Después de un cuarto de siglo, he vuelto a leer Tres mujeres, de Robert Musil. La lectura de Tonka, el más conmovedor de los tres relatos, me produce siempre la misma quemadura, el mismo escozor de relámpago. En él, Musil no se limita a narrar la sospecha de un hombre ante el embarazo de su compañera: convierte esa sospecha en el síntoma de una época que ha dejado de creer sin pruebas. El núcleo del relato no es la posible infidelidad, sino el gesto que la enmarca. Ante la duda, el amante se transforma en una especie de fiscal.
La duda deja entonces de ser una herida y se convierte en un procedimiento. El amante ya no ama: instruye un sumario, reúne indicios, sopesa pruebas.
Musil escribe en la estela de la Viena finisecular, atravesada por la crítica de Friedrich Nietzsche y por la revolución psicoanalítica de Sigmund Freud. Sin embargo, su posición es singular. No se dedica, como Nietzsche, a desenmascarar valores ni, como Freud, a interpretar síntomas ocultos; somete la conciencia a una exigencia de precisión. Ingeniero de formación, obsesivo de la forma, Musil construye una prosa en la que cada frase parece haber sido verificada. En Tonka, esa voluntad de exactitud revela su lado más inquietante.
El protagonista es un hombre entregado a la investigación científica. Su mentalidad apenas tolera las zonas de sombra: toda hipótesis debe ser contrastada, toda anomalía explicada. Cuando llega a la conclusión de que «en lo práctico la probabilidad de que él no fuera ni el padre del niño de Tonka ni el causante de su enfermedad era igual a una certeza», el relato alcanza uno de sus puntos de mayor tensión. El amor deja de ser experiencia para convertirse en inferencia. La probabilidad ocupa el lugar de la confianza y termina por erosionarla.
Lo inquietante es que el razonamiento resulta impecable. Musil no caricaturiza la lógica; al contrario, la deja desplegarse hasta sus últimas consecuencias. El lector comprende el encadenamiento de los indicios, la coherencia interna de la sospecha. Y, sin embargo ,algo se resiste. Tonka comparece ante ese tribunal racional con una defensa imposible: «Échame si no me quieres creer». No puede ofrecer razones médicas ni filosóficas; solo la verdad de su persona. Su inocencia —si lo es— pertenece a un orden que no admite verificación.
En el derecho moderno, toda acusación se enfrenta a un principio fundamental: la presunción de inocencia. Corresponde al acusador demostrar la culpabilidad. En Tonka ocurre lo contrario. La sospecha instala desde el comienzo una culpabilidad que exige ser desmentida. Pero ¿cómo refutar aquello que no puede probarse en ningún sentido? Esa inversión de la carga de la prueba constituye uno de los núcleos trágicos del relato.
«Tan igual a sí misma permanecía Tonka, tan simple y tan transparente era, que uno podía creer estar teniendo una alucinación». La frase condensa el verdadero escándalo del relato. La transparencia se vuelve inverosímil. En una cultura que asocia profundidad con complejidad, la sencillez despierta sospechas. Tonka no exhibe doblez alguno y, precisamente por eso, resulta inasible. El protagonista no desconfía de una máscara; desconfía de la ausencia de máscara.
Es aquí donde el relato adquiere su dimensión ética. El amante que exige pruebas no aparece como un tirano, sino como un hombre razonable. Pero esa razonabilidad tiene un costo. Al aplicar al vínculo amoroso el modelo de la investigación, introduce una forma casi imperceptible de violencia: transforma a la persona amada en un caso, en un problema, en un expediente. La cuestión no es solo si Tonka ha sido infiel. Es si el amor puede sobrevivir allí donde la confianza ha sido sustituida por la exigencia de verificación.
La asimetría se manifiesta también en el plano erótico. El narrador observa que él la amaba «porque no la amaba», porque Tonka no excitaba su alma, sino que la «enjuagaba al ras como agua fresca». No hay exaltación romántica, sino reposo, alivio. Y, sin embargo, esa calma no genera seguridad, sino una inquietud difusa. Cuando se pregunta si Tonka «se estaba regalando», el relato deja aflorar un reproche que no llega a formularse del todo: la lucidez puede convertirse en una forma de apropiación del otro.
Más adelante, la enfermedad de Tonka desplaza el conflicto al ámbito institucional. «Médicos, exámenes, disciplina: ella había sido capturada por el mundo y atada sobre una mesa». El cuerpo femenino se convierte en objeto de diagnóstico. La racionalidad técnica lleva al extremo un movimiento ya presente: la reducción de una persona a problema. Paradójicamente, esa captura resulta intolerable para el protagonista, como si la realidad clínica desmintiera el mito privado que había construido. «Quizá la fuerza de Tonka era demasiado escasa, ella seguía siendo un mito a medio nacer». La frase revela menos a Tonka que a quien la contempla, incapaz de habitarla sin interpretarla.
En este punto, la afinidad con algunos problemas que más tarde articularán Jean-Paul Sartre y Albert Camus se vuelve visible. No hay fundamento último que garantice la decisión. Pero Musil añade un matiz decisivo: la conciencia no solo es libre y angustiada; también puede volverse excesiva. «El reloj en la pared estaba más cerca de la vida que los pensamientos». El tiempo sigue su curso mientras la conciencia multiplica hipótesis que no resuelven el problema, sino que lo prolongan. Pensar demasiado no aclara: a veces solo aleja.
La ambigüedad final —¿muere Tonka?, ¿sobrevive el niño?— no responde a un capricho formal. Es la consecuencia de una poética que desconfía de los veredictos. Después de haber llevado hasta el límite la sospecha, la prueba y la verificación, el relato no podía cerrarse con una certeza. Hacerlo habría significado reinstalar la lógica que ha puesto en cuestión. La incertidumbre no es un defecto narrativo: es la forma misma en que Musil sostiene su pregunta.
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