Conocí a Luinny Corporán en el 2006, cuando ambos ingresamos al Politécnico Lilian Bayona, en La Romana. Mi curso era Hotelería C y el de Luinny, si la memoria no me falla, Hotelería A. Coincidimos en varios de los viajes y las actividades que se celebraban en nuestra área técnica común. Igual que yo en ese entonces, Luinny era evangélico. Se recortaba bajito, tenía una cara de joven maduro y ceñudo y el porte confiado de quien solo espera el momento de graduarse para seguir con su proyecto de vida, lejos de las ocasionales muchachadas de los compañeros.

Ya en esa época, antes de su mayoría de edad, Luinny trabajaba como locutor en una emisora cristiana de la ciudad, Radio Bendición, que se había fundado años antes y, junto a Radio VEN, constituían —hasta la fecha— el binomio radiofónico local de contenido espiritual. No hacía falta que mi compañero mencionara su oficio para que lo supiéramos: su voz y su dicción informaban con anticipación que estábamos en presencia de alguien para quien las palabras no eran solo un medio de comunicación, sino un instrumento para generar poderosas emociones.

No puedo decir que fuimos amigos. Compartimos en aquel espacio educativo por dos años, pero no creo que jamás hayamos tenido una larga conversación. Le recuerdo como alguien que gozaba del cariño de los demás, pero tampoco era el más popular. Incluso podía parecer reservado, metódico y enfocado en sus asuntos.

Los años pasaron y aquella etapa terminó, en 2008. Mi generación empezó a usar Facebook uno o dos años más tarde y sé que rápidamente tuve a Luinny entre mis amigos en la incipiente red social que a todos nos hipnotizó. Pero no supe mucho de él, como tampoco de tantos otros compañeros a quienes pareció tragarse la tierra.

Transcurrieron muchos otros años. Una tarde, mientras iba en un taxi en Santo Domingo, escuché una voz inconfundible que yo conocía muy bien. Fue de esos instantes en que nuestra reacción es de asombro y hasta torpeza, al tardar unos segundos en entender el significado del suceso. Era la voz de Luinny Corporán, mi antiguo compañero del bachillerato, que con sazón y alegría pegajosos escuchaba llamadas en una emisora y ponía música urbana. Yo no entendía nada porque la última vez que había sabido de él, seguía en la emisora cristiana romanense. Ahora animaba con una extroversión que yo no le recordaba, al son de canciones laicas de moda, y en la gran ciudad. Su vida había cambiado en pocos años.

Que exista en la cúspide de las celebridades dominicanas una figura con su historia y sus principios es una noticia esperanzadora. La fama no le ha nublado el juicio. Lejos de dormirse en los laureles, diversifica sus proyectos y apuesta al porvenir con el trabajo impostergable.

Seguí escuchando de sus logros a través del tiempo. Me di cuenta de su mudanza a Santo Domingo, de su evolución en distintos medios, hasta llegar a la consagración. Mi propia vida iba discurriendo por caminos sinuosos. Yo me dediqué a la literatura y la política, entre otros oficios, viví en muchos lugares distintos, incluso fuera de mi patria. En algún momento, mientras en mis actividades también fui gozando de un creciente reconocimiento, recuerdo que Luinny me comentó algunos posts en Facebook —siempre siguió usando su viejo perfil personal por ahí, aunque tuviera infinitos seguidores en Instagram—, felicitándome por algún libro, premio o logro académico. Ya él se había convertido en un hombre sumamente famoso, y sus comentarios me parecían una confirmación de que él valoraba a quienes le conocíamos desde el principio. Cierta vez le envié un libro, pero nunca hemos vuelto a encontrarnos personalmente.

Cuando me entero de cada nueva hazaña de Luinny, la interpreto como una victoria de la perseverancia y la disciplina. Así él ha forjado su camino. Su trayectoria ha sido limpia, exenta de los actos caricaturescos en que incurren otros para lograr vigencia. Aunque ha construido su imperio en el mundo del entretenimiento y de la música urbana, él sigue promoviendo con su ejemplo la decencia, el apego a la familia y los valores que su paso por la iglesia sembraron en su conciencia.

Que exista en la cúspide de las celebridades dominicanas una figura con su historia y sus principios es una noticia esperanzadora. La fama no le ha nublado el juicio. Lejos de dormirse en los laureles, diversifica sus proyectos y apuesta al porvenir con el trabajo impostergable. De tiempo en tiempo veo alguna intervención suya y sé que nuevas alturas le esperan si se mantiene, como hasta ahora, sordo ante el trueno efímero de los envidiosos.

Nuestra pequeña y amada ciudad de La Romana tiene la deuda de tributarle un mayor reconocimiento por sus proezas. Luinny viene de allí, si bien ahora su audiencia es el mundo. Yo, con cariño, y admiración, sigo viendo en él al joven sencillo de diecisiete años que no se rindió y, con el sudor y la paciencia de cada día, fue escalando hasta el firmamento de los triunfadores.

Juan Hernández Inirio

Escritor, profesor y gestor cultural

Juan Hernández Inirio (La Romana, 1991) ha dedicado su vida a la literatura, el activismo político, la docencia y la gestión cultural. Doctorando en Estudios Literarios en la Universidad Complutense de Madrid, en la que también cursó el Máster en Cultura Contemporánea (junto a la Fundación Ortega-Marañón). Licenciado en Educación mención Letras, magna cum laude, por la Universidad Dominicana O&M. Es autor de libros de poesía (Cantar de hojas muertas, 2010; Musa de un suicida, 2014; El oráculo ardiendo, 2016, y Vigilia en el desierto, 2024), cuentos (El nieto postizo, 2021) y ensayos (Un bello balcón con vistas al incendio, 2024), y compilador de una antología (La insurgencia de la metáfora. Treinta poetas de los años sesenta, 2019). Actualmente es secretario general de la Comisión Nacional Dominicana para la UNESCO y profesor universitario en UNIBE. jhernandezinirio@gmail.com

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