1
¿Qué es una novela?
Fue en 1948 cuando, buscando entre los libros de la biblioteca que mi abuelo materno dejó en herencia a mi madre, encontré un libro que me llamó la atención. En la portada tenía la imagen de una hermosa mujer rubia sentada frente a una cueva, con un niño que jugaba a sus pies con un conejo y una corza o cierva a su espalda. Tenía entonces ocho años y la escena me pareció mucho más interesante que los demás volúmenes de la biblioteca.
Lo que me interesó de aquel hallazgo fue la historia que contaba: una mujer llamada Genoveva, acusada falsamente de infidelidad por un mayordomo llamado Golo y condenada a muerte por ello. En la historia, Genoveva fue salvada por su verdugo, quien la ayudó a refugiarse en una cueva en lo profundo del bosque junto a su hijo. El título de ese libro, “Genoveva de Brabante”, había sido escrito en 1810 por el sacerdote alemán Christoph von Schmid. La edición que cayó en mis manos fue publicada en 1909 por la Imprenta y Librería Monserrat, perteneciente a los Herederos de J. Roca y Bro, de Barcelona.
Lo importante de aquel encuentro con “Genoveva de Brabante” fue que, gracias a su lectura, penetró en mí esa sustancia maravillosa que acompaña siempre a la lectura de una novela: ese estado de asimilación en donde el lector interactúa con el texto y lo anexa, de alguna manera, a la vida, a su propio discurso, a su espiritualidad, a su dolor, a la epopeya soñada, a la catarsis que de una u otra forma siempre vincula al lector con Aristóteles y su “Poética”.
Aquel día de 1948, al leer “Genoveva de Brabante”, descubrí lo que era una novela, lo que representaba esa estructura compuesta por palabras, sintagmas y párrafos cuyo único fin es contar una historia. Una historia que puede reproducir, si nos detenemos en György Lukács y su “Teoría de la novela” de 1916, un idealismo como en “Don Quijote de la Mancha”; un romanticismo o desilusión como en “La educación sentimental”, de Gustave Flaubert; o un aprendizaje o “Bildungsroman” como en “Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister”, de Goethe.
2
Pero, ¿qué es la novela histórica?
Mi base para abordar la crítica a una novela considerada histórica como “Cuando gemía la Patria” siempre la he sostenido, desde los años ochenta, en tres teorías. La primera es la que György Lukács desarrolló en su obra “La novela histórica” de 1937, donde enuncia que “la novela histórica no es una simple recreación escapista del pasado, sino una herramienta de conocimiento que permite entender el presente”, definiéndola como “un producto de la modernidad y del despertar de la ‘conciencia histórica’ en el hombre”. Lukács afirma que “la verdadera novela histórica no puede ser una simple historia de aventuras disfrazada con trajes de época, sino un medio para comprender las fuerzas profundas y colectivas que han moldeado a la humanidad”.
A la teoría de Lukács le anexé la de Mijaíl Bajtín, expuesta en su ensayo de 1941 “Épica y novela”, traducido y publicado en 1970, donde introduce sus conceptos sobre la polifonía, el cronotopo y el dialogismo, los cuales transformaron en la década del setenta los modos de comprender lo leído en las academias europeas. Para Bajtín, “la verdadera novela histórica es un medio para comprender las fuerzas profundas y colectivas que han moldeado a la humanidad”.
Como sustancia, no como esencia, a las teorías de Lukács y Bajtín añadí otra perspectiva: la que expuso Paul Ricoeur en “Tiempo y narración” (1983-1985): “La novela histórica y la historia (la disciplina) son dos formas complementarias de representar el pasado porque ambas responden a nuestra necesidad humana de organizar el tiempo y configuran el ‘tiempo humano’ a través de la imaginación”.
3
Juan Pablo Duarte en la historiografía dominicana
“ A Juan Pablo Duarte, el hombre que iluminó con un nombre un movimiento revolucionario y una separación que independizó nuestra nación, convirtiéndola en país, se le ha mezclado en el hecho histórico y los registros historiográficos como héroe, prócer, ideólogo, aguerrido combatiente, educador, mártir, casi como un duende. Esos maravillosos atributos parten, desde luego, de su vital liderazgo en el momento y en la circunstancia que llevó a un pueblo a la coyuntura de febrero de 1844 y a convertirse en Estado soberano. O sea, Duarte fue el prócer que, apoyándose en los factores estructurales provocados por una arbitraria anexión haitiana, logró activar con su vigor y talento una sociedad secreta, contando solo veinticinco años.
Sobre los hechos y las circunstancias que llevaron a Duarte a fundar la sociedad secreta La Trinitaria y lograr la separación del Santo Domingo Español de la dominación haitiana con el nombre de República Dominicana, se han escrito decenas de libros. Pero para mí estos son los más significativos: a) “Compendio de la historia de Santo Domingo”, escrita en cuatro volúmenes (1867, 1887, 1900 y 1906), de José Gabriel García, considerado el Padre de nuestra Historia, que abrió a los intelectuales dominicanos la perspectiva de estudiar nuestro pasado. b) Apuntes de Rosa Duarte (sus archivos y versos)”, de Emilio Rodríguez Demorizi, junto a Carlos Larrazábal Blanco y Vetilio Alfau Durán, en 1970. Además, Rodríguez Demorizi publicó “Duarte Romántico” en 1969 y “En torno a Juan Pablo Duarte” en 1976, que contiene una cronología de su vida. c) “El Cristo de la libertad: vida de Juan Pablo Duarte”, 1958, de Joaquín Balaguer, donde Duarte es retratado como un héroe de dimensiones míticas, casi santo.
Otros valiosos textos que registran la vida y obra de Duarte fueron escritos por Frank Moya Pons (“Duarte y la construcción del Estado nacional”, 2021), Roberto Cassá (“Antes y después del 27 de febrero”, 2016), Manuel Arturo Peña Batlle (en el prólogo a la “Antología de Emiliano Tejera”, 1951), Federico Henríquez y Carvajal (“Duarte: próceres, héroes i mártires de la independencia”, 1944) y Juan Daniel Balcácer (“Juan Pablo Duarte, el Padre de la Patria. Biografía para niños y jóvenes”, 1978, y “Vicisitudes de Juan Pablo Duarte”, 1998).
4
El Juan Pablo Duarte de Emilia Pereyra
El título de la novela de Emilia Pereyra no construye una sinécdoque con el contenido del texto. Su gemido remite al lector a la obra de Juan Daniel Balcácer, “Vicisitudes de Juan Pablo Duarte”, de 1998, donde el historiador reconstruye y reivindica los exilios y pesares por los que atravesó nuestro libertador. La novela de Emilia ahonda mucho más en el viacrucis de Duarte a través de un discurso ontológico y paradojal que, lejos de escudriñar y cuestionar sus contradicciones, lo contextualiza sin apartarlo de la verdad objetiva, histórica.
Estoy seguro de que Emilia no deseó crear un Duarte nuevo ni reinventar el que existió, sino abrir una puerta por donde pudiese entrar un Duarte que negara, por una parte, las excesivas loas y, por la otra, las acusaciones de blandengue y célibe que los militaristas de ayer y hoy vierten en su cronología, disminuyendo de alguna manera su martirio y su papel heroico como prócer.
Sí, estoy seguro de que Emilia, como investigadora, extrajo de todo ese archivo duartiano conocido lo que muchos vieron e ignoraron y otros vieron y superabundaron. Creo firmemente que Emilia vio y extrajo de ese archivo, más allá de la semblanza, de los partes de guerra, de las invenciones y las anécdotas creadas, la verdad de Duarte y sus palabras; así como la verdad de las palabras de quienes lo quisieron de verdad, como sus hermanos Vicente y Rosa Duarte Díez.
5
Emilia Pereyra como narradora en “Cuando gemía la Patria"
También comprendí al leer “Cuando gemía la Patria” que Emilia la había estructurado en diecisiete capítulos que son, apoyándome en el ensayo de Bajtín “Las formas del tiempo y del cronotopo en la novela” (1937-1938), diecisiete cronotopos que organizan las relaciones del tejido textual en tres tiempos: el biográfico, el accionario y el de la traición y exilio. Estos tiempos están diferenciados por dos fechas: el 9 de febrero de 1822, la ocupación haitiana; y el 10 de septiembre de 1844, la amargura de la traición tras el grito de independencia. Dos fechas que estructuran la epopeya, la vertebración de la resistencia, el estallido separatista y la maduración de las traiciones y paradojas que conducen a lo narrado por la voz de Emilia, que es la voz omnisciente de su novela, aunque otras voces —siempre creadas por su propia voz— se alejen de la suya para provocar reacciones, internándose en la otra historia, justo allí donde los personajes anónimos se vuelven testigos.
Al narrar, Emilia se adhiere, más allá de su voz omnisciente, a la “voz social” que señala el propio Bajtín en su ensayo “La palabra en la novela” (1934-1935), porque esa, en singular o plural, es la voz que hace posible “que la escritura no se entienda como una voz única, sino como un entramado habitado por una pluralidad de perspectivas e ideologías”.
Sobre el concepto de la voz omnisciente, fue en 1921 cuando el crítico británico Percy Lubbock desarrolló en su libro “The Craft of Fiction” (“El arte de la ficción”) un interesante concepto sobre lo que llamó “el tercer personaje limitado” en la narración, explicando que “al filtrar la historia a través de una sola voz, el personaje elegido funciona como un espejo”. Cuarenta años después, en 1961, el crítico literario norteamericano Wayne C. Booth expuso en su libro “La retórica de la ficción” la forma en que el escritor manipula la perspectiva, otorgando el uso del narrador omnisciente frente al desarrollo del discurso. Luego, en 1972, Gérard Genette, en su libro “Figuras III”, amplió los modelos sobre la voz omnisciente expuestos por Percy Lubbock y Wayne Booth, explicando que la “voz omnisciente”, estructuralmente, “es un narrador extradiegético-heterodiegético con focalización cero”. Es decir, que el narrador omnisciente resuelve para el lector desde dónde se habla y quién lo hace.
Es bueno señalar que ya Heródoto —a quien considero el primer novelista de la historia— en su narración de las Guerras Médicas manipuló múltiples voces, utilizando por primera vez una estructura narrativa polifónica.
6
¿Alterará el Duarte de Emilia Pereyra al Duarte histórico?
El Juan Pablo Duarte de Emilia Pereyra, aun apegado con asombrosa fidelidad a la data histórica, nunca se parecerá al Duarte que ha reproducido la literatura de ficción sobre su vida, debido a que el Duarte de Emilia crece y se separa de la excesiva hibridación, adulteración y falsificación que se ha adherido a la vida del patricio. El Duarte de Emilia está libre de esa subjetividad obsesiva que, por lo regular, envuelve a los narradores comprometidos con ideologías o programas educativos. El héroe que nos presenta Emilia es un ser de pura carne y hueso; y por eso no es un duende ni un ser cósmico llegado de otra galaxia.
El filólogo, lingüista y teórico literario ruso Roman Jakobson, considerado el padre de la fonología moderna, en “Ensayos de lingüística general” (Seix Barral, 1975), dedica un capítulo, “Dos aspectos del lenguaje y dos tipos de afasia”, donde explica la fidelidad histórica del Duarte de Emilia. Escribe Jakobson: “La evolución de un personaje en la narrativa depende de dos ejes fundamentales del lenguaje: el eje de la semejanza, que es la metáfora, y el eje de la contigüidad, que es la metonimia”, lo que determina que “mientras la poesía es predominantemente metafórica, la prosa, la narrativa, es esencialmente metonímica y, al avanzar a través de la contigüidad, la evolución del personaje se centra en cómo deja de ser una simple entidad estática, convirtiéndose en un eje dinámico de comunicación y significado dentro del relato”.
Por eso, el Duarte que describe Emilia Pereyra en “Cuando gemía la Patria” es un niño de nueve años que aún duerme tranquilamente aquel febrero de 1822 en que Jean-Pierre Boyer entró triunfante a un Santo Domingo que, justamente trece meses atrás, un primero de diciembre de 1821, José Núñez de Cáceres había proclamado la independencia de este pedazo de isla que ocupamos y que, angustiado por la soledad y el desamparo, escribió en esa misma fecha a Simón Bolívar, solicitándole la incorporación del Santo Domingo Español a la Gran Colombia; una solicitud que fue desechada por Bolívar debido a favores que su proyecto liberador había recibido de Haití.
El Duarte de Emilia es también ese hombre que en su tercer y último destierro, el siete de junio de 1864, parte definitivamente con lágrimas en los ojos del territorio al que le dio nombre, envuelto en esa tristeza que aún sigue vibrando en lo hondo del país agradecido; de esa tristeza que siempre transita y arropa el pecho de los héroes trágicos; de esa tristeza que, estoy seguro, sintió Manolo Tavárez en Las Manac…Manaclas y Francis Caamaño en Nizaíto.
¡Gracias, Emilia Pereyra, por obsequiarnos este gemido, este “mea culpa” que no podremos sepultar con la máscara que aplasta la verdad de la historia; esa verdad que yace, que nos avisa y nos señala el verdadero rumbo! ¡Gracias, Emilia Pereyra, por devolvernos a Duarte!
____
Bibliografía
* Aristóteles. Poética.
* Bajtín, Mijaíl. Teoría y estética de la novela. Madrid: Taurus.
* Booth, Wayne C. La retórica de la ficción.
* García, José Gabriel. Compendio de la historia de Santo Domingo.
* Genette, Gérard. Figuras III.
* Jakobson, Roman. Ensayos de lingüística general.
* Lukács, György. La teoría de la novela.
* Lukács, György. La novela histórica.
* Lubbock, Percy. The Craft of Fiction.
* Pereyra, Emilia. Cuando gemía la Patria.
* Ricoeur, Paul. Tiempo y narración (3 vols.).
* Rodríguez Demorizi, Emilio. Duarte romántico.
* Rodríguez Demorizi, Emilio. En torno a Juan Pablo Duarte.
* Rodríguez Demorizi, Emilio (ed.). Apuntes de Rosa Duarte.
(Leído en la entrega del Libro de Cristal a Emilia Pereyra. Julio 9, 2026)
Compartir esta nota
