En otros artículos, ya hemos hablado de los inicios del libro, de los materiales que sirvieron para conservar la palabra y de cómo la humanidad fue preservándola para mantener viva la memoria histórica. Esta serie de ensayos se basa en los orígenes del libro y en la investigación recogida en la obra El infinito en el junco, de Irene Vallejo. Ediciones Siruela, S. A.

Ahora podríamos preguntarnos:

¿Qué ocurría antes del libro?

¿Cómo se conservaban esas ideas que hoy plasmamos en pantallas e imprimimos en papel?

¿Cómo se mantuvo la memoria viva durante siglos?

Una lira.

La oralidad era el fundamento de la transmisión del conocimiento que usaban los aedos para dar a conocer la historia a través de los cantos, composiciones, poemas y expresiones populares; se aprendían de memoria para repetirlos una y otra vez. También los rapsodas unían y repetían diferentes poemas o cantos. En ese tiempo, las copias o plagios no formaban parte del vocabulario de los aedos, que eran los creadores originales; todos podían usarlas e incluirlas en otras versiones o en sus propias composiciones.

A lo largo de la historia, el ser humano ha enfrentado toda clase de contingencias, pero siempre ha encontrado la manera de adaptarse. En esos siglos previos a los libros, en ausencia de escritura, las sociedades estaban obligadas a mantener vivas su historia, sus leyes y su cultura. Eran sociedades orales que siempre estaban amenazadas por el olvido al que se enfrentaban para mantenerlas.

Atletas del recuerdo

Alguien podría preguntar: ¿Cómo era posible memorizar relatos que duraban ocho o diez horas recitándolos, cantándolos o declamándolos? En ese sentido, Irene Vallejo nos dice: «Entrenaban la memoria hasta expandir al máximo su capacidad; eran atletas del recuerdo en lucha con sus propios límites» (pág. 129).

Ellos notaron que el lenguaje rítmico era más fácil de recordar, y por eso usaron el hexámetro y otros versos poéticos. Probablemente de esa necesidad nació la poesía. El ritmo, la repetición, la melodía encarnada en la palabra abrían un espacio que se mantenía fijo en la memoria. Así lo expresa la autora: «El ritmo no es solo un aliado de la memoria, sino que es también un catalizador de nuestros placeres: la danza, la música y el sexo juegan con la repetición, el compás y la cadencia» (pág.129).

Los poetas épicos conservaban en la mente los episodios pasados: «ellos —como libros de carne y hueso, vivos y palpitantes, en tiempos sin escritura y, por tanto, sin historia— impedían que todas las experiencias, las vidas y el saber acumulado acabasen en la nada del olvido» (pág.123). Era una batalla continua; la memoria desempeñaba un papel decisivo: almacenaba esas repeticiones como libros intangibles y respondía a las necesidades que le ordenaba el cerebro adiestrado de cada bardo, aedo o rapsoda. Principalmente, en la mente de estos tres personajes residía la memoria histórica de los pueblos. Esos cantos se transmitían de generación en generación y no dejaban morir el pasado convertido en historia.

Eran «aladas palabras». Viajaban a través de sonidos: la voz, el eco, el aire. Todo era efímero; solo la memoria era el soporte de todas las historias vividas. Los bardos, los aedos y los rapsodas eran libros andantes; llevaban en ellos las experiencias acumuladas, las leyendas, los cuentos, en fin, la cultura de un pueblo.

Resistencia a lo nuevo

Papiro.

En el mundo antiguo, la oralidad se había convertido en una verdadera zona de confort. El ser humano se resiste al cambio sin analizar los beneficios que pudieran generar al conocer otras alternativas. Esa resistencia al cambio sigue siendo común en nuestros días. Al aparecer el papiro como solución a las «aladas palabras», hubo resistencia al uso de esa innovadora metodología que daría un salto y un giro determinante a la manera de concebir y conservar la historia de la humanidad.

Antes, las palabras volaban de canto en canto; ahora quedarían cristalizadas en un material, y era necesario, entre tantas, elegir la mejor versión. Con la aparición del papiro surgió la necesidad de fijar una versión estable de los poemas La Ilíada y La Odisea, de Homero, de los que, durante siglos, entre los aedos y rapsodas, habían circulado múltiples variantes orales.

Aun con la transformadora metodología en pie, Sócrates se negó a poner por escrito sus enseñanzas, pero no solo él, sino también pensadores como Pitágoras, Diógenes, Buda, entre otros, se abstuvieron de escribir. El paso de la oralidad a la escritura fue tan lento que tardó siglos en adaptarse a su nueva casa. Incluso, Sócrates se resistió tanto que «acusaba a los libros de obstaculizar el diálogo de ideas, porque la palabra escrita no sabe contestar a las preguntas y objeciones del lector» (pág.136).

Antes de que existieran el papiro, el pergamino o el papel, el primer libro fue el ser humano. Toda la historia de los pueblos: los poemas, las leyes y las creencias estaban en su memoria. La palabra escrita se mantiene como símbolo de la eternidad y, como hermana gemela, la oralidad sigue moviendo, musicalizando y dándole vida a las palabras.

Josedespinosa@gmail.com

José D. Espinosa Féliz

Ingeniro y escritor

José D. Espinosa Féliz es ingeniero civil, escritor, conferencista. magister ejecutivo en gestión de proyectos. Tiene especialidad en Alta Gerencia, diplomados en relaciones públicas, en maestría de ceremonias y en oratoria. Además, es Locutor profesional. Por más de veinte años ha sido articulista de temas técnicos, sociales y políticos. Libros publicados: Fundamentos básicos y guía en la construcción de carreteras, El éxito integral, una obra de autoayuda; A corazón abierto, libro de poemas; La extraña obsesión de Waldo Tenerife, (Novela); Héroes en tiempos de coronavirus (cuentos, Decisiones extremas (novela); “Espermatozoides con inteligencia artificial” (cuentos) y “Olor a ti” (poemas). josedespinosa@gmail.com

Ver más