1. Nietzsche, el magistral pensador del siglo XIX, nos dejó un espejo incómodo para estos días de zozobras y ascuas. No nos advirtió de un tirano, ni de un monstruo, ni de un desfalco. Nos advirtió de algo más peligroso: el último hombre. "Nosotros hemos inventado la felicidad", dice el último hombre, y parpadea, en Así hablaba Zaratustra .

¿Quién es ese hombre terminal?

Es el que ya no quiere quemarse. El que confunde paz con anestesia. El que quiere igualdad, pero no en grandeza, sino en comodidad. Trabaja poco, se entretiene mucho, opina de todo, no se compromete con nada. Tiene sus pequeñas drogas: el placer rápido, el calorcito del consenso, la indignación del día. No odia, porque odiar exige pasión. No ama, pues esto exige riesgo. Todo lo iguala y lo nivela. Y sobre todo: no se desprecia a sí mismo, y por eso ya no puede superarse.

Nietzsche temía que el progreso sin propósito ni sentido nos llevara ahí. Y en algo tenía razón: una sociedad que solo busca no sufrir termina sin vivir. Y, quizás por eso, muchos tememos hoy que la inteligencia artificial nos lleve al imperio del mero estar conformes y satisfechos bajo la tutela explícita de ciertos programas, algoritmos e intereses.

  1. Como quien dice ex profeso, la sabiduría occidental nos legó justamente lo contrario. No una receta para ser felices, sino una disciplina para ser dignos. Si el último hombre es la enfermedad, aquí apuntamos cinco antídotos clásicos que remedian tanto mal:

-De Sócrates: Aprende a incomodarte a ti mismo. El último hombre dice ‘yo ya sé lo que me gusta’. Sócrates riposta "solo sé que no sé nada". Y por eso hay que actuar con sabiduría. Esta empieza cuando nos atrevemos a hacernos la pregunta que nos desestabiliza. No hay por qué vivir de opiniones heredadas. Una vida no cuestionada, no vale la pena ser vivida.

-De Aristóteles: Conviértete en lo que repites. El último hombre quiere felicidad sin esfuerzo. Aristóteles nos lleva al punto de recordar que no somos lo que pensamos ni lo que deseamos, sino lo que hacemos repetidamente. La excelencia no es un acto, es un hábito. La virtud se entrena. Valentía, templanza, generosidad, prudencia, equilibrio: no son rasgos de personalidad, son músculos que requieren ser ejercitados.

-De los estoicos —Séneca, Epicteto, Marco Aurelio— distingue lo que depende de ti. El último hombre sufre por todo lo que no controla y se vuelve cínico. El estoico sufre lo mismo, al tiempo que reflexiona: esto no dependerá de mí, pero mi respuesta sí. No puedes controlar el viento, pero sí orientar la vela. Libertad no es hacer lo que quieres, sino querer con lucidez lo que haces.

-De la tradición judeocristiana nos llega aquello de sirve a algo más grande que tú. El último hombre se sirve a sí mismo y por eso siempre tiene hambre y permanece solo. La Jerusalén bíblica nos enseñó que la vida tiene sentido cuando se entrega. Amor, en su sentido más prístino y exigente, no es sentimiento ni sometimiento: es responsabilidad por el otro.

-Del mismo Nietzsche: Conviértete en el que crea. Nietzsche no quería que nos quedáramos en la crítica del último hombre. Quería lo opuesto: el Übermensch, no como superhombre de cómic, sino como el que se supera. El que crea valores en vez de mendigarlos. El que dice: ‘Yo quise que así fuera’.

III. Así, pues, si el último hombre busca consuelo, el hombre de carne y hueso busca obras.

Entonces, la pregunta no debe ser si vivimos rodeados de últimos hombres. Vivimos. La pregunta visceral sigue siendo, ¿en qué momentos del día yo me abandono y me convirto en el último hombre?

La respuesta bien podría ser cuantas veces elegimos lo fácil sobre lo arduo y significativo, la distracción sobre la obra o, simplemente, la abulia en vez de ser curioso.

Ante tal realidad, la sabiduría occidental completa, de Atenas hasta nosotros, se puede resumir en una sola frase que es el antídoto exacto a aquel parpadeo del último hombre: No viniste a estar cómodo, viniste a volverte grande.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

Ver más