Leer Dentro del bosque, de Ylonka Nacidit-Perdomo, es internarse en un territorio donde el lenguaje deja de ser un medio expresivo para convertirse en acontecimiento. No se trata de una simple colección de textos, sino de una experiencia de escritura donde la palabra se piensa a sí misma mientras crea mundo.
El libro se articula en veinte soliloquios que configuran una poética de la interioridad. Esta elección formal no es arbitraria. El soliloquio funciona como espacio de autoconfrontación y de diálogo interior, donde la conciencia se desdobla para interrogarse. Cada texto opera como un gesto inaugural: la voz que habla consigo misma no describe una realidad previa, sino que la convoca.
Desde esta perspectiva, el lenguaje adquiere un carácter fundacional. No remite a un orden externo, sino que instituye su propio sistema de sentido. La imaginación nace en un ámbito anterior al lenguaje y se proyecta hacia la materia simbólica. El discurso poético no representa: crea. El mundo del poema se edifica desde la interioridad.
Uno de los ejes más significativos de la obra es el tratamiento del símbolo. En Dentro del bosque, el símbolo deja de ser un recurso ornamental para convertirse en materia primordial. Cuando el viento “se hace azar en la apoteosis del símbolo”, lo natural y lo emocional se transforman en una fuerza abstracta que inaugura sentido. La imagen poética no decora: funda una realidad alternativa.
No se recuerda lo perdido: se inventa desde la pérdida. El recuerdo se convierte en un acto creativo que reconfigura la experiencia.
Esta lógica simbólica remite a una temporalidad arcaica, cercana a los mitos de origen. Las referencias a los puntos cardinales, a la arcilla y a los santuarios inscriben el texto en una cosmovisión primigenia. El cielo aparece como “una enorme vasija de la vida”, un espacio contenedor del cual el día emerge como rito. El símbolo no explica el mundo: lo vuelve habitable desde la intuición.
La voz poética oscila entre lucidez y ensoñación, y en esa tensión se sostiene el pulso del libro. La lucidez delimita el territorio; la ensoñación lo habita con imágenes perturbadoras. Entre ellas destaca el ángel que llora desnudo, figura que encarna la imposibilidad de un equilibrio perfecto entre espíritu y materia. Lo inacabado se impone aquí como condición esencial de la existencia.
Otro eje fundamental es la memoria, concebida no como archivo, sino como potencia creadora. La ausencia no aparece como carencia, sino como condición de posibilidad. No se recuerda lo perdido: se inventa desde la pérdida. El recuerdo se convierte en un acto creativo que reconfigura la experiencia.
El bosque del título puede leerse como metáfora de la conciencia: una espesura donde el lenguaje abre senderos hacia un centro que es, al mismo tiempo, vacío y fértil. Caminar ese bosque no conduce a respuestas definitivas, sino a una intensificación de la pregunta.
Dentro del bosque propone, en suma, una experiencia de lectura donde la reflexión filosófica se transforma en vivencia sensorial y la ensoñación en forma de conocimiento. Su lenguaje, de abierta vocación interrogativa, no clausura el sentido: lo expande. En estas páginas, el poema se afirma como el lugar donde el enigma respira y la palabra, al pensarse, crea mundo.
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