Todos los lectores del Quijote tienen a un don Quijote particular. Cada lector encuentra en el libro a un don Quijote que de seguro tiene escasa relación con lo que realmente quería comunicar Cervantes. Incluso, en una misma persona, cada nueva lectura del libro supone la existencia de un don Quijote nuevo, pues un libro como este nunca es el mismo en cada lectura y, por ende y sobre todo, el personaje también deja de ser el mismo.

Hay tanta diferencia entre el don Quijote de la primera lectura y el de la segunda y las siguientes, como la hay entre el don Quijote de Cervantes y el de Avellaneda. Nunca es el mismo personaje. No lo es en el mismo lector ni lo es en otro.

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El don Quijote de Unamuno dista mucho del don Quijote de Borges. Y lo mismo sucede con el don Quijote de Kafka, con el de Salvador Dalí, con el de José Cestero y con el de Claudio Pacheco. El don Quijote de Antonio Muñoz Molina es, también, diferente al de los demás. Para él, el don Quijote del libro de 1605 no es el mismo don Quijote del libro de 1615. Es un arquetipo, y sin embargo se adapta a cada lectura y a cada época. Su esencia es, desde luego, la misma, pero, en vista de que no es un personaje plano, casi nunca es el mismo personaje, del mismo modo que el libro también se renueva con cada lectura. Que esto es sin duda así —en el caso de Antonio Muñoz Molina— lo confirma la lectura de El verano de Cervantes.

Hay libros que, incluso desde mucho antes de leerlos, fascinan a ciertos lectores. Ello es lo que motiva a comprar un libro desde que se lo ve, o desde que se ha leído algo mínimo sobre él, o desde que se ha escuchado alguna mención suya. Es lo que a veces motiva a comprarlo cuando se le encuentra por sorpresa en una librería y lo que hace que el interesado vaya en su búsqueda incesante de una librería a otra con el fin de comprarlo. O que se pida a través de Amazon. Eso fue precisamente lo que me pasó con El verano de Cervantes, de Muñoz Molina. Desde que, a mediados de 2025, supe de la publicación de este libro sentí un interés desbordante en adquirirlo para leerlo de inmediato. Consulté en más de una ocasión el catálogo de la Librería Cuesta y no lo tenían. Esperé unos meses y, desde entonces, cada vez que iba a esta librería me interesaba por otros libros, pero ponía especial atención en las pilas de libros de la edición Seix Barral, ya que sabía que la publicación del mismo había sido hecha por esta editorial. Sabía, sin embargo, que el libro aparecería en cualquier momento sin andarlo buscando. En fin, me olvidé de él. Cuando meses después lo vi en Librería Cuesta no lo compré y me decidí por otros libros. Y, sin embargo, en marzo de 2026, visité la librería y lo volví a ver. Lo tomé en mis manos y, al hojearlo, sentí nuevamente un fuertísimo interés en leerlo. En esos días yo estaba leyendo un libro fascinante sobre la historia de la lectura en voz alta, La voz de los libros de Maribel Riaza, y casi suspendo esa lectura hasta leer por completo El verano de Cervantes. No lo hice, pero terminé la lectura de uno e inicié la del otro de inmediato.

Don Quijote y Sancho.

Se han escrito miles y miles de libros sobre el Quijote. Pero el de Muñoz Molina, que no es un libro de crítica literaria ni de algo parecido, es un libro que sale del montón. El autor tenía algo que decir sobre el libro de Cervantes, y lo dijo. Pese a que el Quijote es el libro que más veces he leído, pocos son los estudios que he leído sobre él. El que más he disfrutado es el de Muñoz Molina, porque no es exactamente un estudio, sino más bien una autobiografía de toda una vida leyendo el  Quijote. Es, en efecto, un libro inclasificable que tiene a una misma vez algo de ensayo, de memorias, de autobiografía y de diario. Escapa a la clasificación de los géneros. Y eso lo hace más interesante y único. Hay en él algo que lo hace diferente y especial, sobre todo porque Muñoz Molina ha leído el Quijote incontables veces. Lo leyó por primera vez a los diez años y, ya de adulto, lo ha leído casi todos los veranos que han tenido lugar hasta sus sesenta y tantos años. Es un verdadero devoto del libro. Y esa devoción que siente por el Quijote la percibe el lector de El verano de Cervantes. Mientras se lee, uno llega a la conclusión de que Muñoz Molina escribió el libro con mucha pasión y que disfrutó y sintió el placer de escribir cada línea, pues salta a la vista que es uno de esos libros que, durante el proceso de escritura, desbordan de felicidad a quienes los escriben. Ese fervor contagia al lector de El verano de Cervantes. Es un libro refrescante, exquisito, transparente, antiacadémico, ameno, apologético. Y lo es mucho más para los fervorosos lectores del Quijote; de hecho, creo que el punto fuerte del libro de Muñoz Molina es precisamente cuando evidencia la gran fascinación del autor por el Quijote y eso, a los incontables amantes del Quijote, los atrapa y los deleita sobremanera. En una palabra: es el libro de un amante del Quijote escrito para los amantes del Quijote. Por eso, estoy casi seguro de que quien ame el Quijote también disfrutará cada palabra de El verano de Cervantes. Es como un diálogo provechoso e inolvidable entre lectores que admiran un mismo libro. Hay vínculo, claridad, empatía, fluidez y encanto. La conexión y la complicidad están a la vuelta de cada página.

Muñoz Molina ve a un don Quijote que, la más de las veces, no está loco, sino que finge como el mejor actor. "La sustancia última de don Quijote", escribe, "no es la posible locura, sino la teatralidad". Luego añade: "Solo en momentos de cólera se olvida de que está actuando". Lo cree cínico y ligeramente culto. Lo tilda de farsante; cree que solo puede ser lo que es ante personas ignorantes y, en consecuencia, lo compara con "el que exhibe su erudición delante de analfabetos". Lo define como un hombre con coraje y altos conocimientos literarios: "don Quijote ha demostrado al mismo tiempo un coraje tan verdadero como inútil y un histrionismo de bufón. Conversa luego de poesía con el hijo de don Diego, y revela una educación sólida y una sensibilidad contemporánea, una percepción muy aguda y bien informada sobre la literatura de su tiempo". En una página lo elogia al decir que "su fuerza física se ha mantenido intacta y en un combate puede ser un adversario temible", y en otra lo ridiculiza diciendo que es "un pobre hombre flaco y ridículo con un disfraz estrafalario que da signos de demencia". Lo ve como un hombre que un día es valiente, que ha sido capaz de encerrarse sin inmutarse en una jaula junto a un fiero león, y que luego ya es un cobarde que abandona a Sancho Panza cuando ve peligro real: "Y entonces don Quijote, en lugar de defender a su escudero, sale huyendo sin ninguna dignidad. […] Es un acto de miserable cobardía, la prueba de que su presunto heroísmo no es más que un simulacro, una impostura". Lo define como un ser idealista y ególatra cuyo delirio de grandeza adquiere proporciones gigantescas, pero añade que "lo que salva a don Quijote no son sus presuntos ideales, caballerescos o justicieros, sino su fondo de bondad y candidez".

Muñoz Molina sabe que don Quijote es un personaje lleno de contradicciones internas. Y lo es mucho más para un lector como él, que ha leído el Quijote innumerables veces. El Quijote, y con ello don Quijote, varía de una lectura a otra. Cada nueva lectura presenta a un don Quijote diferente del anterior o de los anteriores. Y en el mismo libro de Cervantes hay, deliberadamente, contradicciones sobre la verdadera personalidad de don Quijote. Es cuerdo y loco a la vez, valiente y cobarde, humilde y ególatra, fuerte y débil, ingenuo y sagaz. De ahí que Muñoz Molina, que lo conoce bastante bien, lo haya descrito tal cual es: con sus contradicciones evidentes. Nadie mejor que él mismo lo puede decir: "don Quijote va cambiando casi a cada línea, unas veces cuerdo, otras loco, otras colérico, otras apacible, otras cordial y generoso". Don Quijote es eso y mucho más. Porque don Quijote como personaje es perfecto pero como persona es humano. Es el más grande de los personajes literarios, y es el favorito de legiones de lectores. Es imposible no ser su amigo. Muñoz Molina, como tantos otros, ha sido también su amigo de toda una vida. Y eso queda demostrado en El verano de Cervantes, un libro magnífico, alentador y de fácil lectura, que invita, según sea el caso, a leer o releer el Quijote.

José Agustín Grullón

Abogado y escritor

José Agustín Grullón Nació en La Vega, República Dominicana, pero reside en Santiago de los Caballeros desde hace más de una década. Es licenciado en Derecho por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) y agrimensor por la Universidad Abierta para Adultos (UAPA). Cursa además un postgrado en Legislación de Tierras. Ha cursado algunos diplomados sobre Derecho Inmobiliario, Bienes Raíces, Topografía y Derecho Sucesoral. Como escritor ha publicado el libro de cuentos Las ironías del destino (2010).

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