«Cada libro es una pedagogía destinada a formar su lector». (Jacques Derrida)
Quise decir “amor” como lo dijo Pablo Neruda. Lo repetí tantas veces, con tanta devoción, con tanta entrega y persistencia, que terminé sospechando de las propias palabras. Quise habitar aquella musicalidad suya donde el sentimiento parece confundirse con el mar, con la lluvia, con la tierra y con los cuerpos que se buscan en la inmensidad del deseo. Quise encontrar esa capacidad de transformar una emoción privada en una experiencia universal. Sin embargo, mientras más intentaba aproximarme a su voz, más comprendía que toda verdadera escritura nace precisamente de la imposibilidad de repetir a otro.
El amor dicho por Neruda ya le pertenece a su tiempo, a su biografía, a su sensibilidad y a su manera irrepetible de contemplar el mundo. Cada poeta, tarde o temprano, descubre que las palabras que admira en los demás no le sirven para expresar completamente aquello que habita en su interior. Entonces comienza la verdadera aventura de la escritura: la búsqueda de una voz propia en medio del inmenso coro de voces que nos preceden.
Luego intenté nombrarlo como lo pretendió Nicanor Parra. Busqué el desenfado de la antipoesía, esa actitud irreverente que desciende la poesía de los altares para devolverla a la calle, al lenguaje cotidiano, a las contradicciones y miserias de la condición humana. Me sedujo su manera de desacralizar los discursos solemnes y de demostrar que también el humor, la ironía y el escepticismo pueden convertirse en formas profundas de conocimiento. Tal vez todos mis poemas de amor sean, en el fondo, antipoemas; acaso sean el reverso de la poesía tradicional o su sombra inevitable.
Quizá el amor no pueda expresarse sino mediante aproximaciones sucesivas, intentos incompletos que fracasan una y otra vez dejando apenas fragmentos de una emoción imposible de apresar plenamente. Tal vez escribir sobre el amor sea aceptar desde el principio la derrota del lenguaje y, aun así, continuar escribiendo como quien insiste en encender una lámpara en medio de la noche.
Como dijo Borges, me queda la gracia de escribir algunas palabras. He escrito catorce poemarios y sospecho que toda esa travesía ha sido apenas el intento de redactar unas cuantas frases verdaderamente necesarias. A veces pienso que la literatura consiste precisamente en eso: en recorrer miles de páginas para encontrar una sola línea que justifique el viaje. El resto es aprendizaje, ensayo, error, corrección, persistencia y búsqueda. Con el paso de los años uno descubre que la escritura no es una acumulación de textos, sino una lenta depuración de la conciencia.
Cada libro escrito deja atrás innumerables páginas descartadas, ideas abandonadas y caminos que nunca llegaron a completarse. Sin embargo, todo ese esfuerzo aparentemente inútil resulta indispensable para alcanzar esas pocas palabras que logran permanecer. Quizás la verdadera obra de un escritor no sea la suma de todos sus libros, sino la intensidad espiritual que logra condensar en algunas frases destinadas a acompañarlo para siempre.
Un escritor que no es perturbado por sus lecturas corre el riesgo de convertirse en repetidor de sí mismo. La verdadera literatura incomoda, desestabiliza y transforma.
Sufrí de neruditis, como la mayoría de mis colegas contemporáneos. Durante años observé el mundo a través de esa fiebre verbal que convierte cualquier objeto en materia poética y cualquier experiencia cotidiana en una posibilidad metafórica. Después frecuenté a Octavio Paz y contraje una nueva enfermedad: la fascinación por el lenguaje mismo. Con Paz aprendí que las palabras no son simples instrumentos destinados a comunicar ideas, sino espacios complejos donde la realidad se transforma, se multiplica y se reinventa constantemente.
Descubrí que el lenguaje no refleja el mundo de manera pasiva, sino que participa activamente en su construcción. Desde entonces, cada lectura dejó de ser un acto de entretenimiento para convertirse en una exploración de los límites y posibilidades de la expresión humana. Leer ya no era solamente recibir significados, sino observar cómo esos significados nacen, se modifican y adquieren nuevas formas en el incesante movimiento de la cultura y la historia.
En medio de esas dolencias literarias llegaron los poetas españoles de la Generación del 27. Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Jorge Guillén, entre otros, irrumpieron en mi conciencia con la fuerza de una tormenta luminosa. Cada uno de ellos me mostró una dimensión distinta de la experiencia poética. Lorca me reveló la intensidad dramática de la imagen y el poder simbólico de la tradición popular. Aleixandre me condujo hacia una visión cósmica del ser humano y de la naturaleza. Salinas me enseñó que el amor puede convertirse en una forma de conocimiento. Cernuda me mostró la tensión permanente entre la realidad y el deseo. Guillén me acercó a una celebración rigurosa y luminosa de la existencia. Aún hoy continúan acompañándome como presencias invisibles que dialogan silenciosamente con cada página que escribo. Su influencia no consiste en una imitación consciente, sino en una forma de sensibilidad que permanece viva y sigue actuando desde las profundidades de la memoria.
En aquellos años también llegaron Walt Whitman, César Vallejo,T. S. Eliot, Alfonsina Storni y Constantino Cavafis. Whitman me enseñó la amplitud democrática de la voz poética y la posibilidad de convertir la experiencia individual en una celebración de la condición humana. Eliot me reveló que la modernidad también podía expresarse mediante la fragmentación, la alusión cultural y la conciencia de la crisis espiritual de Occidente. Alfonsina Storni me mostró una sensibilidad capaz de transformar la intimidad en cuestionamiento social y de convertir la vulnerabilidad en fuerza expresiva. Cavafis, por su parte, me enseñó la sobriedad de la emoción contenida y la profundidad simbólica de la memoria, el tiempo y el destino. Vallejo me hizo sentir la solidaridad profunda de los que sufren. El dolor humano convertido en palabra y la búsqueda incansable del sentido de la existencia. Cada uno abrió una ventana distinta hacia regiones que hasta entonces desconocía. Gracias a ellos comprendí que la poesía no es una sola tradición, sino una vasta conversación donde confluyen múltiples maneras de habitar el mundo y de interrogar la experiencia humana.
Con el tiempo descubrí a Fernando Pessoa y comprendí que un solo ser humano puede contener muchas voces. Sus heterónimos me hicieron sospechar que toda identidad es una construcción provisoria y que cada escritor alberga una multitud contradictoria en su interior. Pessoa me enseñó que la conciencia humana no es una estructura uniforme, sino un territorio poblado por innumerables posibilidades de ser. Desde entonces, escribir dejó de ser una simple actividad estética para convertirse en una forma de indagación existencial. Cada texto comenzó a parecerse a un espejo fragmentado donde aparecen rostros desconocidos que, sin embargo, también me pertenecen. Comprendí que la escritura no consiste únicamente en expresar lo que uno sabe de sí mismo, sino también en descubrir aquello que permanece oculto y que sólo se revela mediante el acto creador. En ese sentido, cada poema constituye una exploración del misterio que somos.
También llegaron los filósofos y pensadores que ampliaron las fronteras de mis preguntas. Gaston Bachelard me enseñó que la imaginación posee una profundidad ontológica y que las imágenes poéticas no son simples adornos del lenguaje, sino formas privilegiadas de conocimiento. Sus reflexiones sobre el agua, el fuego, el aire y la tierra me permitieron comprender que la poesía también nace de la memoria elemental de la materia. Albert Camus introdujo en mi conciencia la experiencia del absurdo y la necesidad de construir sentido en un universo que no ofrece respuestas definitivas. Su rebeldía ética frente al sinsentido de la existencia continúa pareciéndome una de las formas más nobles de la dignidad humana. Martin Heidegger me condujo hacia una interrogación más radical sobre el ser, el tiempo y el lenguaje. Gracias a él comprendí que la poesía no sólo nombra el mundo, sino que contribuye a revelarlo.
Más tarde apareció Jean-Paul Sartre, con "La náusea" y "El ser y la nada", para recordarme que la libertad constituye al mismo tiempo un privilegio y una condena. De Sartre aprendí que el ser humano está obligado a inventarse continuamente y que toda escritura auténtica implica una responsabilidad frente a sí mismo y frente a los otros. Aquellos pensadores no disminuyeron mis incertidumbres; las multiplicaron. Sin embargo, precisamente por ello enriquecieron mi mirada y me enseñaron que la literatura y la filosofía comparten una misma vocación: explorar los enigmas fundamentales de la existencia. Los años trajeron consigo la necesidad de regresar. Volví a Borges para reencontrar la precisión de su inteligencia, la elegancia de su pensamiento y la serenidad de sus laberintos metafísicos. Regresé a Franklin Mieses Burgos para escuchar nuevamente ciertas resonancias fundamentales de nuestra tradición literaria. Releí a Manuel Rueda, Aída Cartagena Portalatín, Manuel del Cabral y Freddy Gastón Arce.
Entre los autores dominicanos que más profundamente marcaron mi sensibilidad, Franklin Mieses Burgos ocupa un lugar singular. Su capacidad para fundir la reflexión metafísica con la emoción poética me enseñó que la poesía puede ser al mismo tiempo contemplación y deslumbramiento. Manuel del Cabral me acercó a una visión más telúrica y humana de nuestra realidad, donde la voz del pueblo, la historia y la dignidad de los olvidados alcanzan una dimensión universal. Aída Cartagena Portalatín me reveló una conciencia crítica que supo dialogar con la historia, la identidad y las transformaciones culturales de nuestro tiempo. Manuel Rueda me mostró una voluntad incesante de experimentación y una capacidad excepcional para ampliar los límites expresivos de nuestra literatura. En cada uno de ellos encontré formas distintas de comprender la literatura como una búsqueda del ser y como una responsabilidad ante la memoria colectiva. Sus obras continúan recordándome que la verdadera creación artística nace del encuentro entre la experiencia personal y las preguntas fundamentales de una comunidad.
Cada relectura confirmó una verdad elemental: los grandes autores nunca terminan de decir lo que tienen que decirnos. Cambiamos nosotros, y por eso sus libros cambian con nosotros. Lo que antes parecía secundario adquiere una importancia inesperada; lo que alguna vez nos deslumbró puede ceder espacio a nuevos descubrimientos. La literatura auténtica posee esa capacidad extraordinaria de renovarse con cada lectura porque está hecha de preguntas esenciales que nunca encuentran una respuesta definitiva. También llegaron Nietzsche y Derrida. El primero apareció para sembrar dudas allí donde antes había certezas aparentemente indiscutibles. El segundo convirtió el lenguaje en un espacio todavía más complejo y fascinante. Ambos me enseñaron que pensar implica desmontar los andamios de las verdades heredadas y examinar críticamente aquello que solemos aceptar sin cuestionamientos.
A esa constelación de influencias se sumaron también otras voces que continúan dialogando en mi memoria. De Arthur Schopenhauer aprendí la dimensión trágica del deseo y la conciencia de que toda plenitud humana es provisional. De Miguel de Unamuno heredé la pasión por las preguntas últimas y la tensión permanente entre razón y fe. José Ortega y Gasset me ayudó a comprender la importancia de la circunstancia histórica en la construcción de la identidad. María Zambrano me acercó a una razón poética donde pensamiento y sensibilidad dejan de ser ámbitos opuestos. Todos ellos contribuyeron a mostrarme que la literatura no se limita a la belleza verbal, sino que constituye una forma de conocimiento tan rigurosa como la filosofía, aunque sus caminos sean distintos.
Gracias a esas lecturas comprendí que escribir es también pensar, y que pensar profundamente exige siempre una dosis de imaginación creadora. Gracias a todos ellos comprendí que la literatura no consiste únicamente en producir belleza, sino también en interrogar la realidad, cuestionar los discursos dominantes y abrir grietas en las superficies aparentemente sólidas del mundo. Toda gran obra literaria posee una dimensión crítica porque nos obliga a mirar nuevamente aquello que creíamos conocer. Leer y escribir son, en última instancia, ejercicios de libertad intelectual que desafían cualquier forma de conformismo.
Por eso convivo con todos esos persistentes “jodones” que se niegan a abandonarme. Habitan mis lecturas, mis recuerdos, mis obsesiones y hasta mis silencios. Son autores de sacrilegios intelectuales, fabricantes de herejías estéticas, exploradores de regiones donde las certezas se vuelven inestables y donde las preguntas resultan más importantes que las respuestas. A veces me incomodan, otras veces me contradicen y, en muchas ocasiones, me obligan a replantear aquello que creía saber. Sin embargo, precisamente por eso los necesito. Un escritor que no es perturbado por sus lecturas corre el riesgo de convertirse en repetidor de sí mismo. La verdadera literatura incomoda, desestabiliza y transforma. Su función no es confirmar nuestras convicciones, sino obligarnos a mirar más allá de ellas.
La literatura es una forma de contagio. Leemos para enfermarnos de otros mundos, de otras voces, de otras sensibilidades y de otras maneras de comprender la existencia. Cada libro deja una huella invisible en nuestra conciencia y modifica nuestra forma de percibir la realidad. Ningún lector sale indemne de una lectura auténtica. Todos llevamos dentro las marcas de aquellos autores que alguna vez nos deslumbraron, nos incomodaron, nos ayudaron a nombrar nuestras incertidumbres o nos acompañaron en momentos decisivos de nuestra vida. Somos, en gran medida, el resultado de nuestras lecturas. Cada libro significativo amplía los límites de nuestro mundo interior y nos permite descubrir aspectos desconocidos de nosotros mismos.
Y quizá por eso nunca pude decir “amor” exactamente como lo dijo Neruda, ni como lo dijo Parra, ni como lo soñó Pessoa, ni como lo sugirió Borges. Cada uno de ellos me enseñó una posibilidad distinta del lenguaje, pero ninguno podía prestarme su voz. La tarea inevitable consistía en encontrar la mía, aun cuando estuviera hecha de fragmentos heredados, de ecos, de admiraciones, de desacuerdos y de largas conversaciones silenciosas con los libros. Porque escribir es dialogar con los muertos sin dejar de escuchar la respiración de los vivos. Es aceptar que toda obra nace de innumerables influencias y, al mismo tiempo, aspirar a una singularidad irrepetible.
En esa tensión entre la tradición y la búsqueda personal transcurre la aventura de la creación literaria. Allí permanecemos los escritores: leyendo para escribir y escribiendo para seguir leyendo, conscientes de que cada libro modifica nuestra percepción del mundo y de que cada lectura importante deja una cicatriz luminosa en nuestra memoria. Quizá la verdadera grandeza de la literatura resida precisamente en esa capacidad de transformarnos sin que apenas lo notemos, de acompañarnos durante toda la vida y de recordarnos que somos seres inacabados, eternos aprendices de un lenguaje que siempre nos excede y que, sin embargo, constituye la más profunda expresión de nuestra humanidad
Compartir esta nota
