Esta semana en “Libertad bajo palabra”, nuestro invitado es Alberto Benza, oriundo de  Lima en 1972. Es periodista, escritor y director de Micrópolis, la primera editorial peruana dedicada por entero a la minificción, ese arte breve que revela lo esencial. Se formó en el Taller de Hiperbreves de Clara Obligado, en Madrid, y continuó sus estudios en la Escuela de Escritores, donde la literatura se enseña como si fuera también una forma de respirar. Entre 2011 y 2025, coordinó las quince ediciones de las Jornadas Peruanas de Minificción en la Feria Internacional del Libro de Lima, y en 2022 organizó el XI Congreso Internacional de Minificción en la Universidad Marcelino Champagnat, confirmando su compromiso con un género que trabaja en el borde de lo visible. Ha publicado seis libros de microrrelatos —“A la luz de la luna” (2011), “Señales de humo” (2012), “Sarah Ellen” (2016), “Hojas de otoño” (2017), “La muerte en primera fila” (2018) y “Ver sin mirar” (2025)— además de reunir parte de su obra en “Entre vivos y muertos” (2015) y “Brevedad bajo palabra” (2023). Sus textos han cruzado fronteras y aparecen en antologías de Argentina, Bolivia, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Italia, México y Puerto Rico, como si cada relato llevara consigo una pequeña semilla del país que lo vio nacer.

Alberto Benza

A Beto Benza lo conocí en Lima, en uno de mis viajes literarios, durante una de aquellas experiencias vinculadas a mis compromisos cuando, junto a Pedro Antonio Valdez, dirigíamos la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Su trato afable y su don de gente nos hicieron sentir como en casa.

Nuestro invitado es un orfebre del microrrelato preciso y visceral. Estos textos indagan, desde registros íntimos y simbólicos, en la persistencia de lo invisible en la experiencia humana: el duelo que no se nombra, el poder que actúa bajo la superficie, el tiempo que se pliega sobre sí mismo y las ciudades que guardan sus fantasmas. Hablan de amores que cambian de forma, de gestos que se vacían, de cuerpos que sobreviven y de cicatrices que enseñan a permanecer. También exploran la fe —religiosa, política o afectiva— como una forma de sostenerse cuando todo parece arder o desvanecerse.

En conjunto, estas piezas proponen que nada desaparece del todo: aquello que se pierde muta en silencio, en luz tenue o en una presencia que insiste más allá del final. Desde Santo Domingo hasta Lima, celebramos estos textos breves, pero profundamente humanos.

Geología del poder

El país aprendió tarde dónde estaba la verdad. No en los discursos ni en los gestos de desafío. Maduro decía que esperaba a Trump, que aquí estaría, bajo este sol, frente a este pueblo. Las palabras flotaban, gastadas. Pero la verdad no hablaba: goteaba. Estaba en el petróleo, espeso y oscuro, dictando silencios, rutas, acuerdos que no salían en cámara. Cuando llegó el final, no fue un duelo ni una plaza llena: fue un traslado discreto, un nombre en una lista, esposas frías. El petróleo siguió fluyendo. El país entendió entonces: no mandaban los hombres, mandaba lo que ardía bajo la tierra.

Lo que el mar no borra

La pareja se besó frente al mar. La foto salió borrosa, como si el aire hubiera intervenido. El beso, en cambio, quedó en el puente, suspendido entre el hierro y la sal. Con el tiempo aprendió el lenguaje del óxido, la paciencia de las cosas que no se mueven. La bruma lo visita cada noche, lo pule, lo desgasta. Nadie lo reconoce, pero algunos se detienen sin razón, apoyan la mano en la baranda, respiran. El beso ya no les pertenece a ellos. Pertenece a la ciudad, que guarda lo que amamos incluso cuando creemos haberlo perdido.

El silencio en marcha

Una vez, en una noche quieta sobre un tejado, vi cómo cuatro gatos cargaban a otro. Caminaban erguidos, sosteniendo el cuerpo con sus patas delanteras, como si recordaran una antigua ceremonia. No había prisa, solo una gravedad serena. Avanzaban despacio, cruzando el techo como quien atraviesa un límite invisible. Uno de ellos me miró sin miedo ni reclamo. Entonces entendí que incluso en lo que llamamos instinto hay cuidado, duelo, una forma secreta de amor. Los vi perderse en la oscuridad y me quedé allí, respirando con la noche, sabiendo que había sido testigo de algo que no suele mostrarse.

Antes del alta

En octubre, Lima se vuelve morada. Durante la procesión, el hombre sintió un dolor estomacal y su esposa lo llevó a emergencias del Hospital Dos de Mayo. Él entró solo; ella esperó en una banca fría. Pasaron minutos, luego horas. Nadie supo decirle nada. Los registros confirmaban su ingreso, nunca el alta. Las cámaras lo mostraban cruzando un pasillo antiguo y deteniéndose. Nada después. Días más tarde, un interno halló una ficha clínica archivada en otro pabellón: su nombre, la misma noche, fechada treinta años antes. Como si el hospital no lo hubiera perdido, sino devuelto al tiempo que faltaba.

Una puerta cerrada al silencio

En 1754, la Inquisición quemó a Parvaneh por sanar lo incurable. Antes de morir, maldijo la casa donde había vivido. Nadie volvió a habitarla hasta el siglo XIX. Entonces llegaron otros, y la locura entró con ellos. Hubo voces, sombras, cuerpos desmembrados, incendios fallidos. La casa sobrevivió y fue llamada Matusita. Desde entonces, se dice que quien entra más de cinco minutos escucha a los muertos. Pero pocos saben la verdad: no es la casa la que está maldita. Es Lima, que aún no termina de quemar a sus fantasmas.

Lo que sostiene

En la sierra rota, el indígena masca su coca y mide el día por el pulso del frío. No pregunta por qué sigue. En el ejército de Cáceres, aprende a atar sentido a lo mínimo: la mula que resiste, la bala contada, la sombra de un eucalipto. El médico oye silencios: un hijo que espera, una chacra intacta en la memoria, una canción sin terminar. Marchan con hambre, caen con nombre, se levantan por otros. La guerra quema, pero la vida insiste. Basta no rendirse para que, entre humo y puna, la esperanza respire.

Un gesto aprendido

Ella cocinó durante horas un plato que ya no le gustaba. Lo había hecho para él durante veinte años. Al servirlo, probó una cucharada: sabía a costumbre. No a amor. Se sentó sola, frente a la mesa puesta para dos, y comió despacio. Cada bocado era una despedida que nadie había anunciado. Al terminar, lavó el plato con cuidado, como si fuera frágil. Lo dejó secar. Comprendió que el cuerpo también aprende a irse sin ruido, incluso mientras permanece.

Un resto de luz

En el vestuario, nadie preguntaba por la cicatriz. Era larga, irregular, cruzaba el torso como un error antiguo. Él se cambiaba rápido. Un día, un niño la señaló y preguntó si dolía. —Ya no —respondió. Esa noche, frente al espejo, pasó los dedos por la piel. No dolía, pero recordaba. Pensó que las cicatrices no son marcas del daño, sino del tiempo exacto en que el cuerpo decidió no morir. Y por primera vez, no se vistió de inmediato.

En otra parte

El médium encendió una vela y se sentó a escuchar, no con los oídos, sino con el cuerpo entero, como quien espera que algo atraviese la tarde. Dijo el nombre tres veces, dejó que el silencio tomara forma y entonces sintió una presencia leve, casi doméstica, como un aire que se acomoda. Habló despacio, preguntó por la muerte, por el peso que deja el último recuerdo. La voz respondió sin eco ni lamento. Cuando el médium, ya cansado, preguntó qué le había sucedido en esta vida, la presencia hizo una pausa breve, casi amable, y dijo que allí no conocían finales, que la gravedad era otra, que el cielo tenía un nombre distinto. No habló de tumbas ni de despedidas. Habló, simplemente, del lugar donde vive.

La manera de volver

Volvieron tantas veces que el mar ya no los miraba como visitantes. Sabía sus nombres, sus horarios, la manera lenta en que se ajustaban las máscaras. Sesenta regresos al mismo azul no son viajes: son costumbre, fe, insistencia. Ella entró primero. Él tardó tres días en alcanzarla. No fue prisa: fue aprendizaje. El océano siguió igual, respirando. Ellos no se fueron: se quedaron en el lugar donde siempre supieron volver.

Lo que no vuelve

Todos lo lloran: familia, amigos, colegas. Lo recuerdan con un cariño espeso, una nostalgia que se acomoda bien en las sobremesas. Yo ya no estoy tan triste como los primeros días; el duelo también se fatiga. Ahora me sorprende otra cosa. Sonríe. Sonríe en su lecho de muerte con una calma que no le conocí en vida. Lleva puesta mi camisa, esa que siempre me decía que valía mucho dinero y que, por eso, era mejor para él. Tal vez la paz sea eso: entender, al final, que nada material nos llevamos a la hora de partir.

El paso justo

Los monjes avanzan por una carretera secundaria de Estados Unidos. El asfalto guarda calor, insectos secos, viejas promesas. Ellos no hablan. El mundo sí: banderas tensas, bocinas impacientes, titulares que duran un parpadeo. Caminan. Cada paso pronuncia algo anterior al ruido. No piden nada; aceptan agua, una manzana, la sombra breve de un árbol cansado. Un niño pregunta por qué. Nadie responde. La respuesta es el ritmo. El país pasa frente a ellos como un río desbordado. Ellos no lo cruzan: se quedan. Caminan cuando el mundo está fuera de equilibrio. No es protesta. Es una oración que mantiene el mundo en pie.

Luz aprendida

Al caer la noche, me falta algo que antes venía sin nombre. No era ruido ni sombra: era un pulso breve, una sílaba de luz. Dos destellos, una pausa, uno más largo. Yo respondía aprendiendo el ritmo, como se aprende a querer sin decirlo. Así nos encontrábamos en la oscuridad. Ahora el campo calla y me defiendo con lo poco que queda: un brillo mínimo que dice no soy comida, soy memoria. Me descubro esperando una señal que ya no vuelve. Recién al final lo digo: me falta la luciérnaga.

Valentín Amaro

Escritor

Nació en La Piragua, Gaspar Hernández, provincia Espaillat, República Dominicana (1969). Segundo Lugar en el XIX Concurso Nacional de Cuentos de Radio Santa María, Primer y Segundo Lugar en Poesía en el 4to. Certamen Literario de la Universidad Iberoamericana, Premio Jaycees´72 en el 2008. Posee una Maestría en Gestión y Educación Universitaria por la Universidad Católica Santo Domingo. Poemas suyos aparecen en diarios y revistas de su país y el extranjero. Desde el año 2000 pertenezce al Taller Literario César Vallejo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Es miembro del Ateneo Insular que dirige Bruno Rosario Candelier. Tiene publicado:"En el temblor de las visiones" por la Editora Nacional y Ediciones Ángeles de Fierro, también publicado por Obsidiana Press de West Virginia. Profesor universitario.

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