Ángela Figuera Aymerich es una poeta que se levanta con voz propia en medio de dos figuras imponentes de la posguerra española: Gabriel Celaya y Blas de Otero. Juntos conformaron el célebre e inevitable «Triunvirato de la Poesía de Posguerra». He aquí un umbral paradigmático para examinar el destino de la escritura femenina.
Aunque podría afirmarse que Figuera es el reflejo de la mujer literata de ayer, incluso de épocas anteriores a su propio nacimiento, lo es también de la de hoy y de siempre; su producción lírica proyecta el clamor de la conciencia femenina con un calado de indiscutible originalidad. No obstante, esa voz quedó inexplicablemente relegada a un segundo plano (Quance, 2009: 16). El presente texto pretende vindicarla, permitiendo que rujan los versos y la tinta indeleble de esta autora, madre, confidente y creadora, demostrando que su legado trasciende con creces el foso del olvido donde se la intentó sepultar.
A lo largo de su trayectoria, sus obras maduraron al unísono con su vivencia existencial. En ellas confluyen el existencialismo, la lucha de clases y el decisivo sesgo de la poesía social, concebida como un estallido simultáneo de desesperación y esperanza. El año 1948 marcó un hito fundamental en su biobibliografía con la aparición de dos de sus poemarios más relevantes: Mujer de barro y Soria pura. Posteriormente, verían la luz Vencida por el ángel (1950), El grito inútil (1952), Los días duros (1953) y la consagratoria Belleza cruel (1958). Su repertorio de madurez se consolidaría en 1962 con Tocar la tierra, volumen que incorpora sus agudas Letanías.
Mujer de barro constituyó su órbita fundacional, pero nació bajo el signo de la mutilación. El libro abordaba una dimensión erótica inédita para los cánones de la época, y resultaba intolerable que procediera de una enunciación femenina. Publicar bajo la dictadura franquista no era un camino llano; por el contrario, propiciaba la persecución ideológica. La censura oficial se ensañó con este volumen, del cual solo se permitieron lecturas restrictivas. La guillotina crítica del momento despachó la obra con dictámenes punitivos:
«Poesía en verso. Escasa calidad literaria. Alarde inmoral en páginas: 6, 11, 15, 17, 19, 20, 23, 25, sobre erotismo impúdico, más acusado por tratarse de versos de una mujer» (L. Montejo Gurruchaga, 1996).
Ángela Figuera no era ajena a este cerco moral. En una misiva dirigida a Blas de Otero en diciembre de 1949, confiesa con amargura y lucidez:
«No sé si le dije que a mi Mujer de barro me la mutilaron en su primera parte casi íntegra. ¡Qué inefable pudor! Menos mal que, como la rigidez de las leyes sólo iguala a la vanidad de los que las aplican, una buena influencia aplicada a tiempo dejó salir mi libro íntegro. Íntegro; si no, no lo publico»¹.
Tras sortear los embates de la censura, la autora edita Soria pura, un cuaderno que logró eludir el veto institucional bajo el marbete de «nada censurable». Sin embargo, cabe preguntarse qué subyace en este libro. Tomemos como eje el poema «Cañaveral»: en él late un erotismo de plasticidad vanguardista entrelazado con una severa crítica social. Este último factor es, paradójicamente, el que desvía la mirada del censor. En «Cañaveral» se revela una poeta de hondo calado que poetiza la opresión del dominador colonial sobre el sujeto afrodescendiente, denunciando el abuso del poder hegemónico:
Entre las cañas tendida; sola y perdida en las cañas. ¿Quién me cerraba los ojos, que solos, se me cerraban?
¿Quién me sorbía en los labios zumo de miel sin palabras? ¿Quién me derribó y me tuvo sola y perdida en las cañas? ¿Quién me apuñaló con besos el ave de la garganta? ¿Quién me estremeció los senos con tacto de tierra y ascua? ¿Qué toro embistió en el ruedo de mi cintura cerrada? ¿Quién me esponjó las caderas con levadura de ansias? ¿Qué piedra de eternidad me hincaron en las entrañas? ¿Quién me desató la sangre que así se me derramaba? … Aquella tarde de julio, sola y perdida en las cañas.
Al desglosar las estrofas, versos como «¿Quién me cerraba los ojos, / que solos, se me cerraban?» o «¿Quién me sorbía en los labios / zumo de miel sin palabras?» patentizan la asimetría entre la fuerza del opresor y la vulnerabilidad de la víctima, quien asume al victimario como una deidad de la que emana lo absoluto. El rapto lírico prosigue: «¿Quién me derribó y me tuvo / sola y perdida en las cañas?», constatación explícita del ultraje. Al inquirir «¿Quién me apuñaló con besos / el ave de la garganta?», Figuera alegoriza la amputación de la libertad intrínseca de la mujer, hiriendo la facultad de la expresión misma. Es la inocencia vulnerada por la impiedad histórica. Asimismo, la sugerente interrogante «¿Qué toro embistió en el ruedo de mi cintura cerrada?» metaforiza el alumbramiento del mestizaje forzado, mientras que «¿Qué piedra de eternidad / me hincaron en las entrañas?» y el desenlace lírico consuman el vacío existencial provocado por la deshumanización. Los puntos suspensivos iniciales sugieren un flujo de verdades contenidas, y la mayúscula en «Julio» desmarca el mes de la mera temporalidad cromática para erigirlo en efeméride dolorosa e histórica.
Por su parte, Belleza cruel sufrió un calvario editorial; concluido en 1955, su publicación se dilató tres años. La correspondencia de la autora transparenta este asedio ambiental:
«Tengo casi acabado un libro, Belleza cruel, que me piden para dos colecciones. Aún no sé lo que haré. Tal como están las cosas lo habría de podar bastante y se me iba a quedar muy esquelético. Si pasa algo de tiempo…» (Correspondencia de Ángela Aymerich, 1955).
Figuera, represaliada tras la contienda civil, utilizó la ironía de este poemario como una armadura frente al dogmatismo. Versos como «Dadme un corazón de barro / Dadme unos ojos de diamante enjuto, / Boca de amianto, congeladas venas… / Quiero dormir a gusto cada noche» sintetizan el anhelo de insensibilidad defensiva ante el horror cotidiano, una capitulación lúcida que se expande líneas más abajo: «Porque es lo cierto que me asusta verme / las manos limpias persiguiendo a tontas / mis mariposas de papel o versos (…) pero ahora estoy aquí mordiendo el polvo, / y me confieso y pido a los que pasan / que me perdonen pronto tantas cosas».
A modo de conclusión, se evidencia cómo Ángela Figuera Aymerich se vio forzada al repliegue ético y estético, un destino compartido por tantos creadores malditos por el poder. Al final, sus grafías dinamitaron los diques de lo permitido. Nos queda la legítima sospecha de si su Mujer de barro permanece aún amputada o si las alas de la joven de «Cañaveral» fueron definitivamente truncadas. Pese a los silenciamientos y a los «días duros» impuestos por la historia, la posteridad demuestra que su Grito inútil devino en eco fértil: su poesía ha tocado tierra y continuará sacudiendo los confines del firmamento literario.
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Referencias
Figuera, Á. (1949, 21 de diciembre). Carta a Blas de Otero [Correspondencia epistolar inédita]. Archivo familiar y epistolario de la autora.
Figuera, Á. (1955). Correspondencia personal sobre la edición de Belleza cruel
Montejo, L. (1996). Discurso de la censura franquista en la poesía española de posguerra. Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
Quance, R. (2009). Entre el encanto y el aburrimiento: Poesía de mujer en los años cincuenta. Ínsula: Revista de Letras y Ciencias Humanas, (746), 15-18.
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