No entré a Crimen incorpóreo buscando una historia. Tampoco entré buscando el crimen de una mujer en bicicleta. Entré —y esto lo entendí después— a un territorio donde la narración no se organiza para ser comprendida, sino para ser vivida. Desde el principio supe que no estaba ante una novela tradicional, y no porque el texto lo anunciara, sino porque me obligó a moverme dentro de él, a cambiar de posición, a perder cualquier punto de observación cómodo.

Conozco a Haffe Serulle desde hace muchos años; fue mi profesor, sí, pero también una presencia decisiva en mi manera de entender el arte como experiencia y no como relato. Desde entonces entendí que su trabajo nunca ha buscado representar el mundo, sino fracturar la forma en que creemos verlo. En el teatro lo ha hecho siempre: desordenando la escena, desplazando al público, rompiendo la frontalidad, obligando al espectador a caminar, a incomodarse, a salir de la butaca física y mental. Eso mismo ocurre en esta novela.

Ya desde el título hay una sospecha activa. Crimen incorpóreo no anuncia un hecho: lo pone en duda. La palabra crimen convoca de inmediato la expectativa de un cuerpo, de una víctima, de una escena que pueda ser reconstruida. Pero incorpóreo desmonta esa expectativa desde el inicio. No la corrige: la desarma. A partir de ahí, el lector no es conducido a reconstruir una historia, sino a desconstruirla paso a paso. El texto no avanza hacia una verdad que se recompone, sino hacia un paisaje que se desplaza constantemente, que cambia de forma, que se rehace en su propia negación. Lo que parecía prometer un relato se convierte en un proceso de desestabilización permanente.

Durante los primeros capítulos pensé, casi por reflejo, en ciertas genealogías del relato policial, en la figura del investigador, incluso en resonancias lejanas de Edgar Allan Poe. Pero esa asociación dura poco. La novela se desliza rápidamente hacia otro lugar. No se trata de resolver un enigma ni de penetrar una psicología. Aquí no hay voluntad de explicar; hay una voluntad más radical: expresar. Y expresar no es contar mejor, sino cargar de sentido las imágenes hasta que se vuelvan incómodas, insistentes, difíciles de soltar.

En este punto recuerdo una frase que me acompañó desde mis años universitarios. Mi profesor de estética y de historia del arte, el poeta dominicano Pedro Mir, decía que la gran magia del símbolo es que condensa el discurso. No está ahí para ser descodificado de manera unívoca, sino para concentrar sentido, para cargar capas de significación que no se agotan en una sola lectura. Eso ocurre en Crimen incorpóreo. Los símbolos no funcionan como claves que deben resolverse, sino como cargas que se adhieren al lector, que lo persiguen, que le exigen tomar posición.

Haffe Serulle.

Por eso esta novela no puede leerse desde una lógica naturalista ni psicológica. Haffe no quiere representar el mundo tal como es; quiere desestabilizar la mirada. Quiere que el lector no se quede cómodo en su butaca mental. Los supuestos personajes no funcionan como personajes en el sentido clásico; las situaciones no se encadenan como hechos verificables; los espacios se deforman; el tiempo se pliega. Todo ocurre en una zona donde lo onírico, lo simbólico y lo urbano se superponen sin pedir permiso.

Hay aquí una ciudad atravesada por la violencia, por la descomposición, por el ruido del sistema; hay cuerpos que aparecen y desaparecen; hay una investigación que no investiga nada en el sentido tradicional. Y, sin embargo, todo eso refiere. No de manera directa, no como alegoría transparente, sino como experiencia. Las imágenes de esta novela —imágenes de una estética delirante— no buscan ser explicadas, sino sentidas. Su función no es ilustrar una tesis, sino impedir la comodidad.

En ese sentido, Crimen incorpóreo coloca al lector bajo sospecha. Porque leer aquí no es un acto inocente. El lector se vuelve cómplice del recorrido, participante de la experiencia, responsable de su propia incomodidad. No hay un punto privilegiado desde el cual todo se entienda. Hay que moverse dentro del texto, aceptar el desorden —el desorden aparente— y asumir que la claridad no es una recompensa garantizada.

Este gesto no es nuevo en Haffe, pero aquí alcanza una condensación mayor. No veo en esta novela a un autor disperso, sino a un creador que unifica. La dramaturgia, la dirección teatral y la narrativa no aparecen como compartimentos separados, sino como un mismo gesto estético que se ha ido puliendo con los años. El estilo de Haffe se reconoce, se afirma, se agiganta. Crimen incorpóreo no rompe con su obra anterior: la condensa.

Por eso me atrevo a tomar partido. Esta no es una novela tradicional, y no quiere serlo. Es una apuesta estética consciente, coherente con un trayecto artístico. Con esta obra, Haffe no cierra un ciclo en el sentido de clausura, sino que avanza en espiral hacia una madurez mayor como narrador. Aquí hay riesgo, hay rigor y hay una ética de la incomodidad que la crítica especializada debería mirar con atención. Yo no hablo como crítico; hablo como lector. Pero precisamente por eso digo que la crítica no debería pasar por alto este gesto.

Y llego al final con una certeza incómoda. Después de haber leído Crimen incorpóreo, nada de lo leído es, en el sentido convencional. No hay cuerpo de mujer desnuda, no hay asesino identificable, no hay investigador que esclarezca nada. Detrás de la narrativa y de los nombres, lo que hay es algo más profundo que una novela entendida como historia. Hay una experiencia simbólica, una maquinaria de imágenes que no busca cerrar, sino abrir.

El cierre de la obra nos devuelve al origen: al título. A ese crimen sin cuerpo, a ese crimen sin crimen. La circularidad no es narrativa, es conceptual. Todo vuelve al punto de partida para confirmar la sospecha inicial. Y en ese retorno se activa también lo político. Porque al final nadie sale ileso. Ni los personajes, ni el lector, ni yo mismo que escribo estas líneas. Todos somos partícipes de un sistema que nos influye, que nos compromete, que nos involucra incluso cuando creemos estar a salvo.

Leer Crimen incorpóreo nos enseña nuestra propia desprotección dentro de la sociedad. Dentro de ella, nadie sale indemne. Y una vez dentro, no hay absolución posible

Carlos Sánchez

Escritor

Carlos Sánchez es escritor.

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