El espacio público no es para el público. Es parte de la realidad de vivir en el Distrito Nacional. Compartir fuera de casa, crear comunidad, generalmente solo se puede hacer en espacios específicos debido a lo hostil que puede ser la arquitectura y, por extensión, el clima de la ciudad. Por tanto, aquel que quiera convivir con los demás debe gastar. Esta realidad ha sido explorada por sociólogos y antropólogos, pues esta dinámica social excluye a muchos de gran parte de la vida en sociedad y aísla a las personas, provocando crecientes índices de depresión y tristeza.

El baile ha sido parte fundamental de la cultura dominicana desde su cuna. Antes de que llegaran los españoles y los africanos, el areito era un principal medio de vida en comunidad. Los miembros de las tribus se reunían y bailaban junto a la voz del behique, quien contaba las historias de su pueblo. La definición exacta de qué era el areito no fue conocida por los cronistas, pero lo que sí sabemos es que era una forma de canto, danza y transmisión de historias.

Las diferentes etnias africanas esclavizadas en La Española también trajeron sus propias tradiciones. Trajeron sus músicas, sus instrumentos, sus ritmos, sus bailes. Al igual que en la sociedad taína, el baile fue parte fundamental de la cultura de estos pueblos. No eran solo ceremonias religiosas, eran una forma de hacer sociedad.

Estas tradiciones se mezclan y fusionan con los ritmos e instrumentos europeos para darnos un sincretismo musical que ha sido considerado la base de la dominicanidad. Pero algunos se olvidan de que con ese ritmo viene el baile. El baile social es un fenómeno que ha existido en todas las culturas de una forma u otra, pero no podemos negar que su iteración más popular es la que nace de la unión de culturas que ocurre en nuestro continente.

Es normal ver gente bailando bachata y merengue en un colmado a cualquier hora del día. El baile no es solo parte de nuestra historia y cultura, sino de nuestra forma de hacer vida, como lo fue para tantos de nuestros antepasados. Pero mientras más crece la ciudad, más relegadas se ven estas prácticas a espacios particulares, espacios que no permiten el acceso público: bares y discotecas donde no todos pueden realmente disfrutar de nuestras raíces bailadoras.

Entra el Finetazo. Lo que comenzó como una iniciativa de un par de músicos de Fineta Records se ha convertido en uno de los eventos más importantes de la capital. El Finetazo toma espacios como la Plaza de España en la Zona Colonial o la Bolita del Mundo en el Centro de los Héroes y los convierte en pistas de baile abiertas para todo público, donde hombres, mujeres, niños y niñas de todos los estratos de la sociedad pueden disfrutar de la tradición musical caribeña que tanto nos caracteriza y bailar.

El Finetazo, más allá de ser un evento para divertirse, es un intento concreto de satisfacer la necesidad que todos tenemos de vivir y disfrutar en comunidad, compartiendo nuestra cultura unos con otros y permitiéndonos conectar a través del baile. El baile social —bachata, merengue, salsa, etc.— es un medio de conexión. Por algo se baila en pareja. Existe una intimidad irremplazable que se crea al sintonizar nuestros movimientos, respiración y ritmos con otra persona a través de la música.

La forma en que se ve un lugar y lo que la gente hace ahí son factores que crean su identidad. Cada vez más, nos encontramos con lugares sin identidad, espacios públicos que son diseñados no para convivir en ellos, sino para servir como puntos de transición de un lugar a otro. El antropólogo francés Marc Augé llama a estos espacios “no lugares”. Espacios homogéneos, iguales, donde no podemos satisfacer nuestra actividad humana. Esto elimina las conexiones que podríamos crear con ellos y las memorias significativas que nutren nuestra propia identidad. Este concepto describe generalmente lugares como hospitales, aeropuertos, centros comerciales y oficinas. Lugares que, una vez que ves uno, los has visto todos. En este caso, también describe plazas, calles y parques que no fueron diseñados con la gente en mente. Al final del día, la identidad de un lugar le es dada por la gente que lo visita y que realiza sus actividades en él.

El Finetazo toma estos no lugares y les da la posibilidad de ganar identidad propia. Esa plaza donde no se hacía nada deja de ser “la que está de camino a mi trabajo” y se convierte en “donde bailé muchísimo con mi pareja” o “donde conocí a tantos nuevos amigos”.

El Finetazo recupera los espacios públicos porque los fuerza a convertirse en más que simples lugares ambulatorios donde la actividad humana es penalizada. Los convierte en espacios de convivio común. Los convierte en espacios donde las personas podemos vivir sin que exista la expectativa de gastar dinero o de conformarnos frente a un estándar de apariencia específico. Hay personas que van al Finetazo y no bailan, solo se sientan a hablar y compartir. Eso es parte del encanto. El hecho de que el espacio motive a la interacción humana.

El 9 de mayo de 2026, el Finetazo se celebró en la Bolita del Mundo, un monumento entre la Avenida Enrique Jiménez Moya y la 30 de Mayo, en el Centro de los Héroes. Este espacio era un no lugar. Ciertamente tenía un grado de identidad, como la tienen todos los monumentos, pero no había actividad ahí. Nadie iba a hacer nada, ya que no hay infraestructura que facilite el convivio. No hay sombra, hace calor, hay pocos bancos. Es un lugar donde la mayoría de los capitaleños no tienen memorias. Algo que está ahí y ya. Hasta ese sábado 9 de mayo. De repente, la Bolita del Mundo no solo está ahí: es donde un joven bailó bachata con una doñita, donde Letón Pé prendió a la multitud, donde se bailó de a duro, donde viejos amigos se reencontraron y compartieron un abrazo por primera vez en años. Estas memorias son importantes porque nos conectan a la ciudad. Y eso lo hizo el Finetazo.

Si no has ido aún a este evento, te invito a hacerlo. Si ya has ido, vuelve. Si planeas ir, invita a tus amigos y familia. El baile nos permite conectar con nuestras raíces como caribeños, con los lugares en nuestra ciudad y, más importante, con las personas que nos rodean. Todos queremos estas conexiones, solo necesitamos un lugar que nos permita hacerlas. Los urbanistas públicos han ignorado esto, y le ha tocado a un par de músicos de la salsa hacer un esfuerzo por remediarlo.

Lessing Abdías Pérez

Licenciado en lengua y literatura

Lessing Abdías Pérez es un egresado de la Licenciatura en Lengua y Literatura orientada a la Educación Secundaria en la Pontificia Universidad Madre y Maestra. Ha demostrado un alto interés por el arte, educación, urbanismo, y las ciencias.

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