¿Quién recuerda la tumba? Hubo una época en que este baile compartía las celebraciones dominicanas con contradanzas, valses y otras composiciones llegadas del extranjero. Después fue perdiendo terreno hasta quedar prácticamente ausente de las fiestas populares. Su historia nos lleva a una República Dominicana anterior al predominio del merengue, cuando los músicos interpretaban repertorios diversos y las preferencias de los bailadores cambiaban de una generación a otra. Durante el siglo XIX llegaron al país danzas procedentes de Europa y de otros territorios del Caribe. Algunas conservaron características reconocibles de sus lugares de origen; otras cambiaron de ritmo, instrumentos o movimientos. Las poblaciones de ambos lados de nuestra isla participaron en esos intercambios, aunque sus relaciones culturales han recibido menos atención de la que merecen.

La contradanza había recorrido buena parte de Europa y América antes de incorporarse a las fiestas dominicanas. Reunía a varias parejas que realizaban figuras y desplazamientos coordinados. La cuadrilla, emparentada con ella, organizaba habitualmente a los participantes en conjuntos de cuatro parejas. Ambas exigían conocer las secuencias y atender a los movimientos de los demás. Al circular por el Caribe adquirieron variantes nacidas de las prácticas musicales y corporales de cada lugar.

En ese ambiente encontramos la tumba. El compositor e investigador Juan Francisco García situó su aparición en Santo Domingo alrededor de 1822 y la describió como una modalidad criolla relacionada con la contradanza. La musicóloga Sydney Hutchinson recoge esa referencia al estudiar los bailes dominicanos y sus conexiones caribeñas. La fecha debe leerse con cautela: no demuestra que el baile naciera exactamente ese año ni establece por sí sola su procedencia. La tumba llegó a disfrutar de considerable aceptación durante el siglo XIX. Hoy resulta más fácil encontrarla en documentos y grabaciones que presenciarla en una celebración popular.

La polca y la mazurca también llegaron de Europa. La primera, de origen centroeuropeo, se caracteriza por su ritmo binario y sus desplazamientos ágiles; la segunda, vinculada históricamente con Polonia, presenta un compás ternario y una acentuación particular. En Santo Domingo entraron en los repertorios de los músicos y en las preferencias de determinados sectores sociales. Sus intérpretes no se limitaron a reproducir los modelos europeos: introdujeron cambios que, con el tiempo, interesaron a investigadores como Fradique Lizardo, quien documentó manifestaciones dominicanas de ambas danzas.

Parejas bailando carabiné, Imagen de IA.

En el sur, el carabiné conservó una organización coreográfica distinta. Los bailadores seguían las instrucciones del bastonero, encargado de dirigir marchas, contramarchas, medias vueltas y rondas. El archivo de Fradique Lizardo, conservado en el Centro León, incluye diagramas de esos movimientos y un mapa de mediados del siglo XX sobre la distribución geográfica del baile. Los documentos describen una coreografía organizada con seis parejas. Su procedencia sigue abierta a discusión: algunos investigadores la han relacionado con las inmigraciones canarias, mientras una versión popular asocia el nombre con los soldados que llevaban carabinas. El carabiné también se conoce en Haití, aunque allí no se ejecuta de forma idéntica.

La mangulina compartió muchas celebraciones con el carabiné, pero no se bailaba de la misma manera. Mientras uno dependía de figuras colectivas dirigidas por el bastonero, la otra favorecía los desplazamientos de las parejas enlazadas. Hutchinson recoge un testimonio de 1925, procedente de San Juan de la Maguana, según el cual primero se bailaba el carabiné y después la mangulina. Hoy asociamos esta última con el sur dominicano, aunque durante el siglo XIX también se practicaba en el Cibao, donde compartió espacios con el merengue. La investigadora documenta asimismo su presencia en Haití. Las fronteras regionales y nacionales con que ahora clasificamos estos bailes no describen por completo su trayectoria.

Imagen creada por IA.

Fradique Lizardo dedicó buena parte de su trabajo a investigar expresiones que habían quedado fuera de las fiestas habituales. Recorrió comunidades, entrevistó a sus practicantes y documentó movimientos y músicas. El Centro León conserva su fondo documental, integrado por más de cincuenta mil registros, entre ellos partituras, fichas de investigación, instrumentos y testimonios. Gracias a esos materiales podemos reconstruir aspectos de una vida musical que los repertorios actuales ya no muestran.

El Archivo General de la Nación conserva un disco del Ballet Folklórico Dominicano que reúne, entre otras piezas, una tumba, el carabiné “Cabo’e Vela” y la mangulina “Che blanco”. Pero llevar un baile al escenario también puede modificarlo. Los investigadores deben distinguir entre los movimientos observados en las comunidades y las adaptaciones creadas para la enseñanza o el espectáculo. El propio Lizardo cuestionó las coreografías que incorporaban elementos ajenos a las tradiciones estudiadas, preocupación que José G. Guerrero examina en su trabajo sobre el folclorista. Tampoco debemos confundir la escasa presencia de un baile en los escenarios con su desaparición. El Centro León señala que investigaciones de Carlos Andújar en San Juan de la Maguana encontraron nuevas evidencias sobre la continuidad del carabiné, incluso en celebraciones religiosas. Esas observaciones invitan a revisar las descripciones que lo consideraban exclusivamente festivo y a seguir buscando fuera de los archivos.

Un registro nos ayuda a saber cómo se bailaba en un tiempo y un lugar determinados, pero no dicta cómo debieron bailarlo todas las generaciones siguientes. La historia de estas danzas tampoco conduce a una sola región: hubo formas llegadas de Europa, intercambios con otros pueblos del Caribe y movimientos que cruzaron de un lado a otro de nuestra isla. Si nuestro folclore se parece a un sancocho, es porque sus ingredientes vinieron de lugares distintos y aquí cada comunidad encontró su manera de reunirlos. Algunas danzas cambiaron, otras fueron quedando atrás. Para comprender una danza no basta con averiguar de dónde vino; también es oportuno observar qué hicieron con ella quienes le pusieron el sazón.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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