“A mitad del camino de la vida me encontré en una selva oscura, porque la senda recta se había perdido.”
Con Dante, el verbo ejecuta un giro decisivo. Después del mandato fundacional del Génesis y de la invocación colectiva de Homero, la palabra se repliega hacia la conciencia individual. El inicio de la Divina Comedia no crea el mundo ni pide que sea cantado. Confiesa. El lenguaje deja de alzarse como origen o como memoria compartida y se manifiesta como experiencia íntima. La primera persona irrumpe con una fuerza inédita. No habla Dios. No habla la musa. Habla un hombre que se descubre extraviado. El verbo no ordena ni recuerda, reconoce. El comienzo no es cósmico ni épico. Es existencial. El mundo no se funda ni se narra. Se atraviesa.
Ese “a mitad del camino de la vida” sitúa al lector en un tiempo profundamente humano. No se trata del inicio ni del final, sino del umbral, del punto exacto en que la experiencia acumulada deja de garantizar sentido. Dante formula así una de las intuiciones centrales de la literatura occidental: el relato comienza cuando la certeza se quiebra. La selva oscura no funciona solo como lugar. Es una condición. Nombra la confusión moral, la pérdida de dirección, la conciencia de haber abandonado el rumbo. Desde la primera línea, la Divina Comedia declara que el lenguaje nace de la crisis. Se escribe porque algo se ha roto.
Aquí el verbo ya no se sitúa por encima del hombre como ley divina, ni se hereda como canto colectivo. Se vuelve herramienta frágil, una linterna encendida en la oscuridad. Dante escribe para orientarse. El poema no explica el mundo. Busca un camino dentro de él. Desde el punto de vista literario, este inicio posee una precisión extraordinaria. En pocos versos se establecen el tiempo, el estado y el conflicto. No se describe el infierno. Se anuncia la necesidad de descender. El relato no comienza con la revelación. Comienza con la desorientación.
Este gesto produce consecuencias duraderas. A partir de Dante, la literatura asume que el yo es un problema, que la experiencia interior merece ser narrada, que el viaje esencial no es geográfico, sino moral y espiritual. El verbo se interioriza. Cambia también la autoridad del lenguaje. Dante no habla porque sabe. Habla porque no sabe. El verbo deja de imponer verdad y comienza a buscarla. La escritura se transforma en peregrinación. Cada palabra es un paso incierto hacia una claridad posible.
Existe además una tensión consciente entre tradición y experiencia personal. Dante escribe en lengua vulgar, no en latín. Elige el idioma del pueblo para narrar el viaje del alma. El verbo se humaniza aún más. Se acerca. Se vuelve accesible. La palabra deja de pertenecer solo a Dios o a los sabios y pasa al dominio del hombre que duda. En la Divina Comedia, el lenguaje no se presenta como libre ni soberano. Se presenta como necesario. Sin palabra no hay salida de la selva. Sin relato no hay posibilidad de salvación. El verbo no domina al hombre, lo acompaña en su extravío.
Si Homero concebía la palabra como memoria compartida, Dante la entiende como conciencia en movimiento. El canto épico se transforma en examen interior. El inicio ya no convoca una voz externa, convoca al lector a reconocerse en la pérdida. Por eso este comienzo conserva su potencia. Todos, en algún momento, nos descubrimos a mitad del camino, sin certezas, sin mapas, buscando una senda recta que ya no existe. Incluso ahora, rodeados de pantallas y coordenadas, avanzamos a tientas. El extravío persiste. La tecnología no ha disipado la selva.
La literatura comienza ahí, cuando el verbo acepta su tarea más humilde y más alta: decir la confusión sin disimularla. Con Dante, la palabra deja de crear, de recordar o de mandar. Empieza a interrogarse. Al final, sigue siendo una selva. Solo que ahora sabemos que escribir consiste en aprender a caminar dentro de ella.
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