortunio en aras de la ovación de pies al final del rollo, y sí que celebrarán esta pieza donde la premisa de brevedad peca de humilde sin recurrir al género noir para imbuirte en la atmósfera de la novela problema, lejos del enredo y sus sobreproblematizaciones, a la usanza del Madden de Borges o el Holmes y Poirot de Connan Doyle y Christie. Basta el minucioso embrague de la trama y que el tema parezca surgir por generación espontánea, perdón Aristóteles, del teclado y ese final del que no podrás desdecirte con la petulancia de que eres escritor y entiendes la mecánica popular, perdón Carver, para que un libro que te prometieron sin aspavientos de grandeza te vuele las perspectivas; adítesele la habilidad de entretejer sicologías con mampostería minimalista para bien valorar una historia hermosa y, como las humanas, conmovedora.

Pedro Antonio Valdez.

Cada personaje de esta moneda de tres caras está construido sin esfuerzo, porque ser dominicano y residente en Jeremías, camino al desierto de La Vega, basta para raspar la ontología/vorágine de una sociedad contraproducente, epopeya inmemorial de catarsis y regreso a la tragedia, cual Sísifo del cuento de nunca acabar. Pero, cuidado pequeño saltamontes, perdón Spielman y Miller, que no te engañe la niña, de la que no sabías un carajo, ni la bala, volcada al aire en su mitología de levedad, ni la madre y sus dos litros de extraviejo, ni la abuela y su nefanda desaparición, ni el cabo Salea y su pluriempleo, ni Dejadé y su vida a la deriva; ni Diodoro a punto de crisparle el cráneo a la Rata porque este narrador no deja cabos sueltos y ninguno pasará por tus ojos sin tatuarte entre cejas ese atisbo de inquisición jalonado de otredad: ¿qué hubiera hecho yo?

Ahora internémonos en el tejido sicolingüístico concerniente a la amabilidad en la prosa, exenta de sobreexplicaciones, nexos empalagosos y sobreadjetivaciones; cual orfebre de Fabergé, filigrana de narrador cuando sabe que sabe escribir. Cabe adelantar a los devotos del PAV mordaz de Bocato pecatoris y Sopa joumou, que exprime el lenguaje hasta agotarle lo barriobajero, que aquí encontrarán un coloquialismo sin exabrupto de colores, mas, cónsono al pálpito del vecindario, a los setenta metros de calle, al cabaret y el cuartel de policía, al motel, al sótano del déjà vu en Brooklyn y al patio de la desgracia.

En lo que discrepo es en encasillar esta obra en el nicho de la brevedad en obediencia a la contabilidad del canon por tratarse de una que es gargantuesca, destinada a los grandes anaqueles, pieza de colección para ojerizas: tengo esta de Pedro Antonio Valdez, a la espera del consagratorio: ¿dónde la conseguiste? Sal por la tuya a La Trinitaria o a Cuesta en la capital o Santiago, llama por teléfono a Valdez, búscale en Facebook y profana el trayecto de La bala loca a consciencia de que te removerá los sesos de satisfacción y te empapará de una lectura multívoca que no querrás dejar.

Randolfo Ariostto Jiménez

Poeta y narrador

Randolfo Ariostto Jiménez es poeta, novelista y cuentista. Ha publicado:- Emisarios de ausencia (Novela), 2026; Poética de la lectura, (Ensayo), 2020; Alba sin madre. (Poesía), 2010; Villa agreste-Primeras Muertes- (Cuentos), 2009; La Soraya (novela corta), 2007; El amor entre cristianos (Poesía), 2000; La poesía romántica (Poemas), 1990. poetaariostto@gmail.com.

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