No voy a discutir si el Dr. Fadul cura el autismo, el párkinson, el sida u otras enfermedades o condición. Cualquier aficionado a la ciencia y a la filosofía de la ciencia notaría de inmediato la ausencia de evidencias públicas del tratamiento aplicado: no hay artículos científicos revisados por pares que describan métodos, resultados ni protocolos; tampoco hay ponencias en congresos donde sus hallazgos hayan sido sometidos a escrutinio científico. Me abstendré, pues, de juzgar la eficacia de sus supuestos tratamientos. Mi interés aquí es otro: señalar la llamativa coincidencia entre la postura del Dr. Fadul y el sesgo conocido como efecto Dunning–Kruger.
El efecto Dunning–Kruger es un sesgo cognitivo en el que personas con habilidades o conocimientos limitados sobreestiman significativamente su competencia. Un rasgo central de ese sesgo es la carencia de pensamiento crítico y de metacognición: quienes lo padecen no reconocen sus propias deficiencias o limitaciones. Paradójicamente, esa falta de autocrítica suele traducirse en una confianza excesiva e inquebrantable en sus afirmaciones.
Esa seguridad infundada, además, tiene un atractivo social potente. En situaciones complejas, como enfermedades crónicas o condiciones sin cura conocida, muchas personas buscan respuestas claras y esperanzadoras: la voz segura y categórica del pseudocientífico con propuestas de tratamientos milagrosos resulta seductora, aunque carezca de respaldo científico. Por eso no es de extrañar que tantas personas en redes sociales, podcast, televisión y radio, sin el más mínimo conocimiento de filosofía de la ciencia, del método científico o de epistemología estén apoyando tan delirantemente al Dr. Fadul. Tal vez haya cada vez más personas padeciendo del efecto Dunning-Kruger. Ese es el poder de seducción de la pseudociencia.
En el caso nos ocupa, el peligro está en intervenciones y tratamientos no probados científicamente, que pueden inducir a abandonar terapias efectivas, generar falsas esperanzas y normalizar prácticas pseudocientíficas.
Algunos minimizan el problema argumentando que estas supuestas curas “no hacen daño a nadie”. Eso es un error grave. La pseudociencia no es una versión inofensiva de la ciencia. Es una impostora. Como advirtió Mario Bunge: “… no es basura que pueda ser reciclada con el fin de transformarla en algo últil, se trata de virus intelectuales que pueden atacar a cualquiera hasta el extremo de hacer enfermar toda una cultura y volverla contra la investigación científica”.
En el caso nos ocupa, el peligro está en intervenciones y tratamientos no probados científicamente, que pueden inducir a abandonar terapias efectivas, generar falsas esperanzas y normalizar prácticas pseudocientíficas.
Por todo ello es importante exigir transparencia y escrutinio; publicar investigaciones y someterlas a la evaluación por pares; promover la alfabetización científica, incluida la comprensión del método científico y la importancia de la metacognición y el pensamiento; y que las autoridades del sector salud sean más responsables en la supervisión de las prácticas médicas.
Dr. Bartolo García Molina
6 de marzo de 2026
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