En entregas anteriores habíamos hecho hincapié en distinguir entre ciudadano y habitante. El ciudadano conoce y ratifica en su conducta las normas que la endeble democracia supone, a saber, el conocimiento de los deberes y derechos y la subsecuente convivencia en un clima de respeto recíproco, asumiéndonos “el otro de los otros”. Mientras tanto, el habitante solo es un dato estadístico inhabilitado para respetar aun su propia subjetividad. No está obligado más que a su goce.
Para notar la ausencia del contrato social en la actualidad, no hace falta enjundiosos estudios psicológicos ni investigación sociológica de campo, es suficiente observar cómo nos alejamos de las prerrogativas que suponen la vida en sociedad y la tendencia del individuo hacia la entropía social y el derrumbe de los cimientos del demos (pueblo), ese vacío concepto preconizado como slogan cuatrienal por los moribundos partidos políticos.
Somos testigos de un fenómeno excepcional: lo que habíamos estudiado como anomia ha devenido en una sustitución de la moral tradicional por el descaro normalizado, la desvergüenza como política y la exhibición petulante de la ignorancia como discurso. Si antes, en la década de los sesentas, Foucault asumía que el poder se fundaba por un saber que le era inherente y generador de subordinación; hoy es un no saber o striptease de la ignorancia lo que ha asaltado el poder.
El “éxito” del populismo político ha abierto las puertas a la escoria. Si puedes conseguir con las nuevas cloacas del chisme y la baja estofa algún nivel de popularidad, entonces tienes asegurado asiento en cualesquiera de los partidos del sistema. Podrías ser edil, alcalde u honorable legislador ignaro. Por ese boquete abierto a la democracia representativa han marchado toda laya de firmantes y leguleyos de bancadas. Por tanto, no ha de sorprendernos que lo siguiente sea el salto del potrero al solio. Uno que otro truhan ya ha soñado con ser el primer magistrado de la Res-pública.
Hemos pasado de la dictadura ilustrada al populismo político, y de ahí al ensayo plutocrático aún en ciernes. Ahora nos acecha la posibilidad real de la excrecencia social al poder.
Confundiendo el Estado con un reality-show, los componentes del logos occidental son sustituidos por lo trivial y tribal. Ya no se trata de la mentira para minar la voluntad de la masa, ahora se trata de la más descarnada verdad: la masa no tiene voluntad y participa de manera gozosa en los ritos más absurdos que van del exhibicionismo violento, a la animalización, de la normalización de la perversión a patologías convulsivas. Nada de esto pudo ser pensado por Lipovetsky. Todo se ha vaciado muy a prisa.
¿Si el ignorante es el líder, el pueblo es estúpido? La repuesta parece ser peligrosa apuesta de los que siempre esperan cosechar en tempestades. Si respondiéramos afirmativamente, toparíamos con la estupidez practicada en las pantallas de nuestros dispositivos como escenario, con actores de la desfachatez. El estúpido no se correlacionarla ingenuamente con la marginalidad, pobreza y falta de oportunidades. El peligro inminente es su presencia también entre profesionales e ilustres figuras de la sociedad.
Las formas de conducta en que la estupidez se expresa resultan variables, siendo la más evidente nuestra pasividad apática ante la realidad social. Algunos afirman que todo empezó por un bombardeo a la educación pública, y parece cierto; al menos en lo concerniente al pensamiento ético-crítico, las escuelas y academias están muertas. Sin embargo, la indolencia se hace evidente en una capa de “ciudadanos” llamados intelectuales cuyo narcisismo se sacia en las tertulias banales sin decir “esa boca es mía” ante el derrumbe.
El punto crucial es el vaciamiento de la historia. No se trata de su final preconizado sino del triunfo de la ideología sin ideas evidenciada en las vehementes defensas a la obscenidad, los vibrantes “disertaciones” mediáticas en contra de lo que hace apenas unos años era considerado correcto, ético. Es el triunfo del discurso antiacadémico desde tribunas de escarnio, metáfora esplendida de lo que Baudrillard llama “desintegración secreta”.
Todos los que preservemos alguna mirada crítica, una pizca de principio a defender, un mínimo de formación académica, una voz irrenunciable, somos juzgados, declarados culpables, y nuestros discursos, libros, opiniones o medios podrían ser cancelados, mientras la vulgaridad e insolencia circulan sin censura. El objetivo es anular el saber. Incluso una cierta filosofía de “derecha”, señala a las universidades como centros de minado contra el sistema, los cuales no se deben financiarse pues son enemigos. Un ejemplo gráfico de esto ha sido las sistemáticas reducciones de financiamiento a universidades estadounidenses.
Mi padre –hombre del campo –decía en su ingenuidad, una frase conmovedora y simple: El que siembra cosecha. El proceso de liberalización ha llevado a la celebración y aprobación de psicopatologías, incluso a la reivindicación del narcisismo enfermo como coronación y culminación posmoderna de la individuocracia. Esto nos coloca ante un riesgo insospechado. Hemos pasado de la dictadura ilustrada al populismo político, y de ahí al ensayo plutocrático aún en ciernes. Ahora nos acecha la posibilidad real de la excrecencia social al poder.
¡Es tan claro el proyecto de “servidumbre voluntaria”, que no podemos verlo!
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