El pasado martes 19 de mayo falleció nuestro querido maestro Don Enerio Rodríguez Arias, a quien conocí en el ámbito académico de la carrera de Psicología, aunque, irónicamente, conocía antes a su hijo Konrad Rodríguez Ortiz (fallecido), cuando compartíamos en el Colegio Dominicano De La Salle. Lo recuerdo como un joven meritorio tanto académicamente como en las relaciones humanas; la disciplina, la estabilidad emocional, la humildad y la gentileza le caracterizaban. Solíamos practicar béisbol semanalmente en el equipo del colegio, antes de él terminar el bachillerato.
Ese equipo lo organizaba el señor Alfredo Montes de manera voluntaria, uno de los padres de familia del colegio, quien lo hacía con mucha pasión y entusiasmo, modelando en nosotros el compromiso y la alegría necesarios para el deporte que se practica con respeto y disciplina. Eran encuentros que se hacían, aun cuando estuviese lloviendo, en las promociones de los años 1990-1993.
Hablar de Don Enerio me lleva espontánea y naturalmente a hablar de esos años, de su hermosa familia, de su esposa doña Lidia Ortiz y sus hijos Jenny y Konrad; recordarle me hace caer en cuenta, como educador, de que hay que recalcar y seguir dando a conocer la importancia de transmitir amor a los hijos a través del tiempo que les dedicamos, del acompañamiento que les damos y de la cercanía que les brindamos, en esta interacción de padre a hijo, cada quien desde su rol, porque de esa manera colaboramos en la estructuración e integración de una personalidad sana.
Hay un refrán que se aplica para muchos profesionales de diversas áreas, que dice: “En casa de herrero, cuchillo de palo”. Sin dudas, inaplicable para la familia de Don Enerio. Valorando su experiencia como padre desde fuera del entorno familiar, en la interacción que tuve con su hijo, puedo ahora recordar y entender cuando un amigo, a esa edad, tiene un papá presente en su vida.
Como padre, y aun siendo profesional de la psicología, tratando de empatizar sin perder objetividad, me resulta difícil comprender el impacto de la muerte de un hijo; sí sé que ese duelo se podrá vivir de forma resiliente, dependiendo de cómo haya ocurrido, cómo se interprete, el significado que se le pueda dar a la pérdida y la capacidad personal para asimilarla.
Lo cierto es que esa experiencia dolorosa e inherente a nuestra condición humana, aunque hizo que Don Enerio redujera su actividad docente en otras universidades, no así en la UASD, lo cual hace más admirable su figura como maestro, porque continuó con la misma pasión por enseñar, el mismo ánimo para ayudar y el mismo rigor para impartir docencia.
La mayoría de los estudiantes que fuimos alumnos de Don Enerio y que hoy somos docentes afirmamos que fue el testimonio y modelo de cómo la motivación y el compromiso de un maestro también entusiasman y comprometen al estudiantado a dar lo mejor, lo que acentúa su vida de maestro como un real ministerio-vocación.
Sobre su memoria continuaremos abundando en la próxima entrega.
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