Hace aproximadamente dos años, al reencontrarme con una idea que había quedado en suspenso, volví mentalmente al momento en que leí por primera vez «Rayuela», de Julio Cortázar, y a la impresión profunda que me produjo su célebre entrevista con Joaquín Soler Serrano en el programa «A Fondo» de Televisión Española. Rayuela es una novela concebida para ser leída de múltiples maneras, una obra que quiebra deliberadamente la linealidad tradicional del relato y convierte la lectura en una experiencia activa. Puede abordarse de forma clásica, del capítulo 1 al 56, siguiendo una narración relativamente continua, o bien a través del llamado «Tablero de dirección», que propone iniciar en el capítulo 73 y avanzar mediante saltos no lineales que integran los capítulos denominados prescindibles. Esta segunda vía construye una experiencia fragmentaria, reflexiva y abierta, en la que el sentido no se ofrece de antemano, sino que se configura a partir del recorrido elegido por el lector.

Más allá de estas dos rutas principales, «Rayuela» admite una lectura libre y personal, en la que el lector decide su propio itinerario; relee, omite, combina fragmentos y reorganiza el texto, convirtiéndose en un participante activo de la obra. De este modo, la novela no solo cuenta una historia, sino que propone una verdadera poética de la lectura, el lector deja de ser un receptor pasivo para transformarse en cómplice y coautor del juego narrativo que Cortázar pone en marcha.

Fue entonces cuando surgió la pregunta que daría origen a mi búsqueda; ¿es posible hacer algo semejante en la poesía?, ¿puede escribirse un poema que admita múltiples lecturas, recorridos y sentidos? Desde ese cuestionamiento, y reconociendo mis propias limitaciones y desconocimientos en relación con la literatura dominicana y universal, comencé a trabajar una idea que, con el tiempo, se convertiría en una exploración sostenida sobre las posibilidades estructurales y conceptuales del poema la «Estratopoesía» o escritura por capas.

Hace unos días, aprovechando los momentos de ocio propios de las festividades navideñas, decidí llamar a mi buen amigo Ángel Concepción (Yeyé), a quien considero uno de los intelectuales que con mayor profundidad ha leído y reflexionado sobre la literatura y la dramaturgia en este país, para compartirle la idea que venía madurando. Con la paciencia y generosidad que lo caracterizan, Yeyé me escuchó atentamente y, a partir de esa conversación, me habló con detalle del Movimiento Pluralista impulsado por Manuel Rueda, así como de sus experimentos poéticos y de su búsqueda constante de renovación estética.

Me relató, además, que había participado en una conferencia ofrecida por Rueda en 1974 en la Biblioteca Nacional, titulada Claves para una poesía plural, en la que el autor expuso los fundamentos de una poética inspirada en corrientes como la poesía concreta y los caligramas, pero orientada hacia una transformación más profunda del hecho poético. Según me explicó, el Movimiento Pluralista se configuró como una propuesta experimental que integraba elementos gráficos, musicales (incluidos pentagramas), tipográficos y cromáticos, con el propósito de crear una experiencia poética multidimensional. Esta concepción rompía con la linealidad tradicional del verso y otorgaba al lector un papel activo en la construcción del sentido, al fusionar música, artes plásticas y literatura para expandir radicalmente las posibilidades expresivas del poema.

La conversación concluyó con el compromiso, de mi parte, de buscar el manifiesto del Movimiento Pluralista, así como la obra de Manuel Rueda, incluyendo el poema «Con el tambor de las islas», pieza fundamental dentro de su propuesta estética. En dicho poema se desarrolla el concepto innovador de los «pluralemas», una exploración de nuevas formas poéticas y sonoras que, al mismo tiempo, evoca tradiciones musicales folclóricas de distintas islas —como Canarias, Brasil y Chagos— donde el tambor ocupa un lugar central en la expresión cultural y en la preservación de la memoria histórica. Para facilitar esta búsqueda, mi amigo tuvo la gentileza de proporcionarme un valioso libro en formato digital que recoge de manera sistemática los principales planteamientos del movimiento.

Tras la lectura y el análisis tanto de los fundamentos teóricos como de las obras representativas del Movimiento Pluralista, debo reconocer la existencia de un punto de convergencia esencial entre dicha propuesta y los planteamientos que sostengo en la «Estratopoesía», la ruptura con la linealidad tradicional. No obstante, la «Estratopoesía», aun propugnando por esa ruptura, no elimina por completo la linealidad, sino que la asume como punto de partida; es precisamente desde la linealidad que emerge la no linealidad, en un proceso dialéctico que tributa simultáneamente a ambas. En las próximas tres entregas presentaré, en un primer trabajo, la obra de Manuel Rueda y del Movimiento Pluralista, junto con sus características y aportes; en una segunda entrega, los planteamientos, composiciones y rasgos distintivos de la «Estratopoesía»; y, finalmente, en una tercera, un análisis comparativo que aborde las características, similitudes, diferencias, fortalezas y debilidades de ambos en

Esteban Tiburcio Gómez

Investigador y educador

El Dr. Esteban Tiburcio Gómez es miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Licenciado en Educación Mención Ciencias Sociales, con maestría en educación superior. Fue rector del Instituto Tecnológico del Cibao Oriental (ITECO), Doctor en Psicopedagogía en la Universidad del País Vasco (UPV), España. Doctor en Historia del Caribe en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), entre otras especializaciones académicas.

Ver más