El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:

La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.

"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.

"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.

(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).

*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela. 
Obra pictórica de Haffe Serulle.

XVIII

Cuando todavía el sol lucha por mantener viva su fosforescencia, una luz amarilla, con forma de brazo extendido, serpentea y guía a Radu, el joven, por las calles de Ciudad Sin Nombre. A esta hora la gran urbe suele ser un infierno. Radu, el del ventanal, lo sabe porque le tocó conocerla de cerca en sus años de actividad infatigable. Al recordarlo, se anima a hablar en voz alta mientras el bosque duerme. Por su parte, Radu, el joven, busca a esa mujer de la bicicleta, de quien sospecha que se ha internado en los barrios más empobrecidos ―abundan como hormigueros abiertos al desatino―. Le será difícil encontrarla porque está oscureciendo. En esos barrios la luz eléctrica es una luciérnaga apagada. Aunque la luz amarilla lo seguirá guiando, se achicará en el camino por la estrechez de las calles. Si en Ciudad Sin Nombre está oscureciendo, en el bosque de la casa de los rumanos el amanecer llegará en breve, pero Radu no lo sabe porque, debido a su ensimismamiento, ha perdido el control de las horas y el sueño se le ha ido por completo: a sus años, no es aconsejable esta práctica. Pero él está ahí, en el ventanal. Mientras habla solo, sigue con precisión los pasos del joven: pasos acelerados en los coletazos de la noche. Siendo esto así, debemos colegir que las palabras de Radu guardan relación con las imágenes de una realidad aterradora ventilada por la imaginación del Radu de su fantasía. Oigamos, entonces, a Radu, sin que obviemos lo otro. Tratemos de oír la sonoridad de sus palabras cuando desde el ventanal vuelan hacia el bosque: “Ciudad mía, dilatada en las pupilas de intrincadas visiones. Ciudad de telares mordaces, tendidos en la herida de calles taciturnas, arrebozados allí donde el sol no repta. Ciudad de muerte. Ciudad de hastío. En el eco cero o en la prioridad divergente concurren, discretos, el barro, el cinc, el cartón, el heno (voces, bocinazos, chillidos, un canto desgarrado se enhebra en los techos; mordidas hirientes, sordera súbita, la mudez languidece, los perros ladran como si hubieran visto al diablo y no hay quien descanse: el insomnio tratará de refugiarse en las curvaturas de raíles abandonados o en tinajas mugrientas). Ciudad temeraria ante el desafío. En la órbita del sueño irrumpen los latidos de las noches flemáticas: lo saben las mascotas sin dueño; también lo saben las niñas desamparadas por el Padre Nuestro; es que hay un rezo sin dios en los altares y un delirio precipitado en cada santo de yeso. Aquí y allá ―sigue hablando Radu―, tocamos la sonrisa fugaz de la negritud en los labios temblorosos de quinceañeras con ojos de Santa Lucía, pero heridos de lividez sedimentada en  las zonas declinatorias de la muerte. Ciudad abandonada al despliegue inopinado de la desazón trasnochada. A través de una hendija, un ojo avizora la muerte inopinada de un viandante; una nariz pequeña capta el olor a algas descompuestas transferido por el mar (camiones, camionetas, furgonetas, triciclos cargados de frutas para hoteles; vendedores de a pie se abren paso a cualquier precio por las rutas más escabrosas). Un agorero oculto suelta su voz bien timbrada. La ciudad está llena de enfermos, dice. En las calles abundan los borrachos, la gente rehúye a los barberos; la brisa es un veneno absorbido por el tendido eléctrico. Una joven cocinera saborea, despistada, el agror contenido en una botella de vinagre; palpa, insegura, el fondo de una cacerola que alguna vez fue de acero. De pronto, la sorpresa tendida en el miedo. La luz que guía al muchacho tiembla. Ante él aparece una tina de barro llena de sopa enlodada, de sangre estacionada en el fondo (las leyes de tránsito han ido a parar al fanal del olvido; el caos, cada vez más irredento, se yergue como emperador vitalicio). Ciudad de desafíos. Los cambios son extintos, las nubes carecen de vapor, el polvo, ¡ay, el polvo!, se vuelve hilarante en el claroscuro. En la órbita del sueño irrumpen los latidos del crepúsculo, que repiten, como el estribillo de una canción: lo saben las mascotas sin dueño,/  lo saben  las niñas/ que en la hora anterior al ultraje/ le rezaron al Padre el padrenuestro, /pero este no las escuchó/ porque hay un rezo sin dios en los altares/ y un delirio abismal en los santos de yeso”.

Ilustración Emil Socías para Crimen incorpóreo.

―Mejor es vivir en soledad, lejos del miedo ―dice Radu, y añade―: En una calle céntrica, un caballo, que relincha detrás del muchacho, le habla como si fuera yo. Si te subes en mi lomo, te llevaré a donde está la mujer desnuda, le dice. Me acerco al muchacho, a Radu. No lo pienses dos veces, hazle caso al caballo. Vamos, móntate, no pierdas tiempo, le digo. Me monto en el caballo; perdón, él se monta en el caballo, que va a todo trote sin ladear la cabeza; de haberla ladeado, se habría encontrado con una chispa apagada en el rostro de una anciana que lleva ratos tirada en el suelo, a pocos metros de un montón de cántaros oxidados. ¡Ay pobre de mí!”, exclama Radu. ¿Adónde me llevará esta encrucijada? Prefiero vivir en el lodo que en ese laterío. Aquí y allá, lo de antes, lo perenne: pedigüeños que lloran bajo el cielo; motoristas que trascienden el sonido de la lluvia; gatos que no maúllan por culpa del último diluvio. La muerte le perdió el miedo a la muerte.

A partir de ahora ―hago la advertencia por el bien de todos―, no deberíamos fijarnos en quién habla, porque atentaríamos contra el interés de Radu, el oficial retirado, pero también cuenta el empeño del narrador por dar con el final de la historia. Por supuesto, esto crea un dilema entre él y el editor, porque este busca un final de lo más comercial, como garantía de su inversión. Lo digo por la cantidad de mensajes que he recibido en el chat y que no he respondido desde su última visita. Entonces, miren qué pasa: mientras Radu se aferra al lomo desnudo del caballo, como la mujer se ha aferrado al sillín de la bicicleta, escucha un silbato ominoso rodeado de voces alteradas. El sonido trastorna la velocidad del animal, provocándole una caída mortal. Radu, por fortuna, había visualizado el accidente unos minutos antes, en atención a lo cual saltó y se salvó tras rodar varias veces por una calle encharcada. Se levantó despacio porque le dolió ver muerto al animal y, sobre todo, ¡vaya coincidencia!, porque identificó el sitio donde el cuchillo endiablado mató al niño que corría desnudo con otros niños en las proximidades de donde alguna vez estuvo la casa de Eduviges del Sangrado. De pie, inseguro, quizás porque preveía el final de su búsqueda, miró aterrado hacia los lados y vio un cartel con una bicicleta pintada de rojo. Como tardó en bajar la vista, comparable con un siglo, imaginó divisar una bicicleta de verdad debajo del cartel. Adyacente a la bicicleta, descubrió el cuerpo de la mujer desnuda, que acababa de morir. Tembló. Lloró. Aprehendido por la angustia, no se percató de que el cielo, henchido de truenos, se alistaba para despedir a la mujer desnuda con un aguacero desproporcionado. Quiso levantarla, pero no lo hizo. No, no lo hizo porque le encontró un puñal clavado en el pecho. Se estremeció, reculó, se topó las manos, la barriga, la cabeza, volvió a toparse las manos y las sintió ensangrentadas.

―He matado a esta mujer ―dijo.

Haffe Serulle

Escritor

Haffe Serulle es un escritor y director teatral. Estudió dirección e interpretación teatral en la reconocida Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, y Sociología Laboral, en la Escuela de Sociología, igualmente de Madrid, España. Autor de más de 20 obras teatrales, cuatro libros de poesia y dos de ensayo, es autor de las novelas: Voy a matar al Presidente, Las Tinieblas del Dictador, El vuelo de los imperios, El tránsito del reloj, Los Manuscritos de Alginatho, El plan perfecto de Poncio Pilá, y Plagas y predicciones de la familia Vick-Aux.

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