La mañana presumía un sol radiante. Era el penúltimo día de enero. A pesar de estar en ascuas en los últimos días, yo me mantenía estoico, blandiendo la consigna de que había que prepararse para cualquier escenario. Una anciana de la familia, versada en la lectura de cartas, me llamó temprano: «Diles a los doctores que desconecten a Modesto. Ya él no tiene vida». Me he pasado los últimos ocho años buscándole una explicación a sus palabras. Papi murió ese mismo día, aunque todavía yo no lo sabía.

Un mes y medio antes, en diciembre de 2017 nada perturbaba mi mundo. Eran las últimas jornadas de mi pensum universitario; arribaba al primer año de gestión en mis funciones públicas de entonces; mi hermano me había comentado de una interesante oportunidad laboral que se le presentaba; circulaba ya el espíritu festivo de la Navidad y todos en la familia nos disponíamos a aprovechar el asueto para reunirnos.

Modesto, mi padre, nos dijo en esos días que no se le quitaba un dolor de cabeza. Yo le había acompañado a unos chequeos médicos en Santo Domingo, a mediados de ese año, que salieron bien. Aunque en uno de los viajes le subió la presión. Era hipertenso y no era raro que alguna vez su salud se resintiera. Nunca había sido hospitalizado y mantenía su invariable rutina de madrugar para ir a trabajar al mercado. La persistencia de este nuevo malestar hizo que le lleváramos al médico. Inicialmente no parecía nada de gravedad. Transcurrieron las semanas entre visitas a diferentes especialistas, sin resultados concluyentes, aunque el paciente no mejoraba. Llamé a papi para felicitarle cuando los fuegos artificiales anunciaron la llegada del año 2018. «Sobre todo que Dios me dé salud, mi hijo», me dijo.

Guardaré para otra ocasión los pormenores clínicos y el relato extenso de cómo papi se fue deteriorando hasta caer en coma y morir el 30 de enero de 2018. Sí les cuento que se desmayó en mis brazos tres días y nunca más despertó. Fui yo quien recibí la noticia de su fallecimiento y se la dio a la familia. En su funeral hablé veinte minutos, contando su vida, que me había aprendido prácticamente de memoria, porque papi siempre nos narró su legendaria y triste infancia, con su padre violento, el abuelo Dolores, a quien no conocí; su juventud divertida y libre, y finalmente su etapa de padre, que convirtió en un sacerdocio del que nunca claudicaría.

En los primeros doce años de mi vida la muerte me era un fenómeno lejano, algo que les pasaba a otros, no a los míos. La tragedia nos visitó con el prematuro deceso de Katy, prima de mi padre, a sus veintinueve años, una de las más brillantes miembras de los Hernández, que nos dejó en 2003. En la primavera del 2006 mi abuelo materno, don Félix, pereció en un accidente. La parca hizo una pausa y reapareció en la siguiente década con un fallecimiento que tristemente esperábamos en cualquier momento, el de la figura que conocí como mi abuelo paterno, aunque sin lazo de sangre, don Pino, en 2013, y luego el adiós juvenil de mi tío Raúl en 2016. Con ambos yo conviví en Higüey. Mi poema «¿Los muertos nacen o se hacen?», dedicado a ellos, es de los más dolorosos que jamás he escrito. De manera que el 30 de enero de 2018 los corazones de los Hernández y los Inirio ya habían sido destrozados. Yo tenía 26 años y no me pasaba por la cabeza verme sin mi padre o mi madre.

La suya había sido una vida bien vivida, sin doblarse, sin hacer daño, con la alegría de quien sabe que cumple con un deber sagrado: el de criar a sus hijos.

Después de dos noches en vela en la clínica, mientras mi padre se encontraba inconsciente en la Unidad de Cuidados Intensivos, los médicos me encarecieron que me fuera a dormir a mi casa, que nos llamarían ante cualquier eventualidad. La mañana del 30 de enero recibí una llamada. Me pedían que fuera a la clínica, pues mi padre había empeorado. Cuando llegué y vi al doctor, intuí lo que hasta entonces no había pensado: no me habían dicho más por teléfono solo por prudencia. Miré a los ojos al galeno y le hice una pregunta escueta: «¿Mi padre está vivo?». Él hizo un gesto de negación con la cabeza.

No lloré ni en ese momento ni cuando vi el cuerpo inerte del hombre que más amé ni cuando hablé en el funeral. Las lágrimas se guardaron para muchos días y noches siguientes. El sentido de la vida parecía haberse evaporado, pero en el fondo de mi alma yo entendía que era un nuevo inicio. Mi padre apostó todo para que mi hermano Yoel y yo fuéramos personas exitosas. Soñó que trascenderíamos. Trabajó sin cansarse nunca por esa meta. Nos acompañó sin quejarse, sin violencia, sin ausencia, solo con la fuerza de su cariño y la inspiración de su ejemplo. En esas noches amargas, sintiendo que no podría vivir, me quedaba un remanente de fuerzas. Papi era un héroe anónimo. La suya había sido una vida bien vivida, sin doblarse, sin hacer daño, con la alegría de quien sabe que cumple con un deber sagrado: el de criar a sus hijos.

Aquel héroe anónimo, aquel dominicano trabajador y sin privilegios, solo sería conocido por la historia de sus hijos, por ellos mantener viva la llama de su memoria. Yo sería siempre el hijo del mercader, aunque él ya no estuviera entre nosotros. Más allá de todo lo que pudiera alcanzar, ser su hijo ya era la mayor gloria posible.

Juan Hernández Inirio

Escritor, profesor y gestor cultural

Juan Hernández Inirio es escritor, profesor y gestor cultural. Nació en La Romana, República Dominicana, en 1991. Ex director provincial de Cultura de La Romana, fundador de la Feria del Libro de esa ciudad y de la Fundación Modesto Hernández (MODHERNA). Es Licenciado en Educación mención Letras, Magna Cum Laude, por la Universidad Dominicana O&M. Tiene un máster en Cultura Contemporánea: Literatura, Instituciones Artísticas y Comunicación Cultural por la Universidad Complutense de Madrid y la Fundación Ortega-Marañón. Ha publicado los libros Cantar de hojas muertas, Musa de un suicida, El oráculo ardiendo, La insurgencia de la metáfora. Treinta poetas de los años sesenta y El nieto postizo. Textos de su autoría han aparecido en periódicos, revistas y antologías latinoamericanas. Ha dictado conferencias en República Dominicana, España e Italia. Su trayectoria le ha merecido diversos galardones, entre los que se destacan ser declarado como ¨Hijo distinguido de La Romana¨ en 2017 por el ayuntamiento de esa ciudad y ser reconocido por la Academia Dominicana de la Lengua en 2019. jhernandezinirio@gmail.com

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