El cuerpo también tiene su lugar en la historia de nuestras creencias; mucho antes de que determinadas expresiones tradicionales llegaran a los escenarios, sus movimientos acompañaban oraciones, promesas, celebraciones religiosas y ceremonias funerarias. Para comprender esas danzas es necesario conocer las comunidades que las practican y las razones por las cuales continúan haciéndolo. Un mismo tambor puede convocar a una celebración o acompañar la despedida de un difunto, pero el significado de sus toques y de los movimientos que los acompañan depende de cada tradición.
La relación entre danza y religiosidad constituye uno de los testimonios más importantes de la presencia africana en la cultura dominicana. Durante el período colonial, las poblaciones esclavizadas y sus descendientes conservaron y transformaron conocimientos musicales, prácticas corporales y concepciones espirituales en condiciones profundamente desiguales. El catolicismo, las cofradías y las celebraciones del santoral proporcionaron algunos de los espacios donde esas expresiones pudieron desarrollarse. Sin embargo, sería incorrecto atribuir todas nuestras danzas rituales a una misma procedencia o considerarlas supervivencias intactas de ceremonias africanas. Cada comunidad construyó su propia historia mediante relaciones culturales que todavía requieren investigación.
La Cofradía del Espíritu Santo de los Congos de Villa Mella permite comprender esa complejidad. Su tradición reúne música, danza, cantos, oraciones y ceremonias funerarias. La Unesco sitúa sus antecedentes en el siglo XVI y documenta la participación de africanos esclavizados y personas mestizas en su formación. En 2001 proclamó su espacio cultural patrimonio oral e inmaterial y, en 2008, lo incorporó a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El reconocimiento internacional alcanzó a una tradición comunitaria que ya contaba con siglos de transmisión.
En Pentecostés, los integrantes de la Cofradía celebran la festividad del Espíritu Santo mediante una ceremonia que incluye procesiones, oraciones, cantos y danzas acompañadas por los instrumentos conocidos como congos. Según la tradición recogida por Fradique Lizardo, el propio Espíritu Santo habría entregado esos instrumentos y enseñado los pasos de baile. Esa narración pertenece al patrimonio oral de la comunidad y expresa el carácter sagrado que sus integrantes atribuyen a la música y a la danza; no constituye una explicación histórica comprobada sobre el origen de los instrumentos.
La dimensión funeraria de los Congos resulta particularmente significativa. Carlos Hernández Soto y Edis Sánchez Rosario documentaron sus ceremonias en un estudio publicado en 1999 por la revista ECOS, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. La tradición comprende distintos momentos del duelo y culmina con el Banko, ceremonia mediante la cual los participantes despiden ritualmente al difunto. La Unesco describe su celebración tres años después del fallecimiento y señala que los asistentes bailan al ritmo de los congos mientras el muerto adquiere simbólicamente la condición de antepasado.
Conviene advertir que la música no implica necesariamente que se baile durante todas las ceremonias funerarias. Las investigaciones etnográficas distinguen momentos de oración, toques instrumentales y restricciones rituales que deben respetarse. Esa diferencia permite comprender que la danza no es un acompañamiento indiscriminado, sino una práctica regulada por las creencias y las obligaciones de la Cofradía. Su ejecución responde a circunstancias precisas que difícilmente pueden reproducirse mediante una presentación artística.
La sarandunga de Baní ofrece otra expresión de esa relación entre el movimiento corporal y la religiosidad. Vinculada a la devoción a San Juan Bautista, constituye una tradición musical y coreográfica con características propias. Su repertorio comprende la bomba, la capitana y la jacana, modalidades que presentan diferencias rítmicas y coreográficas. Los trabajos de Edna Garrido de Boggs, Fradique Lizardo y Martha Ellen Davis han contribuido a documentar sus particularidades y su relación con la historia cultural de la comunidad banileja.
La descripción realizada por Davis permite apreciar diferencias que desaparecen cuando hablamos de la sarandunga como si se tratara de un solo baile. La jacana presenta movimientos más pausados y ceremoniosos, mientras que otras modalidades permiten una participación corporal más enérgica. En determinadas ejecuciones, el hombre se inclina y despliega movimientos alrededor de su pareja, utilizando un pañuelo, mientras la mujer mantiene una postura más erguida. La celebración también incorpora referencias a los antepasados, cuya memoria se encuentra presente en los cantos y en las actividades religiosas.
Las investigaciones sobre esta tradición muestran, además, la necesidad de examinar críticamente sus antecedentes. Existen diferentes explicaciones comunitarias sobre su procedencia, pero ninguna debe convertirse automáticamente en una afirmación histórica. La documentación permite reconocer sus componentes africanos, europeos y caribeños sin reducir su desarrollo a una genealogía única. La sarandunga que conocemos es también resultado de las experiencias particulares de las comunidades que la conservaron.
Otra dimensión aparece en las ceremonias de las 21 Divisiones, denominación asociada al vodú dominicano. En estas prácticas, los cantos, la música y los movimientos corporales participan en las relaciones que los creyentes establecen con los misterios, las entidades espirituales de su tradición. Las ceremonias no presentan una organización idéntica en todas las comunidades, y sus diferencias deben reconocerse antes de intentar cualquier clasificación general.
La antropóloga Martha Ellen Davis ha estudiado estas expresiones y sus relaciones con el catolicismo popular dominicano. Sus investigaciones documentan la importancia de la danza y la música en las ceremonias de invocación y en las experiencias de posesión espiritual descritas por los practicantes. El movimiento corporal puede expresar la presencia de un misterio y formar parte de un proceso de aprendizaje religioso. Otros estudios etnográficos han documentado la intervención de servidores experimentados que orientan a quienes se incorporan a estas prácticas. El investigador debe distinguir entre la interpretación religiosa de los participantes y la explicación académica de sus prácticas. Documentar una experiencia de posesión no significa demostrar ni desmentir su naturaleza sobrenatural. Significa reconocer que posee un significado dentro de un sistema de creencias y estudiar las formas mediante las cuales ese conocimiento se aprende, se expresa y se transmite.
Las tres manifestaciones examinadas permiten advertir diferencias fundamentales. Los Congos de Villa Mella desarrollaron una tradición estrechamente vinculada a la Cofradía del Espíritu Santo y a sus obligaciones funerarias; la sarandunga conserva modalidades musicales y coreográficas propias dentro de la devoción a San Juan Bautista; las ceremonias de las 21 Divisiones incorporan la danza a las relaciones rituales con los misterios. Comparten determinados antecedentes culturales, pero sus funciones, sus formas de organización y sus significados no son intercambiables.
El trabajo de Fradique Lizardo contribuyó a documentar estas manifestaciones y a llevar algunas de ellas al conocimiento de públicos más amplios. Su investigación y su actividad coreográfica también permiten plantear una cuestión que debemos mantener presente: una ceremonia religiosa y su representación escénica no son equivalentes. La adaptación artística puede divulgar movimientos y repertorios, pero no reproduce necesariamente las relaciones espirituales, las obligaciones comunitarias ni las circunstancias que dan sentido a una práctica ritual. Esa diferencia adquiere importancia cuando se pretende proteger el patrimonio cultural. No basta con conservar una coreografía, registrar sus instrumentos o reproducir su vestuario. También es necesario documentar las ceremonias, reconocer la autoridad cultural de sus practicantes y atender las condiciones que permiten transmitir sus conocimientos. En el caso de los Congos del Espíritu yo Santo de Villa Mella, la propia Unesco ha identificado los prejuicios, la urbanización y las transformaciones sociales entre los factores que amenazan su continuidad.
La historia de nuestras danzas religiosas se encuentra, en buena medida, en la memoria de quienes todavía las practican; sus movimientos expresan conocimientos que no siempre quedaron registrados en documentos escritos y que, durante mucho tiempo, recibieron escasa atención fuera de sus comunidades. Estudiarlas exige observar tanto lo que permanece como aquello que ha cambiado.
Entre lo humano y lo sagrado, el cuerpo ha servido para celebrar, recordar, despedir y expresar las creencias; comprender esas funciones nos permite reconocer que determinadas danzas dominicanas no nacieron para ser contempladas por un público. Formaban parte de la vida de comunidades que encontraron en ellas una manera de conservar sus tradiciones y transmitir su memoria.
Compartir esta nota
