Mucho antes de que la radio y la televisión ocuparan las noches dominicanas, nuestros abuelos tenían una manera particular de contar el mundo. Alrededor de una lámpara de gas, en el patio de una casa o durante el descanso de una jornada campesina, las historias pasaban de una generación a otra. Había cuentos para entretener a los muchachos, relatos capaces de mantener despiertos a los adultos y advertencias sobre criaturas que supuestamente habitaban los montes, los caminos y las cañadas. La palabra reunía a la familia, transmitía experiencias y alimentaba una imaginación colectiva que todavía reconocemos en numerosas expresiones de nuestra cultura popular.

Ramón Emilio Jiménez comprendió el valor de aquel universo. En 1927 publicó Al amor del bohío, una obra dedicada a las tradiciones y costumbres dominicanas, cuya edición de 1929 amplió su circulación. Sus páginas recorren los matrimonios y bautismos campesinos, las juntas de trabajo, los velorios, las adivinanzas, los juramentos y numerosas prácticas de la vida rural. Jiménez no estaba escribiendo únicamente sobre las costumbres de su tiempo. También dejaba constancia de conocimientos y formas de convivencia que difícilmente habrían sobrevivido en los documentos oficiales.

Su trabajo nos recuerda que la tradición oral nunca estuvo limitada a los cuentos. Comprendía maneras de saludar, consejos familiares, expresiones de cortesía, creencias sobre la naturaleza y explicaciones populares para los acontecimientos cotidianos. El campesino que observaba el cielo para anticipar la lluvia, la comadre que transmitía un remedio aprendido de sus mayores y los vecinos que intercambiaban noticias durante una junta participaban de un mismo proceso de transmisión cultural. Entre aquellas manifestaciones, los cuentos ocupaban un lugar privilegiado. Algunos procedían de antiguas narraciones europeas; otros compartían personajes y argumentos con las tradiciones africanas y caribeñas. Sin embargo, los narradores dominicanos no se limitaban a repetir historias recibidas. Cambiaban los escenarios, incorporaban expresiones locales y modificaban los desenlaces según su experiencia y la reacción de quienes los escuchaban.

Sebastián Emilio Valverde examinó estas características en su estudio El cuento tradicional en la República Dominicana, publicado originalmente en 1952. Identificó la presencia de elementos españoles y africanos, así como las semejanzas entre personajes que circulaban por diferentes territorios del Caribe. Sus observaciones permiten seguir las transformaciones que experimentaron aquellos relatos al incorporarse a nuestra tradición. Juan Bobo y Pedro Animal representan dos personajes conocidos de ese repertorio. El primero suele aparecer como un individuo ingenuo cuyas acciones provocan situaciones disparatadas. El segundo se distingue por su astucia y su disposición a engañar para obtener ventajas. Ambos encuentran equivalencias en otras tradiciones caribeñas, particularmente en las narraciones haitianas de Bouki y Ti Malice. Las semejanzas entre estos personajes muestran cómo los cuentos atravesaron fronteras y adquirieron características propias en cada comunidad.

Las historias de Juan Bobo, los encuentros con la ciguapa, las advertencias sobre el bacá y las conversaciones alrededor de una botija pertenecen a una memoria que no siempre quedó escrita.

El narrador era tan importante como la historia. Su capacidad para introducir pausas, imitar voces, exagerar situaciones o sorprender a los oyentes determinaba buena parte del éxito de una velada. Una misma narración podía adquirir características diferentes según la persona que la contara. Los niños aprendían las historias escuchando, pero también descubrían cómo contarlas y cómo interpretar las intenciones de sus personajes.

Los cuentos de espantos y aparecidos ocupaban otro territorio de aquella imaginación. Su escenario habitual era el camino solitario, el monte oscuro, una vivienda abandonada o cualquier lugar donde la oscuridad y el silencio permitieran sospechar la presencia de algo desconocido. Las narraciones advertían sobre encuentros extraordinarios y, al mismo tiempo, expresaban temores relacionados con la muerte, la naturaleza y los límites del comportamiento humano. La ciguapa es uno de los personajes más conocidos de nuestro imaginario popular. Descrita generalmente como una mujer de larga cabellera y pies orientados hacia atrás, habita, según distintas versiones, en montes y parajes apartados. La posición de sus pies constituye uno de los elementos más característicos de la leyenda, pues sus huellas confunden a quienes intentan seguirla. Otras versiones destacan sus sonidos, su capacidad para atraer a los hombres y su resistencia a vivir en cautiverio.

La difusión de esta figura también alcanzó la literatura. El Diccionario histórico de la lengua española recoge referencias que documentan su presencia en distintas épocas, así como las variaciones de su descripción. No todas las comunidades contaban exactamente la misma historia. Algunas presentaban a la ciguapa como una criatura peligrosa; otras insistían en su carácter esquivo y en la imposibilidad de capturarla. El galipote pertenece a otra familia de relatos. Según la tradición, se trata de un ser capaz de transformarse en diferentes animales y adoptar apariencias destinadas a confundir o atemorizar a las personas. La Academia Dominicana de la Lengua ha estudiado el término y sus relaciones con el criollo haitiano, donde existen voces semejantes para designar criaturas fantásticas. Su presencia en ambas tradiciones constituye otro testimonio de los intercambios culturales de la isla.

El bacá, por su parte, aparece frecuentemente asociado con los pactos destinados a obtener riquezas. Las narraciones populares lo presentan bajo distintas formas animales y relacionan su posesión con compromisos sobrenaturales. Estas historias también expresaban las sospechas que podían despertar los enriquecimientos repentinos en comunidades donde las diferencias económicas estaban sujetas al escrutinio de los vecinos. Las botijas enterradas pertenecen a un universo semejante, aunque su protagonista no siempre sea una criatura fantástica. La posibilidad de encontrar dinero oculto, la aparición de señales durante la noche y las advertencias sobre las consecuencias de desenterrar determinados objetos dieron origen a numerosas narraciones. Ramón Emilio Jiménez incluyó las botijas entre los asuntos de Al amor del bohío, una muestra de la presencia que estas creencias tenían en la vida campesina.

No todos los relatos sobrenaturales estaban destinados exclusivamente a provocar miedo. Algunos funcionaban como advertencias para impedir que los niños salieran de noche, se acercaran a determinados lugares o desobedecieran las recomendaciones familiares. Otros ofrecían explicaciones populares para acontecimientos que sus protagonistas no podían comprender. Su permanencia dependía de la capacidad de cada narrador para relacionarlos con lugares, personas y circunstancias reconocibles.

La palabra también encontraba espacio en manifestaciones menos espectaculares. Las adivinanzas constituían un entretenimiento familiar y un ejercicio de ingenio que exigía observar los objetos cotidianos desde perspectivas inesperadas. Jiménez les dedicó un apartado de su investigación, reconociendo una práctica mediante la cual los adultos transmitían conocimientos mientras los niños desarrollaban su capacidad para interpretar las imágenes y los dobles sentidos del lenguaje. Los refranes cumplían una función diferente. Condensaban experiencias y opiniones populares en expresiones breves que podían utilizarse durante una conversación, una discusión familiar o una jornada de trabajo. “El que mucho abarca, poco aprieta”, “Más sabe el diablo por viejo que por diablo” y “Cuando el río suena, agua trae” forman parte de un repertorio compartido con otros países hispanohablantes. Su arraigo en la República Dominicana demuestra que una expresión no necesita haberse originado en nuestro territorio para integrarse a nuestras prácticas culturales.

Emilio Rodríguez Demorizi reunió numerosas expresiones de esta naturaleza en su Refranero dominicano, una contribución al estudio del lenguaje popular. Los refranes, sin embargo, no deben confundirse con verdades universales. Algunos reproducen prejuicios o concepciones sociales de las épocas en que circularon. También por eso merecen conservarse y estudiarse: permiten conocer las ideas que orientaban la convivencia, los conflictos y las relaciones entre generaciones. La tradición oral nunca fue una colección inmóvil de relatos antiguos. Cada generación recibió historias que podía modificar, olvidar o transmitir bajo nuevas formas. La llegada de los medios de comunicación transformó los espacios donde circulaban, pero no eliminó la necesidad de contar. Muchos cuentos familiares pasaron a las escuelas, las publicaciones impresas y, posteriormente, los medios digitales. Otros permanecieron vinculados con comunidades donde todavía existen narradores capaces de reconstruirlos.

Hoy conocemos buena parte de ese patrimonio gracias a investigadores que escucharon a sus informantes y registraron manifestaciones que rara vez figuraban en las historias convencionales del país. Sus trabajos también nos obligan a reconocer a los narradores anónimos, cuyos nombres frecuentemente desaparecieron de las publicaciones, aunque fueron ellos quienes conservaron los relatos. Las historias de Juan Bobo, los encuentros con la ciguapa, las advertencias sobre el bacá y las conversaciones alrededor de una botija pertenecen a una memoria que no siempre quedó escrita. En cada una sobreviven maneras de interpretar la naturaleza, las relaciones humanas y las experiencias compartidas. Algunas creencias han perdido vigencia y otras continúan transformándose, pero los relatos conservan testimonios de la sociedad que los produjo.

Aquellas conversaciones alrededor del bohío también nos dejaron otra herencia: el gusto por jugar con las palabras, improvisar versos y convertir las experiencias cotidianas en expresiones poéticas. Esa tradición tendrá su propio espacio cuando nos acerquemos a las décimas, los cantos de trabajo y la poesía popular dominicana.

Imagen IA.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

Ver más