Durante siglos, el arte cristiano ha representado a Jesucristo clavado por las palmas de las manos. Sin embargo, investigaciones médicas y arqueológicas apuntan a otra posibilidad: los clavos habrían atravesado las muñecas, no las manos, por razones de resistencia anatómica.
Especialistas sostienen que los tejidos blandos de la palma difícilmente soportarían el peso de un cuerpo suspendido en la cruz, ya que tenderían a desgarrarse con facilidad. La muñeca, en cambio, ofrece mayor sujeción gracias a su estructura ósea y ligamentaria. Estudios forenses, como los desarrollados por Pierre Barbet y Frederick Zugibe, destacan el llamado “espacio de Destot”, una zona entre huesos por donde un clavo podría penetrar sin fracturar de inmediato, aunque sí rozar el nervio mediano, provocando dolor intenso y la posible parálisis de la mano.
En tiempos de la antigua Roma, el término “mano” no se limitaba a la palma, sino que incluía también la muñeca e incluso parte del antebrazo. Esta amplitud semántica podría explicar la persistencia de ciertas interpretaciones en los relatos y su posterior representación.
La tradición artística y religiosa, sin embargo, consolidó la imagen de los clavos en las palmas. Tal vez porque, en la cultura semítica, el concepto de “mano” también abarcaba la muñeca, o porque las heridas visibles en las palmas —más expresivas y reconocibles— resultaban más potentes para la iconografía cristiana.
La ciencia señala las muñecas; la tradición se aferra a las palmas. Entre ambas visiones se abre un espacio donde conviven evidencia y símbolo, dolor físico y memoria espiritual. Más allá de la precisión anatómica, la crucifixión permanece como un relato de entrega que ha marcado la fe y la cultura a lo largo de los siglos.
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