Una vez más nos encontramos frente a una de las obras más representativas del costumbrismo hispanoamericano, corriente literaria que encontró en la observación de la vida cotidiana un medio para retratar las costumbres, las normas de convivencia y los valores de una sociedad. En esta ocasión, el escenario cambia de la ciudad al campo, donde Pedro Francisco Bonó situó la acción de El Montero, una novela que, más que narrar una historia de amor, constituye un testimonio de la realidad campesina dominicana del siglo XIX.
Desde las primeras páginas, Bonó deja claro que su propósito no consiste únicamente en contar acontecimientos. Antes de presentar a sus personajes, se detiene a describir el espacio donde estos habitan. El monte deja de ser un simple escenario para convertirse en un personaje silencioso que condiciona la forma de vivir, de pensar y de relacionarse de quienes lo habitan. Como afirma Franco (2001), Bonó fue uno de los primeros escritores dominicanos en comprender que la literatura podía servir como un documento social, capaz de preservar la memoria histórica de un pueblo.
El lector advierte inmediatamente el predominio de la descripción sobre la narración. El relato se construye mediante una sucesión de imágenes cuidadosamente elaboradas en las que aparecen los caminos, las viviendas, la vegetación, las labores agrícolas, la vestimenta y las costumbres de los campesinos. Lejos de constituir un mero adorno de la historia, estas descripciones cumplen una función esencial: contextualizan la acción y permiten comprender el universo cultural en el que se desarrollan los acontecimientos.
La idea central de la novela descansa, ciertamente, sobre la relación amorosa entre Manuel y María; sin embargo, reducir la obra a un simple romance sería desconocer su verdadera dimensión literaria. El conflicto sentimental sirve únicamente como hilo conductor para presentar una compleja red de relaciones humanas donde intervienen la autoridad paterna, el honor familiar, los celos, la violencia, la religiosidad y las normas sociales que regulaban la vida campesina de la época.
A medida que avanza la narración, Bonó incorpora otros personajes que enriquecen el relato y permiten conocer diferentes aspectos de la cotidianidad rural. El autor no presenta personajes idealizados; por el contrario, construye figuras profundamente humanas, capaces de amar, de equivocarse y de dejarse dominar por las pasiones. Juan representa precisamente esa dimensión trágica del ser humano. Incapaz de aceptar el rechazo de María, convierte el amor en obsesión y termina desencadenando una cadena de acontecimientos que alteran la estabilidad de toda la comunidad.
Resulta interesante observar cómo la violencia no aparece en la novela como un recurso espectacular, sino como una consecuencia de determinados códigos sociales vinculados al honor y a la posición afectiva. Bonó no justifica las acciones de sus personajes; simplemente las presenta dentro de un contexto histórico que permite comprender las estructuras culturales que las originan.
Uno de los aspectos más sobresalientes de El Montero es, sin duda, el uso del lenguaje. Bonó incorpora con naturalidad refranes, expresiones populares y giros propios del habla campesina dominicana, logrando que la oralidad se convierta en uno de los principales elementos de autenticidad de la obra. Como ejemplo de ello puede citarse la expresión: "no soy mozo que huye al hierro" (Bonó, 1856/2003), frase que sintetiza el concepto de valentía y honor característico del imaginario rural dominicano.
Este empleo del lenguaje popular demuestra que Bonó no pretendía escribir para una élite intelectual desligada de la realidad nacional. Su propósito consistía en trasladar al texto literario la voz del pueblo, preservando formas de expresión que hasta entonces apenas habían encontrado espacio dentro de la literatura escrita. En palabras de Manuel Matos Moquete (2004), la narrativa dominicana encuentra en Bonó uno de sus primeros intentos de construir una identidad nacional desde la representación de los sectores populares.
A mi juicio, es precisamente aquí donde reside la mayor riqueza de El Montero. Su importancia no depende únicamente de ser considerada una de las primeras novelas dominicanas, sino de haber comprendido que la literatura también podía convertirse en memoria colectiva. Bonó escribe sobre personas comunes, sobre acontecimientos aparentemente sencillos y sobre espacios cotidianos; sin embargo, detrás de esa aparente simplicidad se encuentra la representación de toda una cultura.
No comparto, por ello, la opinión de quienes consideran que El Montero posee únicamente un valor histórico y escasas cualidades literarias. La obra demuestra que la sencillez narrativa puede convivir con una profunda capacidad de observación social. La riqueza de sus descripciones, la naturalidad de sus diálogos y la fidelidad con que reproduce el habla popular convierten esta novela en un referente imprescindible para comprender los orígenes de la narrativa dominicana.
En definitiva, Pedro Francisco Bonó logra transformar la experiencia cotidiana del campesino en materia literaria. A través de una historia aparentemente sencilla, reconstruye una época, preserva un modo de hablar y documenta una forma de entender la vida que constituye parte esencial del patrimonio cultural dominicano.
Como lector, resulta difícil abandonar la obra sin reconocer el profundo compromiso del autor con la realidad de su pueblo y con la necesidad de convertir esa realidad en literatura.
Referencias
Bonó, P. F. (2003). El Montero. Editora Nacional. (Obra original publicada en 1856).
Franco, F. (2001). Historia de la literatura dominicana. Editora Nacional.
Matos Moquete, M. (2004). Manual de literatura dominicana. Editora Búho.
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